Entre 2002 y 2004 el juez titular del Tribunal Oral de Los Andes, Roberto Orchard, sustrajo 29 millones de pesos desde el Segundo Juzgado de Letras de San Felipe. El pleno de la Corte de Apelaciones de Valparaíso decretó su suspensión por cuatro meses. De un modo que la prensa no explica, se hizo con las recaudaciones de las fianzas, y de las multas por la ley de alcoholes. Tenía acceso a esas cuentas.
El tribunal de alzada "abrió un cuaderno de remoción al juez [lo que podría] significar su alejamiento definitivo de los cargos públicos".
La Corte Suprema dijo que además de las sanciones, el funcionario sería pasado a la justicia del Crimen".
"El tribunal de alzada", agrega el diario donde lo leí, "remitió los antecedentes del caso al Primer Juzgado de Letras de San Felipe y el Consejo de Defensa del Estado" (La Tercera).
El juez Roberto Orchard está todavía en libertad. Y no se lo ha considerado un peligro para la sociedad, pese al monto de sus desfalcos -el equivalente de 14.500 gallinas.
Pero con este caso se ilustra una vez más que cuando alguno de los suyos es puesto en entredicho, el poder judicial reacciona con una siempre inusitada indulgencia. En otros casos, los jueces dictan sentencias que rallan en lo absurdo por su crueldad, arbitrariedad y sin sentido. En Arica, a Alex Boris Tapia Arancibia le condenaron a cinco años de prisión por robar desde una casa en la población Nueva Esperanza tres cajas vacías de cartón de plátano (la noticia está aquí).
En Traiguén, Pedro Huenchul Díaz, Erwin Cea Plaza, Marcelo Contreras Mariman, y Carlos Andrés Torres Medel, y Héctor Cerda Carrasco, fueron condenados a diez años y un día por asaltar a un campesino para robarle sus gallinas (la noticia está aquí).
Se dice que lo que se condena en esas sentencias inhumanas "es la acción ilícita cometida por el acusado, es decir haber ingresado a la casa, con escalamiento para sustraer especies que no le pertenecían" (primera fuente). A mí me parece esta forma de pensar de enorme crueldad. Pese a la violencia del hecho, es evidente que se trata de personas que delinquen para comer y no delincuentes profesionales con tramas bien pensadas y tejidas para robar a otros. Muchos son ladrones de oportunidad.
Yo creía que este punto -indulgencia con los ladrones de pan- era una de las exigencias permanentes que hacían los católicos a los nuevos presidentes.
¿Para qué tanto ensañamiento? Son unas pobres gentes muertas de hambre que no lo han pensado mejor. Si tuviesen trabajos estables y dignos, quizás no habrían delinquido. Si fueron violentos, no se trató tampoco de una violencia profesional; nunca fueron las víctimas testigos con peligro de sus vidas. Su objetivo era hacerse con las gallinas para parar la olla de la familia.
Mi madre me contó una vez por teléfono -yo la llamaba desde otro país- que había perseguido a un ladrón que había entrado a casa y que había llegado una carabinera y le había soltado un balazo. Casi me desmayé de la impresión. Enterándome más en detalle, la historia es que ella oyó ruidos en el patio y se asomó y vio a un hombre cogiendo una toalla del tendal. El hombre era en realidad un cartonero que pasaba a menudo por el barrio. Un borracho. Me dice que se enfada tanto que sale detrás de él blandiendo la escoba. El ladrón escapó saltando la muralla hacia la casa vecina. A todo esto, los gritos y el barullo montado por mi madre alarmaron a la carabinera jubilada que vive enfrente, que se acercó a ver qué ocurría. Y enterándose que el ladrón había escapado saltando por la muralla, hizo un disparo al aire para ahuyentarlo.
¿Todo eso por una toalla vieja, mamá? ¿No habría sido más simple dejar que el pobre hombre se marchara? No la había amenazado ni intentado defenderse siquiera. ¿No podía regalarle una toalla?
Realmente, si esto hubiese llegado por desgracia a algún tribunal, estaríamos hablando de robo con intimidación, o peor, robo con violencia, fuga, resistencia ante la autoridad o desacato, y los abogados estarían barajando años. Y el cartonero borracho que fue sorprendido hurtando una toalla en el patio de una casa, sería condenado a cinco años o más. Y ni lo disfrutó ni se lo comió. La mera idea de imaginar en el lugar de los hechos a una carabinera haciendo disparos al aire a las nueve de la mañana le habría significado al cartonero años y años de condena.
Para terminar la historia de mi madre: el ladrón entró a la casa vecina, donde se escondió debajo de una cama -todas las vecinas (es una casa de mujeres) habían salido a la calle a ver qué estaba pasando en casa de mi madre-, donde fue encontrado al rato después. El hombre se había quedado enganchado en el somier y no lograba zafarse. Las mujeres se echaron a gritar y a correr fuera de casa, y el hombre finalmente, desesperado, logró desprenderse de los resortes y escapó saltando por la muralla de los otros vecinos.
A todo esto, su carrito quedó abandonado, con sus cartones y otras cosas que llevaba, y nadie en el vecindario sabía qué hacer con sus pertenencias.
Un último caso que he leído en la prensa es el de un dueño de casa que pilló al ladrón cuando este escapaba con dos gallinas metidas en un saco. El ladrón despertó con los cacareos al hombre, que lo agarró cuando escalaba la muralla para huir. Es evidente que este robo pertenece al grupo de robos por necesidad -los que roban pan para comer y dar de comer a sus hijos. El ladrón sustrajo del gallinero sólo dos gallinas, no todas las que podría haberse llevado. Lo retuvo el dueño de casa hasta que llegaron carabineros. Fue trasladado a la comisaría, donde quedó a disposición del fiscal de turno acusado de robo frustrado en lugar habitado. Penal habitual: cinco años y un día (en La Estrella del Norte del 20 de diciembre de 2007). Está en prisión preventiva.
Este hombre robó probablemente el equivalente cinco mil pesos -dos gallinas. El juez Roberto Orchard robó 29 millones de pesos -catorce mil quinientas gallinas. El primero está en prisión preventiva y probablemente deberá cumplir esos cinco años de cárcel. El juez está en libertad, a la espera de que la Corte decida qué hacer con él. Al primero lo atraparon y enviaron derechamente a la fiscalía. Al segundo lo atraparon y lo fueron a dejar a casa. El primer ladrón fue probablemente humillado, insultado y golpeado. El juez todavía está en casa esperando que algún actuario lo mire con un mohín de desprecio o algún desplante de melena.
Me intriga saber cómo terminará este caso.
Quedo a la espera.
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