I
Ella llegó con otra vidita adentro y el miedo de que el hombre que venía de la cárcel la matara o le contagiara la muerte que ya tenía en las uñas.
-Sale a robar, se droga, se emborracha, insulta y me pega -dibujó con precisión la biografía cotidiana-. Y muy pronto me va a violar y me va a pasar la enfermedad -vaticinó el futuro.
Una noche, hace cuatro años, el mismo hombre que es todos los hombres, salió a robar y se llevó con él al hijo de nueve años de la mujer. Ella no quería, pero le pegó hasta desmayarla.
Llegaron hasta un negocio cerrado, había una claraboya, una caja y algunos billetes. Adentro también había alguien con un arma y disparó.
Murió antes de aprender el oficio del robo, dejó sin terminar el tercer grado, inconclusa su carrera de pibe. Pero nadie pagó por la vidita. No hubo notas. No hubo sentencias. No hubo crónicas ni cronistas para esta muerte. Fue sólo una muerte de barrio. Pobre y fugaz, como un romance.
El hombre estuvo unos meses preso por el robo. La propiedad cobra sus deudas. Y ahora vuelve al único lugar que conoce, a la única mujer que es todas las mujeres, embarazada de otro que también es todos los otros como él.
Con otra vidita en su cuerpo y el miedo, ella vino otro día y dijo: -Me violó.
Ahí están ahora: Ella con sus viditas atadas con un hilo y el miedo de perderlas al cruzar la calle.
“Son tan frágiles, tan poca cosa”, dice cuando mira, “que en cualquier momento se me pueden caer y a quién le importa”.
¿A quién puede importarle una vidita menos?
22/05/08
* Fuente: Agencia Pelota de Trapo
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