ALAI AMLATINA, 26/03/2012.- Si los profesores corrompen o adoctrinan adultos, con una conciencia previamente formada, las iglesias siempre llevan la ventaja de hacer lo mismo pero con menores y por mucho más tiempo.
Así como una democracia nunca se ha definido ni se ha probado ni ha avanzado por el nacionalismo de un pueblo sino por sus críticos, de igual forma todo lo que hoy llamamos “progreso de la historia” (con todo lo relativo que tiene esa expresión), como los múltiples derechos de las minorías, como la superación de muchas formas de explotación y esclavitud, nunca han sido producto de mentalidades conservadoras sino de aquella otra tradición que redescubrieron los humanistas al final del Edad Media y que incluyó a seculares y religiosos de extensa cultura.
Ese movimiento de una larga y lenta revolución en defensa de las libertades colectivas e individuales tuvo su raíz principalmente en aquellos profesores que huyeron de Grecia a la caída Constantinopla y en aquellos otros (menos reconocidos) que en Córdoba y otras ciudades del sur de lo que hoy es España traducían textos científicos mientras discutían filosofía y religión en latín, hebreo, árabe y otras lenguas parecidas al castellano.
Como bien criticó el gran Ernesto Sábato a mediados del siglo pasado, el movimiento liberador del Renacimiento condujo a varias paradojas, como la de haber sido un movimiento humanista que en el siglo XX acabó en la deshumanización, un movimiento que se preocupó por la naturaleza y terminó en la máquina, un movimiento secular que terminó en una nueva religión: el fetichismo de la razón y las ciencias, donde sus paradójicos sacerdotes no eran los grandes científicos sino los cientificistas y sus rebaños estaban compuestos de tecnólatras.
Ahora, superado los paradigmas de la Era Moderna, y como bien lo había adelantado Umberto Eco hace varias décadas, volvemos a la Edad Media. Si en la Era Moderna convivían los racionalistas con los románticos, en nuestra nueva Edad Media conviven los fanáticos religiosos con el barroquismo de la publicidad, del consumismo y la hiperfragmentación del Homo Digital.
En Estados Unidos, como en muchos otros países, uno de los blancos preferidos de los neo inquisidores son los profesores y, por extensión, todos aquellos que se dedican a alguna disciplina humanística o, como se conoce en Estados Unidos, a alguna “liberal arts”. A los conservadores más radicales no sólo los irrita el adjetivo, “liberal” (que convierten en sustantivo para lanzarlo como una piedra), y la posibilidad de que exista la duda como recurso, sino los mismos fundamentos declarados de las “liberal arts”, entre los cuales está la promoción del pensamiento crítico antes que el pensamiento profesional. (Recientemente, participamos de un largo y duro debate en las asambleas de profesores que gobierna mi universidad, entre Economía y Negocios; la primera, una clásica “liberal art”; la segunda, una disciplina profesional que, por ende, se restringe mucho más a los cómo que a los por qué de la primera).
Desde los candidatos presidenciales que apelan a sus religiones como armas políticas (cada vez se parecen más a sus enemigos, los islamistas; no a aquellos medievales que apreciaban la diversidad sino a los fanáticos más contemporáneos) hasta los arengadores de los medios audiovisuales, el rebaño ha ido creciendo no sólo en número sino en su agresividad proselitista y moralizadora. No se conforman con ser los elegidos de Dios y sus voceros oficiales; además necesitan mandar al infierno al resto de infieles.
Como hiciera Anito y sus demagogos que en la democrática Atenas lograron la condena del viejo Sócrates, la fobia antiintelectual acusa a los profesores de hoy de las mismas dos cosas que hace dos mil quinientos años: (1) son demasiado incrédulos y (2) corrompen a la juventud haciéndoles demasiadas preguntas y sugiriéndoles que tal vez hay otras formas de ver un mismo problema.
Los líderes de esos poderosos grupos, orgullosamente definidos como religiosos y conservadores, en su mayoría ha realizado un pasaje fugaz por alguna universidad, más bien como ese necesario trámite administrativo que exige una sociedad contradictoria. Probablemente habrá sido para ellos una pérdida de tiempo, si no se dedicaron a algo práctico como los negocios. Junto con los lobbies secretos, estos grupos poseen una reserva incalculable de poder político y social.
Por norma y por lógica se definen como conservadores, aunque todas sus religiones y sus tradiciones han sido fundadas por revolucionarios que sucesivamente fueron torturados, crucificados o condenados de diversas formas y por diversos grupos conservadores de su tiempo.
Por supuesto que entre los malos profesores el proselitismo (típica tradición cristiano-musulmana que heredó el pensamiento ideológico en la Era Moderna, como cierto marxismo panfletario) tampoco es raro. No obstante, por definición, el pensamiento crítico no promueve la creencia ni la sumisión intelectual a la autoridad sino todo lo contrario. Los profesores no son predicadores, ni pastores ni políticos, y nada ganan con fastidiar las conciencias jóvenes. La mejor tradición académica sigue basándose en el ejercicio de la duda y el escepticismo sobre las obviedades. En la academia también hay trabajo clerical (como en una iglesia pueden haber grandes espíritus críticos), ya que un investigador suele ser un intelectual profesional, con todos los riesgos y ventajas que esto implica, pero el clericalismo no es el ideal por el cual se define la profesión académica.
Es comprensible que en las universidades, donde normalmente se investiga, también se ejercite la duda y el cuestionamiento con alguna frecuencia. Tan comprensible como que en las iglesias de todo tipo estén casi monopolizadas por personas que en su vida nunca se les ocurriría cuestionar algo de sus propias convicciones sin considerarlo inmoral o diabólico.
Sin embargo, el caso sobre corrupción de la sociedad que llevó a Sócrates a la muerte y a Jesús al martirio, no es tan grave como se declara. Si bien es cierto que un porcentaje de estudiantes que entran a una universidad salen con ideas diferentes, con habilidades y traumas diferentes, no es menos cierto que de igual forma se podría acusar a las iglesias. Con el agravante de que si los profesores corrompen o adoctrinan adultos, con una conciencia previamente formada, las iglesias siempre llevan la ventaja de hacer lo mismo pero con menores y por mucho más tiempo. Ese es su trabajo: convencer o adoctrinar niños inocentes, incapaces de responder y sin siquiera recibir una buena nota por dudar de la verdad revelada, como suele ocurrir en las universidades. Las iglesias inyectan sus verdades (verdaderas o no, eso es materia de discusión, como los religiosos bien saben cuando se refieren a religiones ajenas, las falsas) en la más temprana edad y continúan haciéndolo por el resto de la vida de los feligreses. La mayoría de los universitarios pasa en un campus académico apenas cuatro o seis años. Cuatro o seis años felices, dicen luego, pero un tiempo casi insignificante desde el punto de vista de la adoctrinación de un individuo, que ya venía formado desde la cuna.
Entonces, señores elegidos de Dios, portavoces del Señor, miembros permanentes del Paraíso, sería bueno que, antes de criminalizar a los “liberal professors” de este país y de muchos otros, procedieran con las mismas reglas y las mismas oportunidades. Dejen de adoctrinar, dejen de lavar el cerebro de los niños y nosotros dejaremos de enseñar a los jóvenes que dudar es bueno. Aunque a partir de entonces ustedes dejarán de beneficiarse de todos los inventos que los investigadores y los espíritus críticos producen y nosotros no podamos beneficiarnos de la salvación de ustedes, sino lo contrario, como hasta ahora.
– Jorge Majfud, Jacksonville University – Majfu
d.org
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