Traducción por S. Seguí
Hace quince meses, Il Manifesto organizó una conferencia sobre las primaveras árabes bajo el lema “La esperanza en la calle”. Ahora, podemos preguntarnos qué fue de aquella esperanza y qué fue de la calle. Ya en aquel momento las intervenciones y los testimonios fueron cautelosos, pero ciertamente nadie podía prever el alcance de la involución fundamentalista. Hoy, la Hermandad Musulmana gobierna en Egipto, sus homólogos guían Túnez y los integristas financiados y armados por Qatar y Arabia Saudita controlan Libia y se preparan para tomar Siria.
Por no hablar de algunas derivas aparentemente marginales (aun si no lo son) como la insurgencia islamista en Mali.
Donde antes gobernaban dictadores, hoy dominan tendencias teocracias.
Pero, ¿es en realidad una involución? El ensayista británico Robin Blackburn, ex director de la New Left Review, sostiene desde hace tiempo dos tesis. Una, relacionada con la primera revolución democrática en Europa, la británica de Oliver Cromwell y sus puritanos (1642-1651). Fue en nombre del fundamentalismo cristiano que, por primera vez en la historia, un movimiento popular fue lo suficientemente fuerte como para cortarle la cabeza a un rey (Carlos I, en 1648). Asimismo, los padres fundadores de la democracia americana fueron los peregrinos del Mayflower (1620), otros fundamentalistas puritanos que huían de la persecución religiosa.
Por lo tanto, es al menos parcial la imagen laica de la democracia desarrollada en Occidente: la imagen se aplica tal vez a la versión francesa de 1789 (aunque también en París los revolucionarios sintieron que no podían derrocar el antiguo régimen sin una nueva la religión, la de la “Diosa Razón”). Como si una revolución estructural, un vuelco social radical, tuviera necesidad, imperativamente, de una dimensión escatológica, de una motivación milenaria.
Pero aun cuando las revoluciones democráticas europeas nacieron como agitaciones fundamentalistas religiosas, en realidad entre el capitalismo y el fundamentalismo religioso existe un vínculo aún más ambivalente, tan explorado desde Max Weber (La ética protestante y el espíritu del capitalismo) en adelante. Ambivalente, ya que mientras que la ética calvinista transpira por todos los poros el capitalismo moderno, por otro lado la mercantilización de todos los aspectos de la vida contiene en sí misma una carga explosiva profanadora (admirada por Marx).
De ahí la duplicidad de Occidente (si esta categoría aún tiene sentido) frente a los fundamentalismos. Incluso en el caso de la laicísima Francia, los estudiosos del colonialismo hablan de “paradoja francesa”, a saber: los franceses defienden el laicismo de su Estado a capa y espada, si bien en sus colonias siempre han favorecido la religiosidad y fomentado los exponentes clericales. En la misma sintonía, el multiculturalismo inglés en realidad se ha revelado, afirma Amartya Sen, como un “multifundamentalismo”, por cuanto ha privilegiado siempre como interlocutores a los líderes religiosos de las minorías. Por no hablar de que, en los últimos 30 años, los Estados Unidos han sido gobernados principalmente por cristianos fundamentalistas: de la moral majority de Ronald Reagan a los conservadores cristianos de George Bush Jr.
En una acepción más mundana, los Estados Unidos y las potencias occidentales siempre han privilegiado las relaciones internacionales con fundamentalistas e integristas, antes que con partidos seculares o de izquierda. Al principio, Israel financió a Hamás para socavar a una organización entonces “laica” como la OLP. En Pakistán, el general Zia Ul Haq fue preferido al laico Ali Bhutto. En la India de los años 90, el Bharatiya Janatha Party (fundamentalista hindú) fue utilizado contra el secular Partido del Congreso, de la familia Nehru. La misma preferencia por el fundamentalismo se manifestó en los Balcanes en los años 90 y hoy en día despliega todo su poder en Oriente Próximo. ¿A quién han financiado en Libia y Siria los muy laicos occidentales sino a los varios salafistas, wahabíes, Hermandad Musulmana y otros representantes del confesionalismo islamista? ¿Qué hace Occidente sino agitar e incitar al “choque de civilizaciones” que dice aborrecer?
De ahí la segunda tesis de Robin Blackburn: los pueblos musulmanes no han tenido ninguna posibilidad de desarrollar una democracia secular; y cuando lo intentaron, fueron destruidos, como le sucedió al burgués (nacionalista) iraní Mossadegh, en 1953.
El único laicismo que los occidentales han permitido ha sido el de las dictaduras, militares o no: en Turquía (los generales epígonos de Atatürk), Egipto (los militares Nasser, Sadat y Mubarak), Siria (el general Hafiz al-Assad y su hijo Bashir), Iraq (el general ad honorem Saddam Hussein), Túnez (Ben Ali, jefe de la inteligencia militar antes de ser presidente), Argelia (Houari Boumedienne y Chadli Bendjedid, generales, y éste también ex jefe de los servicios de seguridad militares) y Libia (el coronel Muammar Gaddafi).
Es comprensible pues que los turcos hayan tenido más que suficiente del laicismo tiránico de sus generales, y se hayan entregado a un partido islámico. También porque todos estos regímenes fueron implacables en las relaciones sociales, y la única forma de asistencia eran las organizaciones benéficas islámicas que proporcionaron –modelo Cáritas– una red de seguridad a la desesperación generalizada.
No es pues tan misterioso por qué los egipcios y los tunecinos han votado islámico. La pregunta es si el presidente Mohamed Morsi (ex dirigente de la Hermandad Musulmana) será el Cromwell egipcio o bien una versión árabe y sunita de Jomeini. Si los nuevos regímenes confesionales van a ser capaces de reequilibrar las escandalosas desigualdades económicas y sociales, o si en cambio reanudarán la antigua alianza entre el clero y el feudalismo. En definitiva, si van a proyectar el Oriente Próximo hacia una posmodernidad islámica o a suplantar un subdesarrollo occidentalizante corrupto con un subdesarrollo islamizante beato.
Marco d’Eramo es un físico y sociólogo italiano, corresponsal en diferentes países de diferentes diarios (Paese Sera, La Reppubblica, etc.) y actualmente periodista en Il Manifesto, en el que ha sido redactor jefe de las rúbricas Internacional y Economía Internacional.
S. Seguí pertenece a los colectivos de Rebelión y Tlaxcala. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar el nombre del autor y el del traductor y la fuente.
Fuente original: http://www.ilmanifesto.it/area-abbonati/ricerca/nocache/1/manip2n1/20120918/manip2pg/01/manip2pz/328774/manip2r1/marco%20eramo/
*Fuente: Rebelión
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