¿Será SQM es a la Concertación lo que Penta es a la UDI?, ¿estarán todos manchados? Todos narcos, como decía Bersuit. Hace poco, una prima sintetizaba toda esta comedia diciendo: “al final, son todos vecinos del Lago Caburgua”. Según los últimos datos de Adimark, el 55% de los encuestados desaprueba la gestión de la Nueva Mayoría y un 66% el de la Alianza. En las últimas elecciones, cerca del 58% de los chilenos ni siquiera fue a votar. Hoy, ya nadie confía en nadie. Ante este evidente divorcio entre la gente común y corriente y el sistema político, valdría la pena buscar a los responsables: ¿será culpa de la gente el negarse a creer en un sistema que los condena a la resignación mientras premia la corrupción de cuello y corbata, o será culpa de los políticos que han hecho todo lo necesario para que la gente no crea en nada?…
Ya Weber aseguraba que “en política, lo que no es posible es falso”. Hoy, y afirmados a este pragmatismo, los políticos se transforman en meros administradores de lo cotidiano. Quizás por eso se dice que la política es el arte de lo posible. Maquiavelo, considerado el padre de la ciencia política, invitaba a separar la política de la ética. ¿Habrán leído a Maquiavelo los Penta Boys, el hijito de la presidenta y todos quienes rezan para que no se sepa nada de SQM?…
Pero ¿por qué no podría ser alguien como Gandhi el padre de la ciencia política?, que en su filosofía adoptó el concepto de Sarvodaya – bien universal o progreso de todos – que, en síntesis, plantea que el bien de un individuo es inseparable del bien común. ¿Por qué la política no podría pasar de ser el arte de lo posible para ser el arte de lo imposible?…
Por una razón simple: hemos homologado a la política con el pragmatismo y la inercia, hemos creído que la política es lo mismo que los sistemas de partidos, el parlamento o la renovación de una elite por medio del voto. Cierto: la política debe ser uno de los campos más desprestigiados de la actividad humana. El rechazo es comprensible: seres como Hitler o Pinochet fueron políticos, y ayudan a desprestigiar la política. Pero también fueron políticos Gandhi, Mandela o Martin Luther King. Hicieron política los vecinos de Caimanes, que amparados en el poder de su dignidad detuvieron la pestilencia del Grupo Luksic. Hicieron política los estudiantes el 2011, que luchando por la educación educaron a toda una sociedad. Hay política en las asambleas de los secundarios y en la autogestión de las comunidades que se organizan para detener el arrase de las mineras.
Tenía razón José Carlos Mariátegui: “hacer política es pasar de los sueños a las cosas, de lo abstracto a lo concreto. La política es el trabajo efectivo del pensamiento social: la política es la vida. Admitir una ruptura de continuidad entre la teoría y la práctica, abandonar a los realizadores a sus propios esfuerzos, así se les conceda una cordial neutralidad, es renunciar a la causa humana. La política es la trama misma de la historia. Y la historia la hacen los hombres poseídos e iluminados por una creencia superior, por una esperanza sobrehumana; los demás constituyen el coro anónimo del drama”.
En momento de crisis institucional y decadencia moral, el país no necesita negar la política, sino hacer más política. Como dice un rap de Subverso: “si el pueblo no hace política, los políticos mandan”.
Política para repensar los modos para vivir y convivir en sociedad. Política para detener la corrupción de las instituciones que esconden información y los políticos financiados con boletas falsas. Política, voces e ideas para oponerse a la imposición de los transgénicos, al plástico disfrazado de comida. Política para oponerse al extractivismo de las mineras que envenenan la tierra y el agua, para oponerse a la pesca de arrastre, que chupa peces y bota mugre. Política para recuperar el sentido común de un país que reduce la condición humana a la acumulación de cosas y la competencia con el vecino, política para recuperar la confianza en nuestras propias fuerzas, para hacer y no padecer la vida.
No, no es momento de abandonar la política, porque dejar de hacer política es dejar de pensar la vida. Y si todo cambio es incipiente, maquillaje de cocina, es porque la gente deja de hacer política. Más allá de la derecha, y a pesar de la “izquierda”, hoy la gente común y corriente necesita organizarse para, insisto, recuperar el sentido común de un país que hace rato lo perdió, porque la vida es una cosa más profunda que esto que nos han hecho creer que es, porque el dinero no puede ser la medida de todas las cosas, porque el “sálvese quien pueda” no puede ser la moral de toda una sociedad. Jorge González lo auguraba diciendo “que mi papá debe pegarle a tú mamá porque en la mesa no cabemos todos”.
Vuelvo a la pregunta inicial: ¿será culpa de la gente el negarse a creer en un sistema que los condena a la resignación mientras premia la corrupción de cuello y corbata, o será culpa de los políticos que han hecho todo lo necesario para que la gente no crea en nada?…
La culpa es compartida. Por un lado, no hemos sido capaces de crear un sistema alternativo a este duopolio, quizás porque seguimos confundiendo unidad con unanimidad. Por otro, la clase política se empecina en meter las manos al barro mientras oculta información e impide el ingreso de cualquier actor que pueda amenazar la estabilidad de su casta. Sino me creen, vean lo que hoy sucede con el Tribunal Constitucional, SQM y el S.I.I.
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