La campaña electoral chilena iba derecho a transformarse en la más aburrida y majadera de las últimas décadas, con gran parte del electorado progresista y socialista disponiéndose por enésima vez a terminar optando por el mal menor en la segunda vuelta presidencial, con tal de impedir que la derecha post-pinochetista llegue a la Moneda. Electorado al que, sin embargo, no le caben dudas – seamos optimistas – de que las opciones principales del desgastado menú electoral no representan otra cosa que la continuidad del descaro con que la clase política post-dictadura se perpetúa en el poder a costa de mantener a la mayoría de los chilenos en un papel de espectadores cada vez más indiferentes y empobrecidos. No sé si nos damos cuenta de que en nuestro país hay generaciones enteras que no han podido ejercer en política otra alternativa que la plaga castradora del mal menor. Aparte quienes desde siempre han vuelto la espalda a los procesos electorales practicando un respetable abstencionismo de principios, para la mayoría de los electores de izquierda la repetición del mismo escenario durante veinte años empezaba a parecerse a bordear la corrupción moral, a sufrir un complejo de inhibición, o a resignarse a un estado de perplejidad continua, una vía que inevitablemente conduce a la indiferencia y al cinismo. La educación política de la impotencia: el escenario ideal para el poder político y económico.
En este sentido creo que la novedad Marco Enríquez viene a llenar un vacío y a superar un déficit de democracia que ya se vuelve dramático: un candidato a presidente que se sustrae frontalmente al chantaje del mal menor y que plantea sin términos medios una radical transformación del sistema político chileno, en nombre “del espíritu que animaba a la izquierda antes del golpe militar y en los comienzos de la democracia”. Independientemente de lo que se piense sobre el rol histórico de la Concertación en la transición post-dictadura, la convicción de que dicho ciclo político e institucional está concluido permite ahora imaginar un camino diferente, capaz de expresar abiertamente los intereses en juego. Perspectiva que aparece explícitamente negada por las opciones de Frei y de Piñera, meros continuadores de un status quo que administra como un cinturón de castidad las pulsiones de la sociedad chilena.
Sin caer en la ingenuidad de pensar que el candidato Enríquez y su entorno constituyen una segura garantía de que las esperanzas de ruptura (aunque no se trata solo de esperanza, pues la candidatura es ya, de hecho, un agente activo de ruptura) se verán satisfechas en caso de triunfo electoral, está claro que por primera vez se perfila una alternativa real al duopolio político que nos tiene amarrados y humillados ante la imposibilidad de elegir. Las dudas acerca de las verdaderas intenciones y capacidades de la candidatura Enríquez pueden ser legítimas y en parte las comparto, pero, en cambio, de lo que no caben dudas es del significado de la continuidad que representan los otros dos candidatos. Como también es evidente la inutilidad política de la opción Arrate, arropado por un partido comunista que practica el doble juego y parece conformarse con su antiguo sueño de felicidad de elegir dos o tres diputados, y por la nostalgia de algunos viejos socialistas que no han aportado, ni en Chile ni en ninguna parte, una sola idea nueva sobre cómo construir una sociedad más justa en el siglo que se viene.
¿Qué sentido tiene denunciar un “déficit de socialismo” en una propuesta que precisamente puede abrir una discusión seria sobre el futuro del socialismo y que se enfrenta a una izquierda que ha sido cómplice activo en la consolidación del sistema neoliberal? El socialismo no yace en un sarcófago al que se debe ir de vez en cuando a rendir fe. Si algún significado aún encierra esta palabra es el de proporcionar ideas y energías individuales y sociales al enfrentamiento contra el poder que nos anula y nos ignora, salvo cuando nos utiliza y nos adula para acarrearnos a las urnas.
Bienvenido sea, pues, el desorden reinante en el escenario político chileno, desorden que permite, en su desenfado y en su atrevimiento, desenmascarar a quienes pretenden seguir eternamente viviendo de rentas, apropiándose espúreamente de la memoria del drama de la represión y autoproclamándose “arquitectos” de la libertad conquistada.
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