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Una crítica literaria sobre Las benévolas, de Jonathan Littell 

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Las benévolas, de Jonathan Littell
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            La lucidez del verdugo

Gracias a la permanente reinterpretación de la historia, a lo largo de los últimos treinta o cuarenta años hemos asistido a la confluencia de un enorme caudal de documentos, investigaciones, revelaciones y testimonios sobre los grandes acontecimientos del siglo XX, desde la Primera Guerra Mundial, pasando por la guerra civil española, el Gulag estalinista, la formación de la Alemania nazi, la Segunda Guerra, hasta las atrocidades de Argelia y Vietnam, más la retahíla de conflictos armados en todo el mundo que se suceden hasta nuestros días desde el año de Hiroshima y Nagasaki. En todos aquellos casos en que la historiografía ha echado luz sobre la historia reciente, el testimonio personal de los protagonistas ha sido una fuente primordial de orientación e inspiración para los investigadores, pero ese enorme caudal de estudios y testimonios también ha acabado por desbordar el marco de la historiografía para derramarse sobre el terreno de la literatura y el arte.

La novela de Jonathan Littell, Las benévolas, (RBA Libros, 2007) trata del horror y la muerte que reinaron en Europa durante los años de la Segunda Guerra, pero arranca del testimonio de un tipo de personaje que no abunda en las letras europeas, a saber, la figura del verdugo nazi, que cuenta en primera persona los avatares de su vida personal y familiar y, sobre todo, las amargas vicisitudes de una Alemania que en 1939 lanza, belicosa e imperial, su reto al mundo y que, seis años después, tras el fracaso al que la paranoia hitleriana estaba intrínsecamente destinada, acaba destruida y arrasada, no solo física sino también moralmente.

Las benévolas es un caso tan poco corriente como portentoso de unión de dos vertientes, la de la trama novelesca y la de la documentación histórica. A veces cuesta discernir donde acaba la primera y dónde empieza la segunda, tan sólidamente imbricadas se encuentran en la urdimbre del relato, la de la vida íntima y pasada de su protagonista, el doctor Maximilian Aue, contado en primera persona, y la trama de la vida adulta del mismo Aue como alto oficial de la Oficina Central de Seguridad (la S.D.) de la Alemania nazi, y proyectado en el escenario de la guerra. En este monólogo de más de novecientas páginas, Max Aue nos cuenta esa guerra con un ojo casi cinematográfico, como en un travelling descarnado, sirviéndose de su protagonismo de primera línea para describir las ejecuciones masivas de los judíos en los pueblos de Ucrania, los traslados de poblaciones en las fronteras de la Unión Soviética, el sitio de Stalingrado, los barracones de los presos de Auschwitz, las asambleas de los grandes jerarcas nazis que deciden la suerte de las campañas militares e intentan poner orden no sólo en el desconcierto de la guerra sino también en la planificación de las matanzas. Dado su rango, Max Aue debe luchar contra poderes ocultos en el seno del nacional socialismo para llevar a cabo racionalmente la tarea de la Solución Final. Para él, no se trata tanto de una operación de castigo como de una operación de simple limpieza étnica. El exterminio debe llevarse a cabo por una cuestión de política de Estado, pero –cree Aue- eso no significa que las víctimas tengan que verse sometidas a sufrimientos innecesarios. Al poco andar, el Obersturmbannführer Aue comienza a tomar conciencia de que nada contra la corriente, y esa constatación, que despierta todo tipo de suspicacias en su entorno, enriquece la dimensión de la mirada que proyecta sobre el escenario del horror.

Littell no para mientes a la hora de describir, con fría maestría, la planificación de aquellas operaciones que costaron seis millones de vidas y que fueron ejecutadas en unas condiciones donde el sufrimiento de las víctimas era el triste reverso de la desorganización de los verdugos. Maximilian Aue es consciente de que el futuro de Alemania se juega en la movilización de su fuerza productiva, y por eso no entiende por qué la Wehrmacht mata a los ingenieros judíos junto a los campesinos judíos, a los mecánicos judíos junto a los niños judíos, que son improductivos. Paradójicamente, el gran enemigo de Hitler, el judío no sólo cualificado, sino también sacrificado, fuerte, inteligente, de conciencia indomable, dispuesto a repetir mil veces el sacrificio de Abraham, es la garantía de la salvación de la Alemania en guerra. Pero no existe ninguna garantía de que el soldado, el sargento o el capitán vayan a reprimir el escupitajo o el golpe, o a apaciguar el impulso de violar y humillar a sus víctimas cuando éstas se encuentran al borde de la fosa común.

En el plano de la documentación histórica, la ardua minuciosidad con que quedan descritas las campañas militares en Europa del Este y la Unión Soviética, los planes de aniquilación de los judíos, los nombres, las fechas y lugares, las jerarquías y rivalidades de los mandos dentro de la compleja estructura de autoridad del Tercer Reich, ha suscitado las críticas de los historiadores, que en ocasiones han leído Las benévolas como si fuera un trabajo de investigación histórica. La polémica en que se ha enzarzado Littell ha sido zanjada por su comentario de que quizá se equivocó al plantear tan fino enhebramiento de la ficción con la realidad histórica pero –agrega- eso no tiene mayor importancia. El problema fundamental, el de la existencia del verdugo sujeto a un proyecto de aniquilación del Otro patrocinado por una política de Estado, queda soberbiamente descrito, y las críticas sobre la justicia histórica pasarán a segundo plano. Sin embargo, más allá del prurito de verosimilitud, la objeción crítica fundamental persiste, una objeción que carga contra la figura moral del protagonista. Estrictamente hablando, aquello equivale a cargar contra una novela -y negarse a leerla- porque su protagonista es un asesino –llámese Raskolnikov o Mersault.  Maximilian Aue, en efecto, es un asesino pero, al igual que Raskolnikov, nos propone un paseo por los meandros de la conciencia de ese asesino, por los laberintos de su incognoscible frialdad, para entender a un personaje cuyo relativismo podría parecer peligroso en una lectura superficial. En aquel retrato “humanizado” que hace Littell de un personaje que hoy se describiría como un abyecto verdugo, es decir, en la creación de una constelación de relaciones que ese individuo teje consigo mismo, con los otros y con la sociedad de su tiempo en una asombrosa pluralidad de matices, Littell elimina, desde luego, todo vestigio de la cómoda dicotomía de “buenos” y malos”. Más bien, Las benévolas forma parte de esa punta del iceberg de una corriente de la modernidad –y de la literatura- que hoy nos enseña los trapos sucios de la historia –desde Auschwitz hasta Abu Graib y Guantánamo- con el objetivo de demostrar que esa dicotomía es falsa cuando se trata de una situación de guerra, de vencidos y vencedores.

Pero la verdad es que aquel aparato del Estado nazi creado con el fin de exterminar a judíos, polacos, gitanos, homosexuales, enfermos mentales… consumía recursos humanos, y no habría sido posible sin la existencia de individuos como Aue. Littell nos obliga a acompañar a este abogado, que, por diversas circunstancias, se integra en ese aparato de exterminio como una de sus cabezas cada vez más visibles y se encuentra ante los entresijos de aquel pogromo que se quería universal.

La aberración que inspiró la “solución final” –Endlösung- estaba inscrita en una concepción geopolítica derivada de la idea de espacio vital –Lebensraum-, una concepción no del todo ajena a otras potencias occidentales de la época. Para llevar esa idea a la práctica, el nazismo disponía de una baraja de posibles alianzas con dichas potencias, pero se decantó por la solución más difícil, empezando por el Anschluss de 1938. A lo largo de la guerra, se vería que los propios rusos ya pensaban en su propio espacio vital, como vino a demostrar la configuración de la Unión Soviética de la posguerra, así como en 1823 la doctrina Monroe delimitó el espacio vital de Estados Unidos y estableció su patio trasero en América Latina. Estas relativizaciones vienen a cuento, porque en una entrevista, Littel dice que, con el personaje de Max Aue, trata de demostrar que también, en un periodo de la historia, aliarse con los nazis fue para muchos una opción ética. “No es que eligieran ponerse de parte de los malos. Igual que los comunistas, optabas por una cosa u otra. Ser un demócrata, también. Incluso ahora, ser un demócrata supone formar parte de un lado que a veces ampara cosas horribles, que tiene sus errores. Los que eligieron a los nazis, lo hicieron siendo conscientes de que tomaban un camino para ellos ético, cuyos errores o imperfecciones debían ser mejorados.”  La imperfección de Max Aue está en su doble discurso y en sus dudas, que en aquel momento concreto de su país, la historia no contemplaba como dudas válidas.

Un buen ejemplo de ese relativismo del que Littel dice renegar, es el diálogo entre Max Aue e Ilya Semionovich, el comisario político ruso capturado por los alemanes en el frente de Stalingrado. Finalmente, nuestros sistemas no son tan diferentes, le dice Semionovich a Aue, a la sociedad sin clases de los bolcheviques corresponde el Volksgemeinschaft alemán, es decir, un concepto que sustituye la clase por la “raza”. Los kulaks de los rusos eran los judíos de los alemanes. Los dos creen en una lucha de aniquilación del adversario, conocen las mismas técnicas militares, profesan la misma fe en el partido y en el Estado como único gestor, están inspirados por el mismo odio de la burguesía capitalista, los dos sueñan con un hombre nuevo… La lista de afinidades es larga. Cuando los dos comisarios hablan, se tratan casi con la deferencia de dos sacerdotes del antiguo Egipto, se reconocen como iguales, sólo que es una lástima que cada cual haya optado por el bando contrario.

Pero siempre hay una fractura. En el caso de Max Aue, la fractura nace de su tormentoso pasado. Un Max huérfano, abandonado por el padre, y luego, un Max marcado por un pasado incestuoso con su hermana gemela, una hermana que habrá de perdurar para siempre como el objeto inalcanzable de su deseo, que bien podría ser el objeto de un deseo inalcanzable.  Max Aue es un hombre frío, sin clemencia e inflexible con el enemigo, como debía serlo un oficial de la S.D. También es un hombre solitario y desposeído para siempre de la facultad de amar y de entregarse a otro ser humano a través del afecto. Todas las tentativas y manifestaciones de su deseo no son más que burdas e inacabadas representaciones que Aue teje en la soledad de sus desvaríos, alimentados por los recuerdos de la hermana, obsesionado por la pertenencia de ambos a la doble condición de gemelos y amantes. Al no poder poseer a la hermana, Aue se inclina por la homosexualidad, que en el contexto de su época y su país no puede ser sino una falta castigada con la pena capital o, en el mejor de los casos, no puede ir más allá de un peligroso intercambio, un pasajero y anónimo intercambio de placeres, en los que él adopta un rol pasivo porque aquello es lo más cercano que puede imaginar al placer que experimentaría su hermana en su relación con él. La moral de la pureza genética de los nazis está reñida con la ética del individuo incestuoso, por convencido que éste esté de los postulados de la moral del partido. 

Llevado a una dimensión esquizofrénica, ese conflicto se acentúa hasta el punto de no retorno, el punto de inflexión que marca en el relato el comienzo de la caída de Aue, así como marca también el comienzo de la derrota de la Alemania nazi. Hacia el final, el verdugo, atrapado por su propia historia, se desprende de los hábitos con que disfraza su angustia, corre desnudo por el bosque y duerme en las madrigueras de las alimañas, pierde la cordura en un otoño frío que presagia la debacle del invierno del ’44. Un individuo tan estrechamente vinculado a la suerte de aquel Estado que le ha otorgado carta blanca en la misión de organizar racionalmente la sumisión, distribución, reclusión y ejecución de todo un pueblo no puede sino caer arrastrado por la fatal derrota de ese Estado. El instinto sanguinario y cavernario del hombre que en la guerra se exhibe con todos sus atavíos, acaba plasmado en actos, decisiones y gestos tan irreductibles como irreconducibles, nos dice Littell. En aquella ciega carrera contra el tiempo donde está en juego la victoria de Alemania y la supervivencia de Aue, hay un punto de no retorno.

Littell no se amilana ante la tarea de construir una especie de Bildungsroman del horror de los tiempos modernos. Su profunda y acabadísima reflexión sobre el individuo vapuleado por acontecimientos cuya trascendencia no controla y que lo conducen a su pérdida sólo encuentra un marco explicativo en la relación de subordinación entre el individuo y un Estado que exige total lealtad. Cuando la maquinaria nazi se derrumbe con un estrépito de cristales, ya no serán los cristales rotos del año ’38 sino los de las copas de champán con que los oficiales de la SS brindan en los días previos a la caída final.

Y cuando Littell nos empuja a la lectura frenética de esa caída final, en medio del ritmo apresurado, kafkiano y subterráneo del relato, se oye el fragor del derrumbamiento de todo un pueblo al que le costará mucho tiempo volver a pensar en salvarse. El hecho de que Max Aue se salve y escriba desde nuestro irredimible presente podría interpretarse como una apología de la impunidad, pero eso nos privaría de la lucidez de este triste verdugo.

* Publicado también en El Masnou, marzo de 2008

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