Superar la crisis de representación
por Rafael Luis Gumucio Rivas (Chile)
13 años atrás 3 min lectura
No sólo en Chile, sino también en el resto de los países del mundo asistimos a una pérdida de sentido de la democracia electoral que, en la actualidad, se ha convertido en una democracia bancaria donde los organismos económicos internacionales no sólo definen el destino de un país, sino que también la vida o muerte de los ciudadanos.
Durante los tres años del gobierno actual ha habido un despertar de la conciencia ciudadana, que se ha expresado en los movimientos regionales de Magallanes, Aysén, Calama, y otros. Ya las provincias no soportan más el centralismo exacerbado, que se manifiesta en intendentes y seremis, verdaderos ventrílocuos del “monarca-Presidente” en Santiago. A los “indignados” de las regiones se han sumado aquellos que rechazan la instalación de las termoeléctricas y el proyecto de HidroAysen y los movimientos estudiantiles, que han copado, a través de sus movilizaciones, todo el año 2011 .
A mi modo de ver, asistimos a una crisis de representación, legitimidad y gobernabilidad, que solamente puede negarla personajes como Camilo Escalona y de otros, que se sienten muy bien en el sistema hegemonizado por el duopolio. ¿Cómo se podría sostener que es representativo un presidente elegido con apenas el 27% de los ciudadanos, potencialmente capacitados para sufragar, o de diputados que sólo representan el 7% de los electores potenciales y alcaldes y concejales, que en las últimas elecciones apenas fueron elegidos por un 25% de los ciudadanos? Se buscan muchos pretextos y comparaciones para explicar el porqué cinco millones de electores no sufragaron en la última elección municipal. Cualquier subterfugio no podrá esconder lo que los ciudadanos comprenden perfectamente como una crisis de proporciones del sistema político.
Ante una nueva ciudadanía es necesario proponer al pueblo de Chile un nuevo país. No se trata de “enchular” el viejo duopolio, sino de definir con claridad un nuevo proyecto nacional, que se deberá expresar en reglas que emanen de la soberanía popular y que no sean impuestas por el autoritarismo y sus herederos, conservadores de izquierda y de derecha. El nuevo Chile necesita, urgentemente, una nueva Constitución, sea que surja de una Asamblea Constituyente, de una cuarta urna o por la presión popular, animada por un Presidente decidido, junto a la ciudadanía, a cambiar las reglas.
El nuevo Chile deberá propender a la igualdad, la desigualdad hoy por hoy constituye una peste que los sucesivos gobiernos no han podido erradicar. Para lograr esta meta es fundamental una reforma tributaria, que no sólo recaude más, sino que distribuya, en forma más justa, las cargas fiscales, en consecuencia, se hace urgente aumentar a un 28% el impuesto a la primera categoría e ir eliminando, paulatinamente, el FUT, fórmula por la cual las grandes empresas eluden las cargas fiscales. Además se debe aumentar en $850.000 el tramo exento del impuesto a la renta. Por otra parte, se debe bajar el IVA a un 10% a los productos de la canasta básica y suprimirlo para los libros y aumentarlo para los productos suntuarios y de lujo. En breve, de la forma en que definamos nuestro sistema impositivo surgirá un modelo adecuado al nuevo Chile.
En el Chile actual es imprescindible una educación gratuita y de alta calidad y la decisiva intervención del Estado en la promoción de la educación pública, además de un proyecto que termine con la concepción empresarial de educación, basada en un mercado desregulado
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“Un obrero sin trabajo, no importa que sea o no sea marxista, no importa que sea o no sea cristiano, no importa que no tenga ideología política, es un hombre que tiene derecho al trabajo y debemos dárselo nosotros”.
Si pensamos que el Nuevo Orden Mundial hacia el que nos lleva la corriente histórica tradicional, basada en en una doctrina económica progresivamente creciente y globalizante, es lo mismo que un Nuevo Orden Mundial basado en una radical concepción de un nuevo ser humano (nueva consciencia) y una radical suplantación del tipo tradicional de economía –basada en mas-gente-mas producción-mas consumo-mas entropía-más control-etc.–, el artículo respaldaría a la primera, pero no se entendería para la segunda.
En la segunda se considera la eventual posibilidad que haya cambios no deseados pero inevitables: geológicos, climáticos, siderales, etc, amén de los que podríamos producir nosotros, como guerras, crisis económicas totales, desafueros mentales colectivos, etc.etc., que aconsejaría una revisión rápida de lo que por democracia queremos entender y practicar.
Para mi, significaría gobierno persona por persona para todos. La «mayoría» no representa, hoy por hoy, el bien común. El bien común es la responsabilidad individual en el seno del marco social, siguiendo esta línea: yo, mis vecinos, mi ciudad, mi país, (cualquier país) la tierra, y alguna proyección hacia el espacio…
En este contexto teórico, necesitamos dejar atrás el concepto de mi familia, mi clan, mi credo, mi , mi, mi etc.etc.
La representatividad política al viejo estilo está en crisis, o lo puede estar en muy poco tiempo.