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Francia: Manifiesto por una Asamblea Constituyente

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Crisis de la representación política, deriva oportunista del PS, ausencia de credibilidad de las otras organizaciones de izquierda, son los síntomas que empujan a algunos a proponer la creación de nuevos partidos, y a otros a querer aguijonear al PS desde el interior.

Si creo en el rol fundamental de los partidos en la vida democrática, pienso que estas tentativas, cualquiera sea la sinceridad de sus autores, no pueden en el estado actual de cosas sino llevar a desilusiones y callejones sin salida.

En efecto, el juego político está pervertido por instituciones nacionales e internacionales muy poco democráticas, pero muy útiles a una mundialización  que tritura las naciones y los pueblos, destruye su derecho a disponer de sí mismos como lo prueba el no respeto del voto del 29 de mayo de 2005 (rechazo de la Constitución Europea. N del T), aplasta los avances sociales.

Hoy día la prioridad consiste en cuestionar las reglas de este juego perverso, sobrepasar los marcos rígidos y moribundos de una situación sin otra perspectiva que la agravación de las dificultades políticas y sociales. 

La única fuente de legitimidad de un poder que se pretende democrático es la voluntad popular. Reafirmar esta evidencia contra un sistema que la desprecia cada vez mas pasa por la reunión de una Asamblea Constituyente.


Esta carta es un llamado a unirse en pos de este objetivo, en torno a una “Asociación por una Constituyente”.

La situación
A lo largo de  los últimos años la vida política no ha hecho sino derivar hacia el conformismo de la mundialización.

Por su parte, el Partido Socialista (francés. N del T), incapaz de oponerse aún débilmente a la lógica de los intereses financieros que dominan el mundo, suministra incluso los cuadros dirigentes: el director de la OMC y el del FMI.

Su verdadero drama no es solo que ha perdido todos los combates ideológicos, sino que se transformó en un soldado del pensamiento dominante aun cuando disfrace esta deriva con algunas declaraciones, desafortunadamente sin consecuencias, en favor de los más desfavorecidos.

Por cierto, las tendencias críticas existen en el seno del PS. Pero su naturaleza minoritaria y sobre todo su incapacidad de ruptura les permiten a los dirigentes del PS continuar tranquilamente su deriva mientras pretenden unir.

También es verdad que otros partidos mantienen un discurso más social o más republicano. Pero, también allí, su relativa debilidad los hace aparecer a sus propios ojos como espuelas del partido que domina la izquierda, y a los ojos de los dirigentes del PS como coartadas y simples fuerzas de apoyo.

¿Qué relación de fuerzas, qué aguijoneo pueden representar cuando afirman como una obligación que en cualquier caso apoyarán al PS en la segunda vuelta de todas las elecciones, como por ejemplo en la última presidencial?

Anunciar por adelantado un apoyo nunca permitió afirmar ninguna divergencia de manera muy creíble.

La necesidad de reconstruir la República y la representación política de las clases dominadas  sobre estos escombros es una imperiosa necesidad. No obstante, para salir de los mencionados callejones sin salida, ¿es oportuna la creación de nuevos partidos políticos?

La respuesta no es tan evidente como le parece a algunos porque dos restricciones fundamentales pesan de manera insalvable sobre toda tentativa de este tipo, restricciones que pueden incluso hacerla contra productiva: la ausencia de un pensamiento crítico ampliamente compartido y la aceptación resignada de la actual Constitución (la Constitución de la 5° República).


El pensamiento
La reconstrucción del pensamiento constituye la verdadera prioridad, el desafío que condiciona todos los otros. Ahora bien, ante los obstáculos que levanta la ideología dominante y sus instrumentos de propaganda, toda verdadera crítica tiene dificultades para encontrar audiencia.

La dominación de los espíritus es muy fuerte, como siempre en las fases de crisis aguda, como en los tiempos en que La Boétie escribía su “Discurso de la servidumbre voluntaria”

No se puede realizar ninguna acción política de reconstrucción sin la definición de las contradicciones fundamentales.

Es la condición previa a la refundación del necesario juego de partidos. Del mismo modo, hace dos siglos no habría habido Revolución Francesa sin los filósofos del Renacimiento y luego de las Luces. Y la clarificación de lo esencial  se hizo sobre la definición neta de las líneas de ruptura.

Desde luego, existen hoy en día pensamientos que se oponen. Pero muchos de ellos fueron contaminados, intoxicados por la deriva de los partidos dominantes que han utilizado los avances de las Luces, los trabajos de Marx  y de Jaurès para distorsionar los resultados y utilizarles para disfrazar su pobre retórica.

Se trata pues de decir claramente cuáles son las grandes líneas de fractura, mientras los dos actores del nuevo bipartidismo las minimizan e incluso las ahogan, -voluntariamente o no por temor de debilitarse-, valorizando debates a menudo secundarios.

El capitalismo cada vez más salvaje que domina y desestructura el mundo destruye la democracia, la ciudadanía y el humanismo para dejarle el paso libre a las luchas por intereses particulares. Por eso no debemos buscar influenciarle, sino al contrario oponerle estos instrumentos.

No es solo en razón de sus opciones que el neoliberalismo debe ser combatido. Es sobre todo porque se pretende el único pensamiento posible, e incluso la verdad absoluta.
Oponerse al pensamiento dominante no es una actitud extremista, sino simplemente el juego natural de la democracia, aquella que debe permitirnos defender los instrumentos de la vida en sociedad.

El 29 de mayo del 2005 demostró que, en el caso en que hay donde elegir, la respuesta popular es perfectamente clara. Ahora bien, la Constitución actual impide darle vida a estas nuevas contradicciones.


La actual Constitución
En nombre de la estabilidad del poder, la Constitución fosiliza los partidos y bloquea la vida política. Ella jugó un rol fundamental en la descomposición de la democracia y en la dislocación de la izquierda. En realidad su lógica profunda es la atrofia de los conflictos políticos mediante el juego de la personalización, y la anulación de los partidos mediante la anulación del Parlamento.

La clave de las instituciones es el Presidente de la república elegido por medio del sufragio universal directo.

La mayor parte de los republicanos habían criticado tal sistema durante un siglo, tanto más cuanto que su existencia había, en 1851, permitido la emergencia de un poder Bonapartista. Los republicanos, por su parte, deseaban ver expresarse institucionalmente la verdadera diversidad de las opciones políticas.

Pero al renegar François Mitterrand de sus compromisos con relación al cambio de régimen después de su victoria, las dos fuerzas políticas principales en Francia oficializan ahora una regla del juego que reduce la “democracia”, por lo esencial, a la elección de una persona sin control  durante todo su mandato.

Muchos militantes de izquierda no logran medir a qué punto la lógica de las instituciones y la llegada del PS a su dirección han deformado su visión de la política y del poder en general.

El presidencialismo genera la servidumbre de los individuos sometidos a la lógica de las carreras presidenciales y destruye tanto la libertad como la responsabilidad de los representes electos por el pueblo.

Pretender crear una diversidad de posiciones en este contexto aparece como una burla puesto que hay que situarse con relación a uno de los dos elegidos potenciales. El régimen se transforma en un bipartidismo aseptizado, instrumento de la mundialización, borrando las líneas de fractura más profundas como los conflictos sociales que atraviesan la sociedad. Todos los opositores a tal alternativa son presentados como los partidarios de lo peor. El debate deviene maniqueo.

No se puede llamar al retorno de una vida política responsable sin atacar la Constitución, sin hacer de su cuestionamiento una cuestión previa.

Este combate es tanto más necesario que estos últimos años el quinquenio y el modo de escrutinio han reforzado los vicios fundamentales del sistema. Peor aún, una nueva deriva presidencialista parece estar a la orden del día, preparada  en silencio por una comisión Balladur.

Contra ese golpe de Estado disimulado hay que imponer la elección por sufragio universal de una instancia ad hoc, es decir una Asamblea Constituyente legítimamente encargada de ese trabajo. El modo de escrutinio deberá asegurar la más amplia representatividad de la población. Solo tal Asamblea,  suerte de Estados Generales modernos, tiene el derecho y el deber de repensar nuestras instituciones.

*******

No se puede ignorar estos combates históricos y pretender influenciar la Historia evitando las rupturas necesarias. Muchos hombres serios intentaron, bajo el Antiguo Régimen, influenciar a los príncipes sin cambiar el sistema.

Yo propongo pues participar a una “Asociación por una Constituyente”. Esta estrategia, cualesquiera sean las dificultades y las oposiciones previsibles es la única que puede ser fecunda en el largo plazo. Porque tiene por objeto devolverle la vida a la democracia nacional y a una construcción internacional humanista.
París, 25/09/07

– versión en castellano de Luis Casado
– El autor es ex presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Asamblea Nacional de Francia y actual Presidente de la Asociación por una Constituyente (Francia)

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