16 diciembre 2014
Las revelaciones de AP sobre el insistente programa de la USAID contra Cuba están llenas de anécdotas, pero sobre todo dejan una clara enseñanza de manipulación e injerencia. También abren incógnitas. Pero la vida enseña que todo no se puede saber en un día.
En la entrevista con la AP le comenté a los periodistas que las operaciones encubiertas eran una práctica demasiado antigua para que desaparecieran. Lo dije recordando que el finlandés Mika Waltari, en una de mis novelas favoritas, contaba que en la era de los faraones el médico Sinuhé fue enviado, si mal no recuerdo, a Siria, para indagar sobre los jefes de aquel país, sus armas y las características de sus carros de guerra. Como fue una lectura de adolescencia, no me extrañó lo que después contaron Graham Greene y John Le Carré. También por eso reí cuando supe que “servicios especiales” habían pinchado el teléfono de Angela Merkel, quien seguramente protestó por política y no porque le sorprendiera.
Es una verdad histórica que cada parte cuenta lo que cree, como también que se suele contar hasta donde conviene. El mundo es tan alucinante que puede haber hasta quien cuente por dinero. Pero existe un mito absurdo sobre eso, porque más determinante que el dinero es lo que se piensa.
Las truculencias reveladas por la AP parecen haber comenzado entre 4 y 6 años atrás, con el Concierto por La Paz organizado por Juanes en La Habana. De aquello recuerdo el impulso que en todo momento tratábamos de darle Amaury Pérez y yo, pensando en lo bueno que sería para la causa de Cuba, a pesar de que algunos parecían tomar más en cuenta las intenciones enemigas. A la luz de estas revelaciones pudiera parecer que los más desconfiados tenían la razón y que los que defendíamos el concierto éramos ingenuos… Pero lo cierto es que estábamos convencidos de que, fueran cuales fueran los manejos foráneos, el pueblo cubano iba a dar la respuesta de altura y solidez que dio.
La forma injusta de algunos titulares sobre los raperos manipulados por la USAID me remontaron a mi mismo, hace muchos años. Volví hasta la primera vez que supe que mi nombre había sido pronunciado por Fidel. Esto ocurrió unos días antes del Congreso de Educación y Cultura de 1968, en unas reuniones de alto nivel que fueron conocidas como “el congresillo”. Participaron altos dirigentes de la Dirección Revolucionaria, del Consejo Nacional de Cultura, el ICAIC, Casa de las Américas, la UJC, el PCC y otros organismos. También estuvo presente el por entonces director del Archivo Nacional de Cuba y del Instituto de Historia, Julio Le Riverend, a quien tuve el honor de conocer.
En aquellas citas se discutieron diferencias entre organismos culturales y se trató de unificar criterios, de cara al Congreso que venía. Entre los muchos asuntos tratados estuvo mi “caso”. Fue entonces cuando Fidel reprobó que se me hubiera marginado del medio donde trabajaba. Al menos dos personas de las presentes me contaron exactamente lo mismo, a varios años de distancia. El argumento del Jefe de la Revolución era que si un creador merecía ser sancionado, el correctivo no debía separarlo de su razón de ser.
No dudo de que a partir de aquel pronunciamiento empezara a germinar, en Haydeé Santamaría y en Alfredo Guevara, la idea que un año más tarde se convirtió en Grupo de Experimentación Sonora.
Pienso que a lo mejor este recuerdo explica por qué ante una calificación o sanción desmedida he saltado en defensa de un artista. ¿En nombre de qué se puede privar a un creador de su razón de ser? ¿Qué tipo de falta puede hacer que un artista merezca tal mutilación? Y asimismo: ¿Merece ser automáticamente desacreditado el que no piense como uno?
Tanto Aldo, amigo de mi hijo, como Silvio Liam, que cree en mi como yo en él, son espíritus rebeldes, sin posesiones materiales. Salieron de Cuba, como decimos aquí, “con una mano alante y la otra atrás”: ricos apenas de sus sueños, arropados por aplausos de muchachos más bien incomprendidos, a menudo abusados, hijos de desamparos e intemperies.
Ellos saben que en muchas cosas no pienso como ellos, aunque me empeñe en defender su derecho a pensar y a cantar como escojan. Como padre, y también como artista, espero que aprendan de lo que les sucede y que les aproveche, muy convencido de que “ser culto es el único modo de ser libre”.
Y váyase la USAID para el carajo.
*Fuente: blog de Silvio Rodríguez
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