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Medicamentos vencidos y mal caratulados, fecas de ratas, farmacias coludidas y hospitales tanatorio 

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Chilenos sin recursos: no se les vaya a ocurrir enfermarse en pitutocracia
Los escándalos en la salud se suceden a un ritmo vertiginoso; para sólo citar algunas de las chambonadas, recuerdo el cambio de guaguas, en el hospital de Talca que, a pesar de todas las intervenciones gubernativas, el público no sabe si calificarlo como un sanatorio o un tanatorio – dicen que los pobres habitantes de la VII Región tiemblan de miedo si les ocurre la mala suerte de enfermarse-; el hospital de Curepto – elegante y nuevo y rosadito, inaugurado con enfermos imaginarios de Molière, como preparación para la visita de la Presidenta, engañada al igual que Catalina II, en las famosas Aldeas Potemkin-; luego vino el desorden en las muestran del examen del sida; el paseo de los ratones en el viejo hospital de El Salvador; la colusión de las farmacias; la muerte de madres en el hospital Félix Bulnes, sin contar los retardos en la aplicación del plan Auge y la precaria infraestructura de algunos hospitales. Piense el lector que el hospital de El Salvador, que atiende a todo el Santiago Oriente, fue inaugurado en el período de Federico Errázuriz Zañartu, en la segunda mitad del siglo XIX. No falta quien piense que es preferible morir antes que caer un hospital, sobretodo si se es pobre.

Tan desastrosa es la salud pública que cuando creíamos olvidadas horrores médicos, que significaron pérdidas de vidas jóvenes e innumerables daños para la población, estalla un nuevo escándalo en la Cenabast – abastece de medicamentos y otros insumos a los hospitales de Chile- como si nada, se descubre en la bodega central fecas de ratón, jeringas con hongos, medicamentos vencidos y mal rotulados, vacunas inutilizadas porque no se respeta la temperatura adecuada, entre otras fallas. Se amenaza siempre con sumarios que, al final, quedan en nada y constituyen una monstruosa burla para las víctimas y que a veces no se sabe distinguir si es negligencia, error humano o consecuencia del pitutaje generalizado, que reparte direcciones de hospitales y consultorios entre los militantes de los partidos en el poder, sin exigir las competencias necesarias para el cargo.

Afortunadamente el ministro Álvaro Erazo, a diferencia de su predecesora, no parece tan dispuesto a amparar los errores e incapacidades de gestión de los apitutados de siempre, sean del partido que sean; por mucho que presionó la “agencia de empleos de democratacristiana”, el doctor Enrique Ayarza se vio obligado a renunciar a la jefatura del Servicio de Salud Metropolitano Occidente, hoy debe hacerlo Mario Jerez, DC, por su responsabilidad en la dirección de Cenabast.

Pienso que hay que exigir a los candidatos a La Moneda un preciso programa de salud, reconociendo que está colapsada y que debe invertirse, al menos cuatro veces el actual presupuesto; si fuéramos un poco menos corderos, debiéramos estar alerta y movilizados para evitar que nuestros hospitales se conviertan en tanatorios.

El desastre que describo no es nada nuevo: leyendo Santiago de Chile, de mi profesor Armando de Ramón, encuentro los siguientes párrafos:

“Los hospitales, durante el período colonial y luego en el siglo XIX, habían sido hechos para atender a los pobres. Jamás un miembro de las clases acomodadas iría curarse a uno de ellos…El Doctor Germán Valenzuela Basterrica decía que a los enfermos no se les cuida sino que se les descuida…El Doctor Lucas Sierra “a los enfermos se les deja morir”. En este ambiente, las epidemias prosperaban y causaban terribles estragos entre la población, tanto hospitalaria como del resto de la ciudad”.

“Un periódico llegará a decir en 1910 que “no creemos que exista hoy en el mundo una aglomeración humana que se halle en condiciones más horribles que las que hoy atraviesa la capital de Chile” (De Ramón, 2007: 170-171).

El estado sanitario de Santiago era tan monstruoso y repugnante que, año a año, la población era diezmada por distintas pestes – la bubónica (Peste Negra), la fiebre tifoidea, el cólera, la viruela, el sarampión…-. Incluso, Joaquín Edwards Bello nos aporta un interesante relato que describe un despreciado sector del Cementerio General,

Destinado a los apestosos, que nadie se atrevía a visitar.

En 1910 moría el 31,6 por ciento de la población, es decir, casi un tercio de los chilenos; había ciudades como Curicó y San Felipe, cuya tasa de mortalidad era superior a la ciudad de Bombay; Valparaíso, Talcahuano y la Serena, a Calcuta. Según el periodista Tancredo  Pinochet, Chile era un verdadero matadero.

Casi la mitad de los niños nacidos vivos moría antes de los cinco años; la fiesta del “angelito”, además de convertirse en una borrachera, demostraba la verdadera mortandad de inocentes, en el Chile del Centenario.

Uno de los grandes méritos de uno de los mejores presidentes de Chile, Salvador Allende, es haber denunciado el desastre del sistema de salud chileno y, a su vez, como Ministro de Salud de don Pedro Aguirre Cerda, haber iniciado una de las reformas más profundas de lo que puede llamarse un sistema de medicina social que, a pesar de la carencia de recursos, alcanzó altos niveles de calidad en el período republicano, lamentablemente destruido por los fenicios que pululan en la política pitutocrática.

Bibliografía:

– De Ramón, Armando, Santiago de Chile, historia de una sociedad urbana, Catalonia, Santiago, 2007.

– Vial, Gonzalo, Historia de Chile 1891-1973,Vol I, Tomo II, Zig-Zag, 1996.
29-08-09

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