Los expertos nutricionistas sostienen –con toda razón- que “comer no significa alimentarse”.
¿Qué tiene que ver esta aseveración con la política? Nada, en apariencia. Sin embargo, la verdad es muy otra. A contar de la segunda mitad de los años 1950, la Pontificia Universidad Católica de Chile firmó un convenio educacional con la Escuela de Negocios de la Universidad de Chicago, Estados Unidos de Norteamérica, entidad que se había fijado como meta combatir las teorías económicas de Lord John Maynard Keynes, premio Nobel de Economía, sostenedor, entre otras, de la hipótesis de que solamente el empleo pleno es el gran motor para desarrollar la economía. También Keynes enfatizó la idea de que le corresponde al Estado inundar la economía de dinero si por alguna razón los empresarios y financistas se niegan a hacerlo para mantener sus prebendas, en perjuicio de las grandes masas de gentes desposeídas y carentes de oportunidades igualitarias frente a la pequeña minoría que les explota, en forma inmisericorde, para aumentar la brecha entre ricos y pobres.
La Escuela de Economía de la U. Católica importó las ideas del monetarista y adalid antikeynesiano, Milton Friedman, también galardonado con un Premio Nobel el año 1976, y dio origen a la corriente de nuevos economistas que hoy conocemos como los “Chicago Boys”, profesionales que ejercieron la mayor y mas nefasta influencia ante los militares que derrocaron al gobierno democrático de Salvador Allende. Los Chicago Boys adoptaron la cómoda posición de sostener que solo el mercado, per se, es capaz por si mismo de solucionar todos los problemas económicos que genera una sociedad en desarrollo, o sub desarrollado, como quiera que le queramos denominar. Elaboraron una impresionante cantidad de “recetas de tipo económico”, metiéndole en la cabeza a la gente la idea de que no era necesario pensar; solamente comer las galletas doctrinarias elaboradas por ellos, anulando así la capacidad de pensar de los conductores de la economía. Ergo, hacen comer, pero no alimentan. Me refiero específicamente al intelecto de los chilenos en general, obnubilados por un sistema que tiene como gran meta el consumo indiscriminado, sin medir las consecuencias que el consumismo les acarrea en un futuro muy cercano.
El sistema llamado elegantemente “economía social de mercado” por los siúticos o simplemente economía de mercado, acaba de mostrarnos crudamente las falencias intrínsecas que conlleva en su esencia. La caída del gran Banco norteamericano Lehman Brothers, con más de 46 mil millones de dólares en títulos hipotecarios tóxicos, es decir irrecuperables y el ulterior destape de la estafa del siglo, cometida por el gurú financiero Bernard Madoff, que supera los 50 mil millones de dólares, demuestran claramente que sin las regulaciones de un Estado fuerte, el mercado es simplemente el instrumento de que se valen los especuladores para esquilmar a los ingenuos creyentes y seguidores de las teorías de la Escuela de Chicago. La codicia de los dos mencionados protagonistas de la crisis esparcida en el planeta –entre muchísimos otros que no caben en la brevedad del presente artículo desataron el caos. Las cifras mostradas, traducidas a nuestros pesos chilenos, o en cualquier otra moneda corriente, son inimaginables y no habrían sido tan fáciles para ellos de haberse tomado en cuenta que sólo un Estado robusto y enérgico es la única y mejor cortapisa para frenar a los especuladores que únicamente pretenden abarrotar sus bolsillos a costa de la credulidad de los desvalidos consumidores.
Se desató una crisis económica mundial, dado que la globalización golpea instantáneamente al planeta entero. Chile no está ajeno a sus efectos, pese a que una prudente política de ahorro ha permitido soportarla en mejores condiciones que otros. Los pájaros de mal agüero no aprenden la lección. Culpan al gobierno de la Presidenta Bachelet de los efectos internos de la crisis, y como una manera de sostener la “imperiosa necesidad” de promover el desalojo de una coalición gobernante que, si bien ha estado llena de defectos, ha sido capaz de minimizar la crisis que nos ha golpeado. Estos pajarracos, identificados con los Chicago Boys, están muy claros de que estamos saliendo de la oscuridad del túnel en el que nos metieron ajenos inescrupulosos. Ahora, enfrentados a la encrucijada electoral que decidirá los destinos de la patria en el próximo mes de diciembre, se frotan las manos –o las garras- esperando repetir el mismo círculo vicioso y así caer en las arcas fiscales en beneficio propio, una vez que el país retome la normalidad y el crecimiento, antes que otros.
El “triunfalista” candidato de los sectores poderosos del país (del cual es parte integral), está plenamente convencido que el nuestro es un pueblo torpe y que no piensa. Nos llena de una empalagosa demagogia, sin contenido alguno, prometiendo lo que sabe nunca podrá cumplir, sea por lo populista de sus ofertones o por el adormecimiento de la conciencia colectiva, soslayando su personal participación en un enriquecimiento personal vergonzoso y que constituye una afrenta a quienes sudan sangre y lágrimas por sobrevivir y cuya única fuente de ingresos es un simple empleo, escaso y mal remunerado pero lleno de dignidad.
El pasado día miércoles 23 de septiembre lo vimos en acción en el primer debate televisivo, preludio de la campaña electoral en pos de la presidencia. Sus diferentes intervenciones y réplicas a las propuestas de sus adversarios fueron huecas, demagógicas y faltas de contenido.
El debate en si fue pobre en contenidos. Presenciamos que solamente dos de los cuatro candidatos fueron claros y precisos en sus intervenciones, con claridad de ideas y propuestas razonables. Nos referimos a los señores Frei y Arrate, ambos hostilizados por sus rivales. En el curso de sus participaciones fueron entregando ideas y propuestas concretas, las que en algunos pasajes del debate fueron pifiadas por parte de los que lo presenciaron.
Todo discurría plácido y en un terreno bastante chato; muy de guante en blanco y, a nuestro juicio, lejos de las expectativas de los televidentes, hasta el momento en que el candidato señor Frei tuvo la valentía de enrostrar a Sebastián Piñera la incongruencia entre sus actuaciones personales privadas y sus públicas declaraciones de probidad. Concretamente se refirió a la utilización de información privilegiada en beneficio propio.
El candidato Piñera no fue capaz de disimular el efecto que le causó la directa alusión de Frei; perdió el dominio y control de si mismo y se desenmascaró en público, negando la existencia de tal ilícito [sancionado por la ley Nº 18.045, Art. 165], alegando no haber sido jamás condenado por la SVS, en circunstancias que todo el país conoce que fue sancionado a pagar una multa cercana a los 350 millones de pesos, hecho que según Transparencia Internacional –entidad reconocida mundialmente- pone en entredicho lo corrupto y malicioso del acto.
A la vez, en su réplica, Piñera calificó al candidato Frei de “mala leche” y mentiroso, por haber “inventado tal hecho”, a la vez que tuvo el desatino de negar la existencia del organismo llamado Transparencia Internacional, cuya filial chilena preside la ex ministra Sra. Karen Poniachik (1).
Pésima la reacción de Piñera y la de sus seguidores una vez finalizado el debate. Tanto él como su propia esposa y miembros de la mal llamada Coalición por el Cambio intentaron el camino de descalificar lo expresado por Eduardo Frei, por la vía de reiterar ante las cámaras de TVN que el ex Presidente Frei mintió descaradamente. Juzgue el lector de estas líneas y, ojo, señor Piñera: El refrán dice que “para mentir y comer pescado hay que tener mucho cuidado”. El país fue testigo de su salida de casillas y la facilidad con que usted nos miente en un débil intento de demostrar que tiene las cualidades de probidad para aspirar a la presidencia de la república.
Es posible que en un próximo debate como el mencionado, se abandone el guante blanco y salgan a luz desaguisados mayúsculos del candidato derechista, tales como las repudiables maniobras del candidato de la derecha en el Banco de Talca, la colusión con otras empresas de transporte aéreo en los EE.UU. de Norteamérica que le obligaron a pagar una multa por 88 millones de dólares (unos 4.840 millones de pesos chilenos), la ganancia que por sus acciones de FASA recibió sin chistar pese a la colusión de las farmacias que se investiga, el caso chispitas y tantos otros que retratan su falta de méritos para optar a la presidencia.
Santiago, septiembre 24 de 2009
– El autor es Ingeniero Comercial y Escritor
Nota
1. Junto con agradecer a la redacción de piensaChile por la publicación de este artículo, me hago el deber de rectificar un lamentable error que se me deslizó en el presente. En efecto, el actual Presidente de Transparencia Internacional, capítulo Chile, ya no es el abogado don Davor Harasic, como había escrito originalmente, sino que ahora lo es la ex Ministra Sra. Karen Poniachik. Dado que me caracterizo por la rigurosidad y objetividad de mis escritos, agradeceré la publicación de esta rectificación, dejando constancia que el Sr. Harasic es ahora un miembro mas del capítulo Chile. (25 de septiembre de 2009, 22:57 hrs. de Chile)
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