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Las nuevas rebeliones latinoamericanas (Parte III – Final) 

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El siguiente artículo forma parte del libro: Katz Claudio. Las disyuntivas de la izquierda en América Latina.
Editorial Luxemburg, Buenos Aires (aparición a principios del 2008).

Comparación con grandes revoluciones

Durante el siglo XX se registraron cuatro grandes revoluciones sociales en América Latina: México en 1910, Bolivia en 1952, Cuba en 1959 y Nicaragua en 1979. El contraste con estas gestas permite dimensionar el alcance de las rebeliones recientes.

La revolución mexicana fue una reacción masiva de campesinos agobiados por la modernización capitalista que implementó un régimen semi-dictatorial. Al cabo de un encarnizado ciclo de sangrientas confrontaciones e importantes concesiones a los sublevados se abrió un período de precaria estabilidad, que desembocó en renovadas movilizaciones en los años 30. Durante este período un gobierno nacionalista (Cárdenas) reinició la reforma agraria y las nacionalizaciones inconclusas.

La revolución boliviana fue un alzamiento popular liderado por batallones sindicales de los mineros, que sepultaron la dominación tradicional de la oligarquía. El gobierno surgido de esta irrupción (Paz Estensoro) nacionalizó el estaño, instauró la reforma agraria e introdujo el sufragio universal. Pero esta misma administración reconstruyó al poco tiempo el maltrecho estado al servicio de las clases dominantes, mediante un giro derechista negociado con el FMI.

A diferencia de estos dos antecedentes la revolución cubana no se detuvo en la implantación de reformas. Respondió a las agresiones norteamericanas con un acelerado proceso de nacionalizaciones y transformaciones anticapitalistas. Esta revolución trastocó el escenario regional, al asumir un carácter socialista y demostrar la factibilidad de este curso en América Latina.

La revolución nicaragüense pareció repetir este nuevo patrón. Pero bajo el acoso permanente de bandas financiadas por el Pentágono, los sandinistas detuvieron las transformaciones sociales, pactaron con sus viejos adversarios y antes de perder el gobierno por vía electoral ya se perfilaban como una nueva elite dominante.

En México, Bolivia, Cuba y Nicaragua se consumó el desmoronamiento de los viejos sistemas políticos y se implementaron cambios económico-sociales, que respectivamente se estancaron, revirtieron, consolidaron y neutralizaron. Pero en los cuatro países se verificaron las formas de poder paralelo y los organismos desafiantes del estado, que distinguen a las revoluciones sociales de las rebeliones.

En otros levantamientos estos rasgos aparecieron en forma solo esporádica o conformaron inmaduros embriones. Algunas revoluciones no triunfaron (El Salvador en los años 80) o fueron incipientemente aplastadas (Guatemala en 1954, Chile en 1970). De todas estas experiencias surgieron las tradiciones que nutren la lucha popular. Pero en forma estricta, el término revolución social es solo aplicable en el siglo XX a cuatro grandes eventos de la historia latinoamericana.

A diferencia de muchas rebeliones, los levantamientos de México, Bolivia, Cuba y Nicaragua tuvieron un nítido desemboque militar. Esta confrontación ilustró la peculiar intensidad de estas convulsiones. En los cuatro casos se registró una pugna directa de las milicias populares armadas con el ejército convencional.

En México los campesinos despojados de sus tierras aplastaron a las tropas federales y sostuvieron una década de resistencias bélicas, apoyada en la organización comunal del sur y el alistamiento masivo en el norte. En Bolivia, los efectivos del gobierno fueron doblegados por los escuadrones de mineros, al cabo de una encarnizada batalla de tres días que costó 1500 muertos. También aquí el ejército fue demolido por la acción armada de los obreros. En Cuba la guerrilla libró una exitosa guerra de desgaste contra la guardia nacional, que culminó con la ofensiva final del movimiento 26 de Julio. Veinte años después, una secuencia de similar de operaciones en el campo junto a insurrecciones urbanas condujeron a la victoria de Nicaragua.

En los cuatro casos se perpetró un enfrentamiento militar que definió el triunfo de los revolucionarios y el desmoronamiento del ejército oficial. Este desenlace condujo al desplome de todos los organismos del estado burgués, que fueron reformados y reconstruidos (México y Bolivia), destruidos y reemplazados (Cuba) o demolidos y rehabilitados (Nicaragua). Estos resultados finales tan disímiles, no diluyen la enorme familiaridad revolucionaria inicial de los cuatros procesos.

Las rebeliones latinoamericanas recientes no alcanzaron en ningún caso esta intensidad. De los cuatro levantamientos de la última década, Bolivia se ubicó en el terreno más próximo a una revolución. No solo por la contundencia de las sucesivas "guerras" que libraron los sublevados (agua, coca, gas), sino por el principio constitución de organismos de poder popular (en las Juntas de El Alto). Pero la distancia que guarda esta convulsión con el antecedente de 1952 es muy significativa. En esa ocasión un ejército regular fue derrotado y desarmado por batallones mineros.

En el caso ecuatoriano las masas populares jaquearon a varios gobiernos, sin llegar a forjar organismos de poder rivales del estado, ni milicias desafiantes de las fuerzas armadas. La situación potencialmente revolucionaria que se vivió en varios momentos, no se tradujo en una revolución comparable a las cuatro grandes gestas del siglo XX.

La brecha que separa al "argentinazo" de esos antecedentes es mucho mayor. Desde diciembre del 2001 hasta mediados del 2002 se plasmó un levantamiento masivo, sostenido en la ocupación continuada de las calles. Pero las instancias potenciales de un poder popular apenas se insinuaron y la parálisis transitoria del estado no implicó el desplome de ninguna de sus instituciones. Tampoco se produjo posteriormente alguna renovación significativa del espectro político. La protesta asumió más que en cualquier otro caso, una modalidad clásica de rebelión diferenciada de la revolución.

Variedad de usos
En Venezuela la palabra revolución es cotidianamente utilizada con gran orgullo por todos participantes del proceso nacionalista. Recurren a este término para caracterizar un giro histórico de la vida nacional. La "revolución bolivariana" es identificada con las batallas contra la derecha, el desmoronamiento del sistema de bipartidista y los importantes logros sociales .

Pero en este caso, la palabra revolución presenta una acepción diferente a la aplicada para contrastar su presencia con las rebeliones. No alude a un acontecimiento, sino a la totalidad de un proceso de rupturas sucesivas con el orden vigente ("caracazo", recuperación de PDEVESA, derrota del golpe, triunfos electorales). La convocatoria a concretar "nuevas revoluciones dentro de la revolución" se basa en esta identificación del concepto, con transformaciones de alto contenido radical. En este caso la mención de la revolución presenta un significado simbólico, que expresa la sensación de un gran cambio en curso. Este significado del término difiere de su utilización como categoría analítica comparativa de la intensidad de las sublevaciones populares.

Es importante valorar esa dimensión subjetiva, ya que toda revolución se nutre de percepciones, esperanzas e ideales. Pero también es vital evaluar el alcance del giro actual para tomar conciencia de la distancia que falta recorrer. En Venezuela quedó largamente superado el estadio inicial de una rebelión y es válido reconocer la presencia de un proceso revolucionario. Pero las fronteras que atravesaron las cuatro grandes revoluciones sociales de América Latina, no han sido aún traspasadas.

Este mismo diagnóstico se aplica a Bolivia. Algunos recurren a un uso extendido del término revolución para analizar lo ocurrido en el Altiplano. Convocan explícitamente a no regatear la aplicación de ese concepto, estimando que el uso de sustitutos menores -como rebelión- desvaloriza el alcance de los levantamientos. Retoman la noción de "revolución popular" que utilizó Lenin en 1905, para contrastar una irrupción desde abajo (Rusia) con cambios desde la cúspide del estado (Turquía a principios del siglo XX) .

Pero la distinción entre revolución y rebelión no tiene connotaciones ofensivas. Solo apunta a esclarecer grados de intensidad de la lucha popular para definir estrategias socialistas adecuadas. Recordar que las sublevaciones en Bolivia del 2000-2005 no provocaron un colapso del estado capitalista comparable al observado en 1952, no implica quitarle mérito alguno a estos levantamientos. Este señalamiento del trecho a recorrer es tan importante para un proyecto anticapitalista, como la contraposición leninista entre irrupción desde abajo y cambios desde arriba.

La revolución presenta ambas caras: es un instrumento de liberación deseado por los oprimidos y es también una categoría de análisis de la lucha social. La esperanza emancipadora no debe anular el potencial explicativo del concepto. No basta con evaluar las percepciones de los protagonistas. Se requiere, además, dimensionar comparativamente el alcance de cada episodio.

Algunos autores recurren al concepto de revolución política para ubicar los levantamientos recientes de América Latina. Los sitúan en un punto intermedio entre las rebeliones y las revoluciones sociales. Ese concepto fue muy utilizado en los años 80, para distinguir los desmoronamientos de las dictaduras bajo presión popular de las transiciones manejadas desde arriba. Lo ocurrido en Argentina o Bolivia fue adecuadamente contrastado con el fin del franquismo en España. La vieja distinción que estableció Trotsky entre revoluciones sociales (transformación de las relaciones de propiedad) y revoluciones políticas (modificación de un sistema institucional) fue aplicada para caracterizar los procesos post-dictatoriales más convulsivos .

En su aplicación contemporánea, esta diferenciación entre revoluciones políticas y sociales también incluye una distinción equivalente entre regímenes (fascismo, dictaduras, constitucionalismo, bonapartismo) y estados. Mientras que el primer tipo de sublevación popular solo desafía alguna variante institucional de la dominación capitalista, el segundo tipo de irrupciones confronta con los pilares administrativos y represivos de ese sistema. Esta diferencia obedece a que las reivindicaciones en juego en las revoluciones sociales son mucho más convulsivas que las demandas propias de cualquier revolución política .

En la oleada reciente de sublevaciones latinoamericanas se confrontó no solo con presidentes neoliberales, sino también con regímenes autoritarios y elitistas (bipartidismo venezolano, partidocracia ecuatoriana, contubernio boliviano entre tres oficialismos). Pero estas rebeliones no arremetieron estrictamente contra las monarquías, autocracias o tiranías militares, que inspiraron el uso del concepto revolución política.

El mayor problema radica igualmente en otro plano: el potencial abuso del término revolución. Esta noción pierde contenido cuándo es utilizada para catalogar cualquier variedad de irrupciones populares. La tipificación de la revolución cómo una eclosión solo política, no disipa esta disolución del significado. Al confundir una sucesión de rebeliones con una oleada de revoluciones se tiende a exagerar el alcance de la acción popular y se abren las compuertas para sobredimensionar los procesos en curso. La consecuencia de error es imaginar la existencia de "situaciones revolucionarias continentales" de indefinida duración.

Esta mirada anula el sentido específico y de corto plazo que tienen las categorías concebidas por Lenin, para evaluar las condiciones que preparan o anteceden a una revolución (crisis, jornadas y situaciones). Esas nociones aluden a períodos muy breves de colapso del estado y no a prolongadas etapas de crisis de un régimen o gobierno. En Sudamérica no existe actualmente una "situación revolucionaria" regional (de muchos países), ni duradera (de varios años). Comprender estas diferencias es vital para desenvolver una estrategia socialista acertada.

Actualización de viejas demandas
La oleada actual de luchas latinoamericanas se desenvuelve en una etapa internacional, que difiere significativamente del contexto predominante en las cuatro grandes gestas del siglo XX. La revolución mexicana constituyó un anticipo del triunfo bolchevique y de la marea roja que cubrió a Europa Occidental. La revolución boliviana empalmó con la secuencia de levantamientos que signaron la descolonización del Tercer Mundo. Las revoluciones cubana y nicaragüense inauguraron y coronaron, respectivamente, un ciclo de sublevaciones internacionales de gran impronta juvenil y fuerte centralidad de los proyectos socialistas.

Las rebeliones actuales se enmarcan, en cambio, en un período de ofensiva del capital, tendiente a desmantelar las conquistas sociales de pos-guerra. Constituyen la primera respuesta popular regionalizada con proyectos alternativos, a esa agresión neoliberal. Pero estas diferencias no anulan los grandes puntos de contacto que vinculan las sublevaciones recientes con sus antecesoras.

Los nuevos alzamientos pusieron de relieve viejos problemas, que las precedentes revoluciones frustradas o inconclusas no lograron resolver. Por eso la miseria de las masas, la desnacionalización de los recursos estratégicos y la ausencia de democracia real volvieron a irrumpir como los grandes temas de América Latina.

La regresión social que reinstauró el neoliberalismo fue la chispa que en el pasado encendió las grandes revoluciones. La causa inmediata de la sublevación campesina en México fue la expropiación de las comunidades indígenas y la intensificación de la concentración de la tierra bajo el Porfiriato. La misma secuencia de confiscaciones precipitó el odio popular contra la oligarquía y el puñado de rentistas mineros que despilfarraba las riquezas de Bolivia. También en Cuba la revolución se expandió en respuesta al pico de miseria y desigualdad social, que había impuesto por Batista. En Nicaragua, la victoria sandinista comenzó a gestarse, cuando el clan Somoza perpetró una descarada apropiación de los fondos recolectados para socorrer a las víctimas del terremoto de 1972.

Pero no solo esta lucha social contra la explotación conecta las revoluciones del siglo pasado con las rebeliones de la nueva centuria. También la democratización perdura como un eje recurrente de los levantamientos populares. Esta demanda siempre alcanzó intensidad, cuándo los regímenes despóticos comenzaron a disgregarse. La revolución mexicana estalló en oposición a la perpetuación de la camarilla de Porfirio. La revolución en Bolivia se desató en medio de la ingobernabilidad generada por el fracaso de la guerra del Chaco. El 26 de Julio puso fin en Cuba a varias décadas de inestables dictaduras y el Sandinismo desplazó en Nicaragua a una dinastía mafiosa en descomposición.

La oleada de rebeliones recientes volvió a enfrentar a gobiernos autoritarios, socialmente aislados y carentes de cohesión, bajo la bandera común de la democratización. Frente a regímenes constitucionales elitistas -que ya no actúan como simples dictaduras- se reclamó democracia genuina y no elecciones libres. La exigencia de soberanía popular adoptó otra forma, pero el contenido de esta aspiración no ha variado.

Un tercer campo de continuidades presenta el perfil antiimperialista. Durante la revolución mexicana esta impronta incluyó el rechazo a la invasión de los marines, en un país que sufrió la sustracción yanqui de la mitad de su territorio. La nacionalización del estaño que manejaba la "Rosca" de oligarcas locales asociados con las grandes multinacionales fue la primera medida de la revolución boliviana. En Cuba se puso inmediato fin al manejo norteamericano del azúcar, la electricidad, el petróleo, el níquel y los teléfonos. La revolución nicaragüense erradicó a un tirano a sueldo del Departamento de Estado, que fue célebremente definido por los diplomáticos estadounidenses como "nuestro hijo de puta".

Las nuevas rebeliones han actualizado la tradición antiimperialista radical que personificaron Zapata, Martí y Sandino, en México, Cuba y Nicaragua. Estos tres líderes combinaron la resistencia al poder norteamericano con batallas sociales por reformas agrarias y mejoras obreras. Esta misma mixtura de reivindicaciones sociales y nacionales se plasma en el siglo XXI en la exigencia de nacionalizar los recursos básicos para satisfacer las demandas populares.

Pero en la actualidad existe mayor conciencia que el pasado de la imposibilidad de resolver las asignaturas sociales, democráticas y nacionales pendientes, en los estrechos marcos de cada país. Por esta razón ha cobrado tanta actualidad la búsqueda de la unidad regional, a través de un genuino proceso de emancipación.

El proyecto de aglutinar las distintas naciones en un estado regional centralizado -que las oligarquías locales frustraron a principio del siglo XIX- tuvo solo episódicos momentos de resurgimiento durante la centuria pasada. Esta meta fue desigualmente retomada por las cuatro grandes revoluciones, pero ha cobrado gran actualidad. La discusión en torno a opciones de integración se encuentra atravesada por la disyuntiva de avanzar por un rumbo anticapitalista o retroceder hacia nuevas formas de dominación de los poderosos.

La revolución pendiente
Los levantamientos latinoamericanos lograron mayoritariamente desplazar a los presidentes neoliberales y mejoraron las condiciones para obtener conquistas. Pero estos éxitos no implican satisfacción de las reivindicaciones sociales. Estas metas pueden alcanzarse, a veces en forma parcial y transitoria, a través de las concesiones que otorgan las clases dominantes por temor al aluvión revolucionario.

Pero el logro efectivo de las aspiraciones populares exige convertir las rebeliones en revoluciones sociales. Mientras que una sublevación popular victoriosa permite derrotar a un gobierno derechista, el triunfo pleno de la revolución social exige desplazar a las clases dominantes del poder e inaugurar una transformación histórica de la sociedad. Este cambio no ha comenzado en ningún país sudamericano.

Existe igualmente una significativa diferencia entre los gobiernos de centroizquierda (Argentina, Brasil, Uruguay) que han recompuesto la dominación capitalista y las administraciones nacionalistas radicales (Venezuela, Bolivia y probablemente Ecuador). En estos países se procesan cambios significativos y se abrió una confrontación entre proyectos, que pueden desembocar en la ruptura revolucionaria o en la consolidación de las nuevas elites dominantes. Para indagar estas dos alternativas es útil también revisar varias experiencias de las últimas décadas. Desarrollamos esta evaluación en el próximo artículo.

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Claudio Katz es Economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda.

Las nuevas rebeliones latinoamericanas (Parte I) (del 25/10/2007) 
Las nuevas rebeliones latinoamericanas (Parte II) (del 26/10/2007)

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