En Brasil se discute mucho la cuestión de la internacionalización de la Amazonia, o a quién pertenece esta rica porción del planeta Tierra. Sin querer entrar en esta discusión que un día retomaré, percibo que ella remite a otra todavía más fundamental: ¿a quién pertenece la Tierra?
Muchas son las respuestas posibles, algunas verdaderas, otras insuficientes o incluso falsas. Con cierta naturalidad podríamos responder: la Tierra pertenece a los humanos. Apelamos a la palabra de las Escrituras que nos dicen: «os lo entrego todo… extendeos por la Tierra y dominadla» (Gn 9,3.7). Extrañamente, los humanos irrumpieron en el escenario de la evolución cuando el 99,98% de la Tierra estaba listo. Ellos no asistieron a su nacimiento ni ella los necesitó para organizar su complejidad y biodiversidad. ¿Cómo puede pertenecerles? Sólo la ignorancia, unida a la arrogancia, les hace pretender la posesión de la Tierra.
También podríamos responder: la Tierra pertenece a los seres más numerosos que la habitan. Entonces ella pertenecerá a los microorganismos —bacterias, hongos, virus— pues constituyen el 95% de todos los seres vivos. Según el considerado biólogo E. Wilson un gramo de tierra contiene cerca de 10.000 millones de bacterias de seis mil especies diferentes. Imaginemos los quintillones de quintillones de microorganismos que habitan la totalidad de los suelos terrestres. Todos ellos tienen más derecho de posesión de la Tierra que nosotros, bien por su ancestralidad, por su número, o por la función de garantizar la vitalidad del planeta.
O pertenece a la totalidad de los ecosistemas que sirven a la comunidad de vida, regulando los climas y la composición físico-química del planeta. Esta respuesta es buena pero insuficiente porque olvida las relaciones que la Tierra mantiene con las energías y los elementos del universo.
Así, la Tierra pertenece al sistema solar que, a su vez, pertenece a nuestra galaxia, la Vía Láctea, la cual, finalmente, pertenece al cosmos. Ella es un momento de un proceso evolutivo de 13.700 millones de años.
Pero esta respuesta no nos satisface, pues remite a una pregunta ulterior: ¿y el cosmos a quién pertenece? Pertenece a esa Energía de fondo, al Vacío Cuántico, al Abismo alimentador de todos los seres, a la Fuente originaria de todo. Ésta es la respuesta que los astrofísicos y cosmólogos acostumbran dar. Y es correcta. Pero todavía no es última.
Cabe una pregunta final: ¿a quién pertenece la Energía de fondo del universo? Alguien podría simplemente responder: no pertenece a nadie, pues pertenece a sí misma. Esta respuesta es simplemente una no-respuesta porque nos coloca ante un muro. Nos remite a la teología, a Dios.
Cambiando de registro y bajando a nuestra realidad cotidiana y brutal de los negocios: ¿a quién pertenece la Tierra? En verdad, pertenece a los que detentan el poder, a los que controlan los mercados, a los que venden y compran su suelo, sus bienes y servicios, agua, genes, semillas, órganos humanos, personas -hechas también mercancía-. Éstos pretenden ser los dueños de la Tierra y disponen de ella como les viene en gana.
Pero son dueños ridículos, pues olvidan que no son dueños de sí mismos, ni de su origen ni de su muerte.
¿A quién pertenece la Tierra? Me quedo con la respuesta más sensata y satisfactoria de las religiones, bien representadas por la judeocristiana. En ésta Dios dice: «Mía es la Tierra y todo lo que hay en ella; vosotros sois mis huéspedes e inquilinos» (Lv 25,23). Sólo Dios es señor de la Tierra y no ha dado escritura de posesión a nadie. Nosotros somos huéspedes temporales y simples cuidadores con la misión de hacer de ella lo que un día fue: el Jardín del Edén.
2009-05-29
* Fuente: Koinonia
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