Martes 29 de abril 2014
Lo que siempre ha entorpecido o dilatado los cambios es la aparición de los consabidos ponderados que se expresan siempre a la hora de que los pueblos reclaman transformaciones. Una suerte de sujetos intrínsecamente conservadores, temerosos de las convulsiones y que, inexorablemente, sirven a los reaccionarios, a los partidarios de dejar todo igual en la política, en la economía y en tantos otros temas. En todas las épocas irrumpen siempre estos ponderados, aunque la historia nunca ha sido muy propicia a reconocerlos. Pero hubo ponderados en la Revolución Francesa, en la Revolución de Octubre y, por cierto, en los distintos episodios de nuestra Emancipación independentista, como en aquellas heroicas guerras de liberación del siglo XX que conmovieron al África y al Asia.
Hoy, en Chile, en el umbral de los nuevos cambios demandados en las calles y por los medios de comunicación, de nuevo los ponderados se arropan con sotanas, títulos académicos, desde la pomposidad de las academias y otras organizaciones para “poner paños fríos”, como dicen, a los conflictos, a las acuciantes demandas de los pobres, los estudiantes y los discriminados. Economistas ponderados que regresan del Banco Mundial, del FMI y otras entidades para abogar por una reforma tributaria “consensuada y gradual” y que rápidamente tienen tribuna en los medios que defienden a los poderosos de siempre. Políticos ponderados que vuelven de sus exilios diplomáticos para abogar, también, por la reforma menos drástica del orden institucional y del sistema electoral dictado a rajatabla por la Dictadura que ellos mismos consintieron, algunas veces, antes de asumirse como ponderados. Como si 24 años fuera poco y se hicieran pertinentes otros más para llegar a una nueva Constitución y a recuperar el sistema proporcional de representación ciudadana.
Ponderados en el gasto para que no vaya a ocurrir que el Estado se quede sin “reservas”, aunque el país se caiga a pedazos con los terremotos y los incendios. Prudentes, como suelen calificarse los ponderados, con la idea de suprimir el IVA a los libros, emprender la reforma educacional en un país en que cunden la ignorancia, la enseñanza precaria y los malos hábitos de una población sumida en la farándula, el lenguaje procaz y la apatía política. Toda suerte de hipócritas que, muchas veces pasaron del jacobismo ideológico a su encandilamiento con el neoliberalismo. Que apedreaban, cuando jóvenes, el consulado estadounidense y ahora se los ve como ponderados como se han puesto, en los salones del poder o de quienes creen que lo están administrando en La Moneda o en los hemiciclos de nuestro bochornoso Parlamento, donde se suele ver en conciliábulo a los lobistas con los pretendidos representantes de un pueblo que se abstiene muy mayoritariamente en las elecciones presidenciales y parlamentarias.
Si nos hubiésemos entregado a los ponderados, qué duda cabe que nuestros libertadores habrían muerto negociando con España nuestro destino republicano. Si le hubiésemos hecho caso a los ponderados, nunca se habría podido nacionalizar nuestro cobre, que los retardatarios y ponderados unidos restituyeron después a las transnacionales. Indudablemente que nuestros mejores intelectuales y artistas habrían debido someterse a las ideas ponderadas y al lenguaje ponderado. Y nuestros grandes pintores habrían tenido que conformarse con las escenas bucólicas, las carretas de bueyes y la naturaleza muerta que ahora adornan las casas de los ponderados, los museos ponderados y los muros del Club de la Unión y otros añejos y reductos de los nuevos ricos y de aquellos personajes denominados “siúticos”, que son la quintaesencia de la ponderación y el arribismo social.
Ya vemos que empieza a flaquear la voluntad de las nuevas autoridades por la irrupción y la intermediación de los ponderados. Ministros que ceden al diálogo con los derrotados; que empiezan a abandonar sus proyectos antes que convocar al pueblo a defenderlos. Porque nada hay que acongoje más a los ponderados de todos los tiempos que los jóvenes y los trabajadores salgan a las calles, marchen y reclamen justicia y la igualdad.
Así como vemos a los que deben emprender la reforma educacional llenos de dudas respecto de la gratuidad que enarbolaron, la rápida desmunicipalización que prometieron, además de la educación pública que aseguraron respaldar. Cuando, otra vez, los ponderados los instan a la calma y empiezan a convencerlos que lo público también es lo privado, que el Estado es de todos, que la libertad educacional se logra con el derecho al lucro y el pago o el copago por un servicio que debiera estar garantizado para todos en su calidad.
Ponderados que, muy luego, veremos tratando de ponderar la reforma previsional y el criminal sistema de salud. Que ya tienen muy ponderados a los otrora radicales referentes sindicales; que se han posicionado en nuestras conferencias episcopales, pese a sus pontífices y reformadores que abogan por los cambios. Ponderados que han logrado que los “terroristas” del pasado hoy se pongan de pie para homenajear a un Jaime Guzmán y se vistan de gala para juntarse con los líderes de la Sofofa y otras patronales, nada de ponderadas, como hemos podido apreciar.
Pero hay que estar animados; la historia avanza inexorable, impone los cambios y acaba consignando tan solo a los revolucionarios y reaccionarios.
Así como vomita a los tibios y ponderados.
*Fuente: Diario de la U de Chile
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