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¿Samuel Huntington ha muerto? 

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Hacia donde se mire, las cosas no pintan bien. El mundo muestra estos días sus caries. Abre las fauces de donde chorrea la sangre de todos los palestinos inocentes que han sido y seguirán siendo, y su aliento apesta. El humo de las bombas trae reminiscencias de otros cuerpos sepultados y encalados en la comunidad de la ignominia. La tragedia no se repite como comedia sino como horror.

En estos momentos, muchos se preguntarán: ¿Vale la pena el sacrificio de protestar? Mientras se lo preguntan, hay legiones que no tienen dudas, gentes que piensan que sí merece la pena porque no les queda alternativa, porque han sido arrastradas por el terrorismo de Estado a los confines de la miseria y han aprendido el arte de la resistencia. Para ellos, no hay nada más que una frontera infranqueable y, como alternativa, la muerte. Y ellos optan por la muerte, por las bendiciones que se llevan los mártires y por el bienestar de sus familias, que a veces reciben la compensación terrenal.

Samuel Huntington ha muerto. El hombre que predicaba el levantamiento de muros estratégicos para impedir que Occidente sucumbiera a manos del Islam (Oriente) o de los cuervos que había criado (Sur) se ha ido en medio del fragor. Ha muerto Huntington, pero no la enfermedad de una civilización que, tras siglos de mentiras y atrocidades, sigue creyendo que es la ungida como la única alternativa que tenemos para salir del atolladero donde ella misma nos ha metido.

Esto contraviene toda la lógica que, hasta ahora, le ha permitido al hombre dar gigantescos pasos en su “especialización” y diferenciación como especie, a alcanzar el estadio de las civilizaciones modernas, cuyo choque frontal preocupó tan persecutoriamente a Samuel Huntington. Una ley científica deja de ser válida en cuanto se demuestra que una de sus hipótesis es falsa. Los edificios se derrumban por falta de asidero, las ideas también. La historia no se ha acabado, ni tiene final previsible. En este caso, una pieza fundamental de la teoría está a punto de derrumbarse por el peso inconcebible de su propia ignominia. Israel es un actor anacrónico en un mundo que quizá se muestre dispuesto, en un futuro no muy lejano, a prescindir del foco de conflicto que representa, con el objetivo de rebajar las tensiones globales. La condición de Estado tampón con que Israel fue concebido no tiene sentido en un mundo multipolar que, para Occidente, presenta día a día, otros problemas más urgentes y de muchísimo más enjundia geoestratégica, sin ir más lejos Irak, Afganistán y Pakistán, piezas claves en una Teoría del dominó que todavía tiene sus adeptos en Occidente.

Huntington se va y nos deja un mundo sumido en una crisis –global, sin contemplaciones. También nos deja un Israel perdido en un mar de animosidades cuyas aguas turbulentas se agitan de día en día y que insinúan una dinámica interna imprevisible, pero seguramente más devastadora que la de un tsunami. No hay nada, ni siquiera el poderío nuclear de Israel, que pueda impedir que la injusticia de sus guerras vengativas y preventivas, que el rastro de muertos y heridos que dejan sus incursiones de castigo, no germinen en el mundo árabe y musulmán como sed de venganza. Cada vez que Israel golpea, injuria, ejecuta y mata indiscriminadamente a mujeres y niños, cada vez que destruye intencionadamente centros civiles y religiosos y escuelas, cada vez que mata a escolares y maestros y acaba así con la única posibilidad que tiene el pueblo palestino de dar un nuevo rumbo al futuro, Israel está sembrando las semillas que habrán de destruirlo.

No hace falta leer la Biblia para saberlo, como tampoco hace falta leer tratados estratégicos. La ira de los desposeídos y maltratados del mundo alcanza extremos nunca vistos. En Palestina, la frustración, alimentada paradójicamente por el hambre, por la injusticia y el apartheid de facto que significa la guerra y el asedio perpetuos, cierra las puertas a toda posibilidad de vivir en paz o en condiciones de dignidad a sus habitantes. Para los más de mil millones de hombres y mujeres musulmanes en el mundo, muchos de los cuales no tienen más religión que la supervivencia, con esta agresión, Israel se convierte en portador de todos los males y vicios del mundo. Para los que miramos desde las orillas del Mediterráneo, Israel, un país nacido de los designios de la impotencia y la arbitrariedad, después de las atrocidades sufridas por su pueblo en la Segunda Guerra, se ha convertido en la viva imagen de su verdugo y en una vergüenza para la historia.

No sobran las estadísticas acerca del poder de fuego. No sobran, porque un país pequeño, no mayor que Bélgica y casi la mitad de Costa Rica, con una población equivalente a la de Cataluña, armado hasta los dientes, es hoy capaz de destruir todas las grandes ciudades de Oriente Medio con su arsenal nuclear, y mantiene al mundo en vilo con su perpetuo chantaje histórico. Israel no ha firmado ningún tratado sobre armas nucleares ni pertenece a ningún club oficialmente reconocido como potencialmente devastador. Su Armagedon nuclear es palabra nefanda. La Comisión de Energía Atómica jamás le ha pedido explicaciones –como ha hecho con Irán o con Corea del Norte- por su programa de desarrollo nuclear ni sus ciento cincuenta bombas nucleares, ni ha desafiado la política de la “ambigüedad nuclear”, que en su tiempo denunció Mordechai Vanunu y que la prensa mundial acalló en su momento.

La dimensión de la crisis financiera y económica que el mundo empieza a conocer, equivalente por sus consecuencias a un desplazamiento del eje de rotación terrestre, augura alteraciones de la geoestrategia y de la economía global que las grandes potencias económicas comienzan recién a intuir. Ahora, se suma la agresión gratuita que Israel ejerce contra una población desprotegida, y vuelve a “calentarse” una región del planeta sujeta a sobresaltos desde hace más de medio siglo. El protagonista, como en otras ocasiones, es el manido “derecho de un Estado a defenderse de las agresiones externas”.  Es la ley del talión que Israel esgrime como justificación de sus represalias y que, en el terreno, parece una estrategia calcada de la que, en su momento, azotó al gueto de Varsovia, a saber, el exterminio del enemigo. La palabra “machaca”, en la primera página de EL PAÍS, ayer, en relación a los bombardeos sobre Gaza, es la palabra adecuada para describir la acción de un estado con un enorme poderío militar que se ceba sobre una población desprotegida. A eso, dicen los politólogos más perspicaces, habría que agregar las pulsiones “trigger happy” que, en su carrera hacia el puesto de Primer Ministro, exhibe Tzipi Livni la ministra de Exteriores. Tiene al menos a un par de verdugos compitiendo con ella, pisándole los talones, y para cada uno de ellos pareciera que con cada vida que se cobran en Palestina ganan otros tantos votos.
29 de diciembre, 2008

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