Recuerdo mis años de juventud cuando se nos informaba de tal o cual fulano de cuello y corbata que había dicho dos o tres palabras con significado ambivalente, se decía que era de dulce y de grasa.
Por lo menos eso creían quienes nos informaban, deformándonos. Era una forma de ver al otro como si no hubieran intereses de clase en su accionar y todo fueran palabras confusas. Cientos de estos innombrables del dulce y la grasa dijeron cosas hermosas y cuando llegó el caso, los menos M se hicieron los ciegos y sordos, las más M indicaron con un dedo enyesado y los muchísimo más M se dedicaron profesionalmente a perseguir, detener, torturar, matar, encubrir. Algunos de estos M tienen la aureola y el dinero que les da ser diputados o senadores, otros pululan desde posiciones de poder, estén en el gobierno o en la oposición y los de abajo seguimos en la porfía, unos luchando contra un muro, otros apernados en su desviación, otros afirmados en sus razones y otros, que pueden ser más, en la porfía de luchar, unir, avanzar.
Por razones de medios, contactos y apuros me fui quedando en otro espacio y por la gracia de este modernismo llamado internet puedo ir todos los día al país. En este sentido soy un fantasma que recorre la realidad de los muchos países que hay en una estructura llamada país. La realidad de unos no tiene nada que ver con la realidad de otros, no hablo de realidades personales, sino de realidades de gente que vive en una zona, que trabaja en algo y que puede o no estar en política, pero que invariablemente sufre las consecuencias de lo que resuelven los que están arriba, cuya característica fundamental es no escuchar las razones de los que están abajo.
Hay en el país la grasa de la corrupción, con toda una estructura para ser usada por los que tienen con qué, se da el caso que muchos abogados saben perfectamente a qué jueces se les puede comprar su veredicto, hay la grasa corrosiva del desprecio, que impide escuchar y ver, esta grasa ya es una cultura. Mire uno donde mire verá que esta cultura de mala muerte está impregnado toda relación humana. Está la grasa de la desconfianza, qué más de un millón de personas (me falta el dato exacto) en edad de votar no se inscriban, significa que ellos no confían en ese camino, que en tantos años de gobiernos concertacionistas han demostrado ser una continuidad del pinochetismo por otros medios. Está la grasa de la inercia, ese dejar que otros hagan lo que puedes hacer tu mismo, que otros tengan la iniciativa, que otros te llamen cuando el interesado eres tú. Son las grasas que crea el sistema, es el modo en que la máquina funciona. Toda esta grasa es la falsa ideología, el fino tramado del sometimiento, que invade todos los estamentos de la sociedad y de muchas formas corroe a quienes debieran ser los abanderados del cambio social, urgente y necesario.
Afortunadamente en todo pantano también crecen bellas flores. Lo que en el país, compuesto de muchos países como estancos cerrados, significa que hay la hermosa gente que lucha por sus derechos, por hacer de Chile un país vivible, con dignidad para todos. Los estudiantes son un ejemplo de gloria, sin ellos en su amor y porfía no habrá educación como vocación y como una forma de velar por el futuro del país y no lo que es hoy educación negocio y tan mala como el desprecio por la gente.
Los tiempos actuales tienen los signos inconfundibles de la crisis. Lo que afecta a los gringos y a Europa, llegará al país con todas sus nefastas consecuencias. Esto de por sí es una desgracia sumada a la desgracia de tener el gobierno que se tiene. En esta doble desgracia solamente la gloria de la lucha y la organización puede permitirnos salir de ella. En esto, poco me interesa la gente que vive bien, pienso en los varios millones de pobres, en los que sobreviven con sueldos de hambre, en los que cada día tienen menos oportunidades, ahí están las razones para los cambios y también allí esta el motor. El Chile post crisis, el Chile post Concertación solamente es posible con la participación de los que sufren las políticas de estos nefastos políticos del bolsillo propio. Cualquier otra opción puede ser pensada, pero en nada contribuirá a mejorar la suerte de los de abajo.
En un tiempo hace ya casi doscientos años un joven abogado dijo: “Aún tenemos Patria ciudadanos”, Ahora habrá que gritar “Patria queremos, queremos Patria”
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