Uno de los mejores trabajos sobre el nacionalismo, a mi entender, es el de Isaiah Berlin, Nacionalismo: pasado olvidado y poder presente que, según el autor, fue ignorado por los grandes profetas del futuro. Durkhain fue capaz de visualizar la anomía en la sociedad contemporánea; Weber, la creciente vulgarización del tejido social: Bakunin, la potencialidad revolucionaria de obreros y campesinos en los países subdesarrollados; Saint Simón, el poder tecnológico; es preciso ver que notar que ninguno de ellos visualizó el enorme poder del nacionalismo que provocó, nada menos, que dos catastróficas guerras mundiales.

Según Berlin, el surgimiento del nacionalismo está íntimamente ligado al romanticismo, que dominó gran parte del siglo XIX, como respuesta a la Revolución Francesa y a su correlato napoleónico – la formación de Alemania e Italia se ubican dentro del cuadro romántico y no se contradice radicalmente con el liberalismo cosmopolita -.

El siglo XX estuvo dominado por diversos nacionalismos: en la Primera Guerra Mundial, el internacionalismo de la Socialdemocracia se hizo añicos – obreros alemanes y franceses apoyaron a sus respectivas burguesías -; la Revolución Rusa dejó de ser cosmopolita cuando Stalin se impuso con la tesis del “socialismo en un solo país”; en nuestros días, pervive aún el nacionalismo quebequense, en Canadá, el de los vascos catalanes, en España, el de los Balcanes y el de Irlanda, en Gran Bretaña – la lista podrí alegarse al infinito y multiplicar sus especificidades -.

Según Berlin, el nacionalismo tuvo su origen en el orgullo nacional ofendido: los casos clásicos son el Italia, con Mussolini; el intento de resucitar el imperio romano, (1923), movilizando un país herido en su orgullo nacional, en la Primera Guerra Mundial; el triunfo del nazismo en la Alemania nacionalsocialista se explica por la humillación del Tratado de Versalles. Como también por idea del prusianismo, relacionada con un sentido autoritario del socialismo que desarrollara antes Spengler en su obra, Prusianismo y socialismo. En la Francia nacional-colaboracionista, encabezada por Pétain, se desarrolla la idea de traición a la patria por parte del Frente Popular, integrado por socialistas, comunistas y la masonería, y renacimiento de la nación francesa, gracias a la llamada “revolución nacional”. En España, el franquismo es otra forma de resentimiento nacional, no sólo contra el Frente Popular y “los rojos”, sino también contra los gobiernos que condujeron a España al derrumbe del imperio colonial, en 1898.

En América Latina, el nacionalismo ha ocupado un lugar preponderante, así, es casi imposible explicarse la historia actual argentina sin comprender, a fondo, al nacionalismo justicialista que, hasta hoy sigue siendo dueño de la política del país vecino. Un historiador caracteriza la política de la hermana república sobre la base de tres partidos políticos fundamentales: radicales, militares y peronistas, que se han turnado en el poder durante el siglo XX; podemos constatar que, en estas casi dos décadas del siglo XXI, tanto militares, como radicales, han perdido la posibilidad de aspirar al poder, y las diferencias políticas se plantean en el seno del mismo peronismo como dos versiones distintas del nacionalismo. En la mayoría de los países latinoamericanos se han dado distintas versiones del nacionalismo, desde el APRA, al varguismo – en Brasil -.

En Chile, en 1910, se dio una versión del nacionalismo en la obra de Nicolás Palacios, en su obra, La raza chilena, que combatía la inmigración latina, española e italiana, privilegiando la germánica. Para este autor, el “roto chileno” era una mezcla de dos sábanas: los rubios visigodos y los mapuches, cuya unión producía una raza potente y viril. Si leemos con atención la Historia de Chile, de Encina, podremos comprobar que sus ideas racistas y nacionalistas no  están inspiradas, sino que copiadas de la obra de Nicolás Palacios.

Alberto Edwards y Francisco Antonio Encina fundaron el Partido Nacional sobre la base de las ideas spenglerianas, en su esencia, y del mito portaliano de “el Estado en forma” y “el resorte principal de la máquina de Estado”.

Mario Góngora, en su Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, caracteriza a Chile como un Estado guerrero: dos conflictos con Perú y Bolivia, uno con España y dos guerras civiles, además de la guerra de Arauco – pacificación de la Araucanía. Acontecimientos todos ocurridos durante el siglo XIX. Para Góngora, es el Estado el que ha construido la nación – tesis que escandalizó a los Chicago Boys, durante el gobierno de Augusto Pinochet -.

El nacionalismo es una de las peores lacras desde el siglo XX  y hasta hoy, y debemos estar alerta para que no prospere en Chile, aislando a los pocos chauvinistas que se han manifestado durante estos últimos meses, en especial, a raíz del fallo del Tribunal Internacional de La Haya.

(Ver Isaiah Berlin, Contra la corriente, ensayo sobre la historia de las ideas, Ed.FCE; Mario Góngora, Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, Ed. Universitaria).

31/01/2014