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Derechos Humanos, Historia - Memoria

El innombrable y sus otros yo 

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El Innombrable ha regresado a la comarca de tinieblas y de duelos desde donde viniera, invocado por el odio y la sinrazón de otros seres execrables. No lo nombréis, que su nombre levanta memorias de llantos y de muertes que jamás debieron existir. No os alegréis siquiera por su deceso, pues estaréis dejando constancia de su aciaga presencia entre nosotros. Tened presente: nunca la condición humana fue denegada, denostada  y degradada en nuestro país de modo tan brutal y aleve por la sola existencia de un hombre.  Dejad que se lo lleve el silencio. No lo nombréis repito, que ni siquiera merece un nombre humano.
Se ha ido, haciendo ostentación de su odio y de su desprecio por la verdad y por sus semejantes. Se ha ido negando de modo iluso y miserable los hechos que le dieran la fama negra con que la historia lo ha registrado para siempre. Su mente enferma le otorgó el extravío de guerras que nunca existieron, de ejércitos fantasmagóricos combatiendo a valientes soldados, de enfrentamientos bélicos de concertada fantasía. Todo ello, justificaciones para su vocación terrorista y para convertir el terrorismo en razón de Estado. Y satisfacer su vesánica sed de poder.
No existe propósito más abyecto, más absurdo ni más despreciable para un alma humana que el de buscar la eliminación física de aquellos que piensan distinto o que de esa u otra manera, son diferentes a nosotros mismos. Pero, en el Innombrable nunca hubo restricciones para creer, como lo hacía su mandante e inspirador directo, que los conflictos ideológicos y políticos sólo tenían solución en la fuerza y en el crimen. Y que, como los bárbaros a los que aludía Sarmiento, era posible degollar las ideas y aplastar los espíritus. Matar y torturar devino así en consecuente política y doctrina de gobierno.
He allí el odio y el horror desatados del cual el Innombrable se hace instrumento eficaz y promotor relevante. He allí el odio y el horror ejercido en las sombras pero del cual todo el mundo está enterado. He allí el odio de clase y el horror revanchista instigado, concebido, edificado, consolidado y usufructuado por muchos otros cerebros desquiciados  y corazones retorcidos, bajo la mentida bandera de salvar al país. Odio y horror de mano militar, pero de alma sin uniforme ni piedad humana. He allí, tras el Innombrable, ese otro siempre silenciado pero gran ejército civil de innombrables, ávidos de participar en el reparto de poder, de oros y de privilegios. Podéis llamarlos como queráis, que entre ellos encontraréis en primera fila financistas, empresarios, terratenientes, políticos, oportunistas y hasta gente de la calle. Ellos constituyeron la hermandad oculta de los otros yos del Innombrable y estuvieron allí insuflando aliento, fuerza y verdad a éste en su tarea y por ello, permanecerán para siempre asociados a su nombre y a su huella.
¿No fue acaso el trabajo del Innombrable el que construyó el país donde los innombrables fueron y siguen siendo felices? ¿Quién sino el Innombrable hizo posible un país donde la riqueza de los ricos fuera  planificada para ser tan eterna como la pobreza de los pobres? ¿Quién sino el Innombrable permitió la existencia de un país sin sindicatos, sin derechos políticos ni humanos, sin derechos previsionales, sin soberanía ciudadana? ¿Quien sino el Innombrable hizo posible una dictadura constitucional vitalicia, ajena a derechos, a razones, a toda moral? ¿Quién sino el Innombrable inauguró la larga e interminable fiesta de corrupción y latrocinios jamás antes conocida en el país?
Los innombrables de ayer y de hoy no le deben poco al Innombrable. Le deben absolutamente todo: lo que son, lo que profesan, lo que poseen y lo que defienden. También lo que niegan y aquello sobre lo que mienten. El Innombrable es parte íntrínseca de su propia identidad social y política, de su condición humana y de su historia personal. Si pudiéramos imaginar en ellos un atisbo de gratitud y de consecuencia moral, aún oscura y abominable, deberíamos verlos llorar en público la partida de quien fuera su mentor ideológico y particular instrumento de poder y no ocultar la cara o mirar hacia la pared al paso del cortejo fúnebre del Innombrable.
El Innombrable ha abandonada la escena, pero nos deja su pervertida herencia de lágrimas, de lutos y de heridas abiertas que sus herederos espirituales, los otros innombrables, se empecinan en mantener vivas y en impedir que cicatricen. No renunciemos sin embargo al sueño del advenimiento de nuevas generaciones de hombres y mujeres portadores de una conciencia nueva, activa y soberana para reinstalar la justicia, la razón y la decencia en un nuevo Chile ético y político. Mientras presenciamos el tránsito del Innombrable al silencio y a la nada,  con la memoria y el corazón puestos en sus víctimas de ayer y de hoy, no nos restemos en nuestra imaginación al deber de escupir al rostro de aquel y de todos los innombrables. §

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2 Comentarios

  1. Jose merino

    Me pregunto si esta especie de ser. este innombrable tendria algun pariente, que en su lugar y que tuviera un pertrecho de conciencia, no le pida disculpas a todos los asesinados y al pueblo Chileno.

  2. olga larrazabal

    No creo que los innombrables pidan disculpas a nadie, No está en su ADN, porque eso sería una muestra de que teniendo consciencia hicieron el mal, Y ellos tienen la consciencia limpia respecto a sus propias normas, que incluyen la aplicación del mal sin cargos de consciencia, como un modo válido de hacer la guerra y obtener el poder.
    Para ellos no solo el fin justifica los medios, sino que esos medios les producen una satisfacción profunda, siendo el sadismo y la crueldad parte de su entretención.
    Las religiones durante unos 4000 años han tratado de aislar el Bien del Mal atribuyéndoselo como explicación al Dios bueno y a algún espíritu malvado como Angra Mainyu, Satanás o Luzbel que lucha en sentido contrario. Pero habrá que aceptar que sean lo que sean, son partes de la psiquis humana, porque las prédicas no han hecho efecto en la humanidad. Y la flojera, comodidad, falta de reflexión, y autoindulgencia de los buenos, permite que los malos se hagan dueños del mundo.

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