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PinPon: «No hagamos un país que valga la pena, hagamos un país que valga la alegría»

PinPon: «No hagamos un país que valga la pena, hagamos un país que valga la alegría»
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Vaya este material como un pequeño homenaje a Jorge Guerra, Pin Pon, un eterno luchador por la felicidad de los niños, por la alegría, por la vida, en otras palabras: un luchador por la verdadera democracia.
La Redacción de piensaChile

Jorge Guerra manifestó en sus últimas declaraciones. «No hagamos un país que valga la pena, hagamos un país que valga la alegría. No hagamos un país que se crea la muerte, hagamos un país que se crea la vida».

Carol Crisosto Cadiz, escribe en http://www.atinachile.cl/:
Desde el “Diario de una niña vieja” Pedro Lemebel comentó un día: Pin Pon era un símil de Pinocho, una marioneta viva que enseñaba a jugar pintando, a jugar haciendo la cama, a jugar tomándose la sopa y a jugar haciendo las tareas. Quizás como una disfrazada forma de hacer productivo el ocio infantil. Y entonces uno se la creía, y «cuando las estrellitas comenzaban a salir» nos íbamos a la cama sin reclamar, arrullados por la balada hipnótica de Pin Pon.

Jorge Guerra dice: Pin Pon es el niño que fui y es el niño que no fui. Creo, con mucha honra, con mucha humildad, que yo venía un poco predestinado a ser Pin Pon. Estoy muy contento, muy feliz de poder darme cuenta todos los días que este era el camino.

Tal vez la televisión para los niños ha reemplazado al libro de cuentos, las hadas, las princesas y todo ese mundo etéreo que protegía a los peques de las maldades del mundo, que los aislaba de la dura realidad con su arqueológica miel de fantasía. Así, la caja luminosa ha impuesto tíos, madrinas y parvularias que creen entretener con su cantito bobo a los pendejos drogados hoy por los monos japoneses. Pero hace varias décadas, la memoria de una pasada niñez archivó una serie de programas a la hora de onces para nuestra ingenua vida de enanos pegados a la tevé.

Por entonces, en la Unidad Popular, estaban los Mimos de Noisvander animando la matiné izquierdista en ese clima alterado por el cambio social. También Pin Pon, el muñeco saltarín que se empequeñecía sobre el piano de Valentín Trujillo entonando su pegajosa canción. Pero Pin Pon era un símil de Pinocho, una marioneta viva que enseñaba a jugar pintando, a jugar haciendo la cama, a jugar tomándose la sopa y a jugar haciendo las tareas. Quizás como una disfrazada forma de hacer productivo el ocio infantil. Y entonces uno se la creía, y «cuando las estrellitas comenzaban a salir» nos íbamos a la cama sin reclamar, arrullados por la balada hipnótica de Pin Pon.

Tierna infancia, dulces sueños de aventurarnos en un jardín como una selva gigante de la mano del muñeco, estremecidos por el zumbido de un helicóptero que resultaba ser un matapiojos. Lejana ingenuidad de mirar el mundo desde abajo, conmovidos por el globo plateado de la luna en nuestro cielo pellejo, donde unos astronautas habían llegado sin toparse con los marcianos. Más bien los marcianos eran otros niños pequeños que soñaban con nosotros, terrícolas, en su pesadilla espacial. Y algún día, cerca del dos mil, podríamos conocerlos. Qué lejano e inalcanzable estaba el dos mil, la esperada «Odisea del Espacio».

Por allá a comienzos de los setenta el conocido Marcelo de Cachureos, era un cantante del montón que aparecía en los actos de Izquierda apoyando a la Unidad Popular. Pero después, con la violenta llegada de los bototos, se acomodó al nuevo régimen inventándole a la niñez de la dictadura el mofletudo Tío Marcelo y la tropa de personajes burdos de Cachureos. Y en realidad lo mejor de este programa es el nombre, que identifica la basura angelical que reparte el guatón en su show de monstruos buenos y chistes torpes. No se sabe si a los niños les gusta tanto o simplemente se acostumbraron al griterío simplón del «corre que te pillo».

Casi en la misma época, un set de patibularias cuicas crearon el grupo Mazapán, insertando en la televisión la didáctica del Kindergarten para alegrar a los pitufos. Eran cinco o seis tías rubias que conquistaron la teleaudiencia pendeja con su guitarreo pirulín. En ese edén de cabros buenos y niñitas rosadas, no cabían las brujas indias ni las princesas chulas y feas. Todo era de dulce Mazapán, que es un tipo de dulce sólo conocido en el barrio alto, donde estas hadas regias y flacuchentas repartían encanto y fantasía para la ricachona niñez. Demasiada bondad de reinas sin drama tenían estas niñas universitarias de tierno mirar. El complejo espacio de la niñez aparecía reducido nada más que a un cielo de merengue donde las tías Mazapán trinaban su catecismo de pequeña moral para los niños atontados de tanto tirulí y cuchuchú.

Ya casi a mediados de los ochenta, la pareja del Tío Memo y la Tía Pucheritos pegaron fuerte en el corazón pichintún con su «Vamos de paseo en un auto feo, pero no me importa porque como torta». Era un show similar a los anteriores, con la misma musiquita reduccionista del Colorín Colorado, con las mismas caras pintadas de payasos festivos que hacían bailar estadios llenos. Pero esto duró hasta la separación de la pareja y después el oscuro incidente delictual donde se vio implicada la amorosa Tía Pucherito.

Pero, en fin, estas hadas y tías madrinas de la tele también son de carne y hueso, también viven divorcios, abortos, prontuarios penales y exilios políticos, como el querido Jorge Guerra, el recordado Pin Pon, que al regresar al país quiso reponer su personaje sin ningún éxito, sin lograr conmover el alma indiferente de la niñez tecno de los noventa. Y quizás el arrugado «muñeco con cuerpo de aserrín» actualmente sólo pueda afectar a los niños cuarentones de esa generación maltratada por la dictadura que hoy, antes de dormir, evocan en esta nostálgica marioneta humana la luna trizada de un lejano despertar.

Guerra fue entrevistado en un diario local del sur chileno, hace años atrás, reproduzco parte de lo editado. Jorge Guerra, se da tiempo para conversar como el padre de Pin Pon o como el mismo personaje que es. –

Ustedes se debe acordar del programa ¿Quién soy yo? que conducía Enrique Bravo Menadier. En cada edición se despejaba el nombre de un personaje incógnito, con una pregunta que era muy clásica y que yo se la quiero hacer a usted hoy, señor Jorge Guerra, ¿quién es realmente usted? –
Recuerdo perfectamente el programa porque el personaje incógnito se sacaba una máscara y revelaba su identidad… Esta pregunta creo que es primera vez que me la hacen, a pesar de haber sido entrevistado por cerca de 35 años. A mí me gusta este tipo de preguntas porque a uno lo lleva a pensar rápidamente como un computador para ver en qué casillero nos vamos a meter para indagar. Rápidamente podría decirle que este Jorge es un chileno, hijo de la pobreza, de la pobreza digna como miles de chilenos, criado por sus abuelos, hijo de padres separados… viví un tiempo con mis padres, los dos muy sensibles…»- ¿En qué ciudad? –  En Santiago. Mi padre era operador de cine y mi madre modista. Pero mi madre me enseñó a mirar las puestas de sol, a escuchar a Beethoven, a Tchaikovsky porque ella se emocionaba con esa música. Y así pude entrar en el mundo de la sensibilidad. Mis abuelos eran telépatas, cosa que yo también heredé. Después me dí cuenta que yo podía predecir los temblores, los terremotos, algún don de sanación en las manos. Así me fui haciendo, como un niño un poco solitario que cuando niño me entretenía inventando juegos porque no tenía juguetes. Mis juegos eran mirar los colores del cielo, las estrellas en la noche… cuando salía a hacer pipí en la noche (ríe) al patio de mi casa, en Barrancas. Por eso, Pin Pon es el niño que fui y es el niño que no fui. Creo, con mucha honra, con mucha humildad, que yo venía un poco predestinado a ser Pin Pon. Estoy muy contento, muy feliz de poder darme cuenta todos los días que este era el camino. Jorge venía proclive a las artes, porque yo también me creí pintor. De hecho, todavía pinto y he ganado algunos premios. Escribo y voy a tratar de editar mis textos poéticos acompañado por algún músico. Bueno, el teatro, el cine, la televisión…»-  ¿Estudiaste teatro?- «Yo no soy hijo de una academia. Soy hijo de un maestro de teatro, Enrique Gajardo, quien vive actualmente en Chillán y a quien le debo todo. El me enseñó a amar el teatro, más allá de la técnica.

En la década de los ‘70, Pin Pon se convirtió en un personaje nacional. ¿Qué recuerdos guardas de esa etapa?
Pin Pon nace en 1965. Estuve cinco años en el Canal 13 y cuando fui invitado a participar en la programación de Televisión Nacional, me sentí inmediatamente protagonista, porque coincide con las elecciones y con una intuición de que iba a ser una historia fuerte. El hecho de que me vieran de Arica a Punta Arenas, también fue una experiencia fuerte. Siempre lo comentábamos con el amigo Valentín porque sentíamos cómo nos llegaban cartas de los rincones más apartados. Ahora, cuando hago las giras, la gente lo que más recuerda es su infancia a través de Pin Pon porque el programa iba a la hora de once y la hora de once sigue siendo una tradición, aunque han cambiado un poco las cosas. –

Ese compromiso con el gobierno que iniciaba Allende ¿tocó también a Pin Pon?
No. Al personaje nunca. Pin Pon siempre ha trabajado con los valores humanos universales; la defensa de los derechos humanos no es desde una trinchera sino que abarca todas las trincheras porque nadie tiene derecho a transgredirlos. Pin Pon siempre fue lo que ha sido, es y seguirá siendo. Podría alargarme mucho en describirlo pero creo que todos lo sentimos.

El compromiso lo tomó Jorge, él asumió el compromiso de ser “upeliento”. Yo diría tal vez, más que ser “upeliento”, creo que yo era “chichista”. Me considero a mucha honra, un gran allendista porque admiro y seguiré admirando a este último baluarte de la gallardía, de la honestidad, de las buenas intenciones, de la hombría, de este Salvador Allende. Creo que a nosotros nos tocó mucho su persona, sus valores. Era un hombre que tú lo veías en la sala de teatro, en los conciertos, no por el protocolo presidencial, sino porque era proclive a las artes. Creo que una persona así, es imposible que no pretenda otra cosa, para su pueblo, para su país, que sea la sanidad del espíritu.- Tú comprenderás que esa época marcó también a una gran cantidad de gente que no estaba de acuerdo ni con el gobierno ni con la persona de Allende. – Yo creo que los análisis que hace la derecha de Salvador Allende son absolutamente injustos y creo que ellos lo saben a profundidad. Creo que está muy claro que la política no la hace un solo hombre. Allende, jamás llamó a la violencia, eso se obvia en los análisis. Siempre estuvo en pro de la vida. No hubo muertes masivas, en ningún caso, políticamente hablando. El siempre fue un constitucionalista. Cada vez que Allende iba a algún acto con los niños, yo era el encargado de entrevistarlo. Yo sentía de él, su carisma, cómo emanaba de él una bondad, en esa aparente figura fría. –

Vino el «11» y Pin Pon siguió en televisión…-
«Evidentemente, el personaje era demasiado popular como para tomar medidas contra él, así es que se tomaron unas medidas muy caseras el único programa que durante un año se grabó con militares armados adentro del estudio. Cuando yo alzaba la vista para decir, «amigo Valentín», en el techo del canal había un boquete abierto en el que había un soldado apuntándome para abajo. Como comprendes, no era muy agradable… por decir lo menos (ríe), hablar para los niños, predicarles el amor, la igualdad, la solidaridad, la amistad, el deseo del conocimiento, la alegría de ser felices, de tener el privilegio de pensar, estar haciéndolo en medio de cañones. Me hicieron grabar como 80 programas adelantados y ahí llegó una persona anónima, por eso es que me considero un privilegiado, que me dijo, usted se tiene que ir del país, lo antes posible, ya. Vendí todo lo que tenía. Esa señora me llevó adonde don Eduardo, yo no sabía de qué Eduardo se trataba y era el ex presidente Eduardo Frei Montalva, quien me entregó una carta para don Luis Herrera Campins. Esa carta jamás la usé.

¿Qué año era?
«1974. De ahí salgo con una maleta con ropa adecuada para hacer teatro y una muñeca de mi tamaño que yo usaba para una obra. La senté en el avión conmigo (ríe) y esta pareja de muñecos…» –

¿Cuál era el destino?
«En esa época las agencias de viaje se aprovecharon de la situación. Sabían que muchos de los que salíamos no podíamos volver y nos vendían solamente pasajes de ida y vuelta. Mi Fiat 600 que era mi haber mayor, me alcanzó para pagar un pasaje de ida y vuelta a Caracas. Pero, con derecho a bajar en Lima, Quito, Bogotá. Yo salí con 70 dólares en billetes, en este viaje a la nada. A algunos próceres les digo que soy muy ahorrativo porque incluso me dio para vuelto porque volví a Chile con 5 dólares. Entonces, en Lima me di cuenta que algún daño me habían hecho en mi cabeza. En alguna parte de mis sentimientos me habían herido, no de muerte pero sí una herida profunda. Iba yo en un taxi a un hotel, cuando sentí himnos marciales y mi primera reacción fue esconderme para que no me vieran… Los amigos que yo llevaba para ubicar en Lima no estaban y fue así como me gasté mis primeros 10 dólares en ir a un hotel, encerrarme y ponerme a llorar como un niño chico sin poder parar, porque recién me di cuenta que no tenía pasado, que no tenía vuelta atrás, que no podía regresar, no tenía futuro y el presente era ese llanto. Y mis hijos en Chile. Porque yo salí para buscar dinero para mis hijos porque en Chile me habían echado de todas partes. –

Después vino Ecuador…
«Desde el avión sentí, por estas percepciones que uno tiene, que llegaba a una ciudad muy linda (Quito)y me pareció que ahí me iba a quedar y así fue. Pero, igual dormí en las calles y que sé yo. Gané un concurso de oposición y merecimiento y fui profesor en la Escuela de Teatro. Formé un grupo con la maestra Ilonka Vargas y hasta hoy, todos mis alumnos están haciendo teatro.-

¿Y después, por qué el salto a Cuba?
«Mi madre, en uno de sus viajes a Ecuador me dijo que me acordara que yo tenía un grave problema en mi pierna y me tenía que operar. Hice las indagaciones y pregunté si podía ir a operarme a Cuba porque era gratis. Pero, por supuesto, me respondieron. Mi madre me mandó el pasaje para Nueva York, porque ella era obrera en esa ciudad y yo desvié el avión pa’ Cuba (ríe). Me fui a La Habana, me operé allá y eso me valió llevar mis 32 personajes que yo había grabado para la televisión ecuatoriana, que no se emitieron al aire porque se dieron cuenta que algún sentido social tenían. Esos personajes los convertí en un café concert y eso me valió una invitación para ser director artístico en la televisión cubana. Regresé a Ecuador por un año, cerré todas mis cosas y me fui a La Habana, donde estuve 10 años. Tengo menciones, medallas y premios que nunca se le habían dado a un extranjero. Eso nunca se supo, porque era La Habana y no París. –

En tu recorrido por Chile, ¿dónde crees tú que está la esencia de la cultura chilena?
«Primero, tenemos que pensar que geográficamente somos como cuatro países en uno. Somos producto de la mezcla de etnias nuestras con inmigrantes europeos, partiendo de los españoles. Por tanto, las raíces culturales son españolas, a nivel de este criollo que somos nosotros. Decimos chilenos porque nacimos dentro de las fronteras de Chile. Pero, dónde está el territorio cultural nuestro. La raíz es profundamente europea. Nuestra arquitectura es europea. Nuestra idiosincracia es europea, lamentablemente ahora teñida por una cultura de Miami, digo lamentablemente porque si hubiéramos tratado de seguir siendo como los europeos, al menos tendríamos el aire más limpio. Seríamos como unos suecos en el aire… (ríe) Estaríamos viendo a 2 kilómetros de distancia y no a 2 cuadras, no viendo ni el San Cristóbal. Antes de preocuparnos de nuestras raíces, creo que primero que nada necesitamos unas mil mesas de diálogos para que abarquemos todos nuestros temas. Yo siempre digo que tenemos mucha lágrima pendiente y mucha risa pendiente. Tenemos muchas miradas frente a frente pendientes.

Creo que los chilenos tenemos que aprender a conversar, a querernos. No poner el antagónico. Cuando se habla de reconciliación, etc., etc., lo tengo claro, no voy a entrar ahí porque las heridas son profundas. Pero, yo creo que, entonces, tenemos que mirar a nuestros niños, tenemos que mirar al futuro siempre y ese es mi grano de arena. Esta oportunidad que he tenido de trabajar en taller con las educadoras de párvulos y el reencuentro de Pin Pon con la gente, nuevamente, constituyen un privilegio. Y con las educadoras ha sido emocionante. Yo les digo que hace muchos años que le debemos un monumento, a los maestros, en la Plaza de la Constitución. Los maestros forman el futuro. Los padres tenemos cada vez menos tiempo de ocuparnos de nuestros hijos.

– Le invitamos a visitar el sitio www.pinpon.cl

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