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Derecha chilena, neoliberalismo y populismo 

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Más por la división de la Concertación que por sus propios méritos, la derecha chilena parece tener una oportunidad de llegar a la presidencia de la república. Sebastián Piñera, seguramente, hará gala de un populismo e irresponsabilidad que le caracterizan: nada le costará derrochar la plata fiscal sin aportar, de su bolsillo, ni  un peso. Los carneros que voten por él no saben al despeñadero al que será conducido el país.

Afortunadamente, en medio siglo de historia, la derecha ha ganado solamente una vez con el autoritario presidente Jorge Alessandri, quien se negaba a ser dominado por los partidos. Nada más difícil para un historiador que periodizar la  vida de una combinación política, sin embargo, podremos intentar distinguir algunas etapas:

    * liberales y conservadores

    * el último gobierno de la derecha

    * el Partido Nacional

    * la herencia de la dictadura militar

    * el giro populista de Joaquín Lavín

    * Sebastián Piñera: liberalismo y populismo

Liberales y conservadores, (1938-1965)
El triunfo del Frente Popular tuvo efectos traumáticos para la derecha, mucho mayores que el fin de “la república oligárquica” (1924), de ahí para adelante, el Partido Radical se convierte en el eje de la política chilena privilegiando una alianza de centro izquierda. En 1942, la derecha apoya al ex dictador Carlos Ibáñez del Campo, candidatura que fracasa a causa del rechazo de Arturo Alessandri Palma y José Maza por parte de los liberales y de Rafael Luís Gumucio Vergara, por parte de los conservadores. En esta elección comienza a marcarse una de las características del accionar de la derecha en la historia de Chile: su tendencia a la división. En 1945, nuevamente la derecha fue escindida en dos candidatos: el conservador Eduardo  Cruz-Coke, que postulaba ideas avanzadas, y el liberal Fernando Alessandri; el primero obtuvo 142.000 votos, 29,7% y, el segundo, 131.000 votos, el 27,2%;  si sumamos ambas votaciones, la derecha logró el 56,9 por ciento, contra el 43,8%  de Gabriel González Videla. En esta única oportunidad, hasta ahora, la derecha pudo ganar por mayoría absoluta.

Estas derrotas presidenciales de la derecha pueden incitarnos a engaño, pues esta mantuvo el dominio absoluto de la agricultura y de la empresa; además, su fuerza parlamentaria le permitía equilibrar el poder respecto del Ejecutivo. En 1941, tuvo un 31,2%  y, en 1945, el 43,7%; en 1941, 54 diputados y, en 1945, 70 diputados. En los gobiernos de Juan Antonio Ríos y de Gabriel González Videla, los partidos de derecha participaron en sendos gabinetes. En 1945, la derecha fue una clara mayoría en el Parlamento. Con el viraje de González Videla, al aplicar la Ley de Defensa de la Democracia, la derecha pudo aprovechar el período de exclusión política para llevar a cabo su proyecto de capitalismo liberal, pero desaprovechó la oportunidad dando paso al triunfo del populismo bonapartista antipartido de Carlos Ibáñez.

El período de Ibáñez marca las más bajas votaciones de la derecha: en 1955, un 21,3%, que sube al 29,2%,  en 1957.

El último gobierno democrático de la derecha
1957 coincide con una baja representación parlamentaria de la derecha, si la comparamos con su cenit, en 1945. Los liberales estaban dispuestos a apoyar al líder falangista, Eduardo Frei Montalva, quien contaba con una amplia mayoría entre sus parlamentarios; todo indicaba que Frei iba a convertirse en el líder de una derecha unida, incluso ampliada a un centro social-cristiano; la piedra de toque eran los conservadores, llamados tradicionalistas. Para los militantes de la Falange era muy difícil humillarse pidiendo el apoyo a quienes, en 1938, los habían expulsado; sólo la muerte, por un ataque al corazón, de Raúl Marín Balmaceda, en plena sesión del Partido Liberal, llevó a los liberales y conservadores a apoyar a Jorge Alessandri Rodríguez.

En 1958, Alessandri ganó apenas con el 31,2%,  contra el 28,5% de Salvador Allende; si sumamos la votación de Allende y la del cura de Catapilco, 3,3%, Allende hubiera ganado fácilmente; además, la votación de centro, Eduardo Frei Montalva, 20,5%  y Luís Bossay, 15,4%  que suman 35%, también aventaban al candidato de la derecha. Liberales y conservadores tenían sólo 45 diputados y un 30%  de la votación, lo que apenas les alcanzaba para aprobar los vetos presidenciales. Posteriormente, en las elecciones de 1961, Alessandri se vio forzado a llamar a los radicales, a fin de tener mayoría en ambas Cámaras.

Al comienzo, Alessandri intentó un proyecto empresarial, antipartidario e independiente, sin mucho respeto por el parlamento, al que siempre consideró un obstáculo; Alessandri estaba convencido de que la Constitución de 1925, promulgada por su padre, tenía tres defectos: dar mucho poder al Parlamento, permitir la intromisión de los partidos políticos en el Gabinete y la excesiva libertad de Prensa – ideas que trató de introducir en la Constitución de 1980 -.

Alessandri trató de encabezar un proyecto empresarial que cumpliera las siguientes condiciones: recortar, al máximo, el gasto fiscal; mantener un tipo de cambio fijo; reducir al límite los sueldos y salarios y mantener el movimiento obrero bajo la represión, sobre todo a las huelgas y paros nacionales –recordemos que Jorge Alessandri metió a prisión a Clotario Blest, en uno de los tantos paros nacionales-. En el primer año logró reducir la inflación, pero, posteriormente, se le desbocó completamente la economía: llegó un momento en que no había divisas en el país y la hiperinflación reapareció, cambiando el peso por el escudo, para disimular sus efectos.

El proyecto tecnocrático y empresarial no dio ningún resultado, por lo demás, el panorama internacional comenzaba a cambiar: en Estados Unidos ganaba el demócrata John F. Kennedy, que privilegiaba, en Chile, a los demócrata cristianos sobre la derecha tradicional y, en 1959, en Cuba, ganaban los “barbudos” de Fidel Castro; en la economía comenzaba a predominar la planificación cepaliana.

El Partido Nacional
A partir e triunfo de la Democracia Cristiana, la derecha queda reducida a su más mínima expresión: en la parlamentaria de 1965, la derecha obtiene el 12,5% y nueve diputados. El Partido Nacional, que reemplazó a liberales y conservadores, fue hegemonizado por un grupo de tendencia nacionalista portaliana,  que antes había fundado la revista Estanquero, cuyo director era Jorge Prat; a su muerte, tomó el liderazgo Sergio Onofre Jarpa. Este partido se caracterizó por una oposición violenta al gobierno de Salvador Allende, pero tuvo la habilidad de atraer a los demócrata- cristianos a posiciones  de un furibundo anticomunismo. El Partido Nacional obtuvo, en las elecciones de 1973, el 21% y 34 diputados. 

La derecha heredera del conservantismo y del neoliberalismo de la dictadura, encabezada por Augusto Pinochet.

No puedo comulgar con aquellos que olvidan el pasado sosteniendo, estúpidamente, que las combinaciones y los partidos no tienen historia: la derecha actual es heredera de la dictadura de Pinochet que, por lo demás, es el máximo de su poder político; en el fondo, la UDI y RN son producto de la estrategia de la dictadura, diseñada en Chacarillas, donde gestó la última fase del régimen militar.

Estos dos Partidos han profitado de la jaula de hierro, construida por Jaime Guzmán Errázuriz, que ha hecho imposible cambiar los elementos centrales de la democracia de los acuerdos, la protegida, o la mínima, como ustedes llamarla. Por lo demás, la Concertación no ha tenido la voluntad política para poner fin a la nefasta herencia de Pinochet, y sólo se ha limitado a “humanizar” el neoliberalismo.

Las ideas de la derecha siguen siendo las mismas: las privatizaciones, el Estado subsidiario, el lucro en la educación, la privatización de la salud y la previsión, negativa a aumentar los impuestos a las grandes empresas, rechazo al aumento del royalty, mantención del sistema binominal, confusión entre crecimiento y desarrollo y otros.

La derecha chilena: neoliberalismo y populismo
En 1999, Joaquín Lavín estuvo a punto de empatar con Ricardo Lagos. Su campaña fue bastante hábil, pues aprovechó el tema del cambio, trató de obnubilar a la gente mostrándose diferente al pinochetismo y, además, adoptó el camelo de las propuestas populistas. Esto no es nada nuevo en la derecha mundial, pues se remonta al fascismo y al falangismo español y, en la actualidad, estrategia que emplean varios gobiernos de derecha, en la actualidad.

La UDI se presentó como un partido popular, capaz de disputar las comunas que antes eran monopolio del progresismo; planteaban como una especie de gobierno conservador –no muy lejano al falangismo de Primo de Rivera- y sus dirigentes, muchos de ellos del Opus Dei eran una especie de apóstoles -que se creían ungidos por San Pirulín Escrivá de Balaguer, tan estúpidamente canonizado por un Papa venido del Este-.

Entre Renovación Nacional y la UDI siempre habrá un foso de diferencia: las miles de polémicas entre estos dos partidos son conocidas por la opinión pública, además, Sebastián Piñera es bastante odiado por los personajes más cercanos a Pinochet y por unos cuantos dirigentes de la UDI que dudan de la forma en que invierte en la Bolsa y las relaciones morgaméticas entre los negocios y la política. Por lo demás, por su carácter atragantado y su discurso repetitivo e insolente provoca rechazo de los ciudadanos.

Si no fuera porque la Concertación le está pavimentando el camino, es seguro que la candidatura de Piñera prosperaría poco. En la Concertación, la que en veinte años no fue capaz de terminar con los amarres de Pinochet, entre ellos las privatizaciones de las grandes empresas del Estado a precio irrisorio y abusivo, sólo le quedaría a Piñera colocar en Bolsa una parte de las acciones de Codelco o privatizar Enap. En otro plano, la Concertación dejó intocadas a las abusivas y piratescas AFP, al sistema privado de salud y al lucro en educación. El Chile de hoy es mucho más monopólico y concentrado del que denunciara Ricardo lagos Escobar, en los años 50.

No creo que la derecha necesite programa, pues su proyecto-país lo han realizado  la dictadura y la Concertación, lo que falta son los retoques populistas, es decir, comprarse a los eternos corderos, que irán directamente al matadero. Nada más tonto que repetir la monserga de la alternancia en el poder: cuando se la escucho a algunos personajes de la Concertación me produce hilaridad; no es ser demócrata repetir esta estupidez. Me da la impresión de que la alternancia de la cual se habla es cambiar un Velasco por un Fontaine, o un Foxley por un Romero – los dos bastante siúticos- o un Vidal por Espina y así, como en el tango Cambalache, “lo mismo un burro que un gran profesor”.
03-12-08

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