Lamentable por lo que significa silenciar una voz profética que habla desde los pobres del continente latinoamericano; lamentable también por marcar con el sambenito de la sospecha herética a un hombre que ha demostrado su fidelidad al evangelio hasta con peligro de su vida (Jon Sobrino salvó de ser asesinado cuando mataron a sus compañeros de comunidad hace pocos años); lamentable, finalmente, por la oportunidad: el papa Benedicto XVI está ya preparando los discursos y los gestos simbólicos para su primer viaje a Amerindia: visitará el santuario mariano de Aparecida, en Brasil, en mayo próximo con ocasión de la V Conferencia de obispos del continente.
Los monseñores de Roma le aplicaron la lupa a un par de libros de Jon Sobrino y les tembló el solideo. No les pareció bien fundada la reflexión teológica hecha por el autor (sus presupuestos metodológicos) y tuvieron reparos serios en temas como la divinidad de Jesucristo, su encarnación, la relación entre el Reino de Dios y el propio Jesucristo, su autoconciencia y el valor redentor de su muerte. Les pareció que el teólogo jesuita destacaba tanto la humanidad de Jesús que su divinidad quedaba en cuestionamiento. Esa visión horizontalista de Jesucristo podría dañar la fe del pueblo y hacerle creer que Jesús era solamente un “maestro de sabiduría” al estilo de los gurúes del oriente: un hombre sabio y santo, enseñador de verdades trascendentes. Les pareció que Jon Sobrino dejaba en la penumbra que Jesús era Hijo de Dios.
Este tema es un problema antiguo en la iglesia. Casi en los mismos comienzos, allá desde los años 300 d.JC, ya había cristianos haciéndose mutuas acusaciones y condenaciones e incluso tirándose piedras y dándose bofetadas por este asunto.
Pero la batalla final se dio en el Concilio de Calcedonia (451 d.C) En esa época, Eutiques defendía que había dos personas en Cristo, pero su doctrina fue condenada por el obispo Flaviano en el concilio de Constantinopla el año 448. Entonces Eutiques acudió al Papa para que dijera una palabra. El papa León envió una carta explicando el asunto y aprobó la condenación hecha por Flaviano. Al año siguiente, el emperador Teodosio, partidario de Eutiques llamó a concilio en Efeso; entonces los obispos partidarios de la teoría de las dos personas en Cristo, después de amenazar, golpear y enviar al destierro al obispo Flaviano, lo excomulgaron junto con el papa León. La historia conoce ese hecho como “el latrocinio de Efeso”.
Pero no por eso la declaración solemne dejó de ser una brasa ardiente para pensadores, filósofos, teólogos, pastores y pueblo. ¿Cómo se pueden unir esas dos naturalezas en una sola persona?
Hoy día a nadie en el “pueblo pueblo” de nuestro continente, la iglesia de la base, la “que cree en Jesucristo y reza en español” (Rubén Darío) tiene la tentación de ser monofisita, docetista o nestoriano. La declaración de Calcedonia ha sido aceptada pacíficamente por el pueblo cristiano, porque para él todos esos conceptos están en chino. No entiende ni necesita entender, porque su experiencia de fe no se nutre de conceptos abstractos sino de historia, piel y acontecimientos; es decir, el creyente se basa en el hecho histórico de Jesucristo, lo reconoce como Hijo de Dios y necesita tenerlo cercano en la vida. Lo demás queda para los malabaristas de la religión.
Pero en el mundo de los teólogos el asunto es diferente. Las definiciones de los concilios no son puntos de llegada sino más bien puntos de partida para un ulterior desarrollo desde una base firme. Así lo ha entendido Jon Sobrino: ha remarcado la condición humana de Jesús porque hay demasiados interesados en mantenerlo alejado de este mundo.
Jon Sobrino ha respondido. En su defensa señala que el primer libro data de hace quince años sin que nadie le objetara algo, tuvo la autorización del cardenal Arns y ha sido traducido a varios idiomas. El segundo libro es de hace siete años, fue examinado por una docena de expertos en teología dogmática y aprobado por todos y también está traducido a varias lenguas.
La ola de rechazo que ha producido la notificación de Roma, prohibiendo a Sobrino enseñar en las universidades católicas y escribir sobre temas de cristología, ha sido enorme. Se han resentido las comunidades de base, los teólogos-pastores, los religiosos y laicos que están insertos en la base popular. En fin, todos aquellos que reconocen en Jon un estímulo para profundizar su fe en Cristo como liberador de las cadenas: las del cuerpo y las del corazón. La gente que sigue soñando con el Reino de Dios que es una iglesia samaritana que se esfuerza por bajar de la cruz a los pueblos martirizados y anuncia y lucha en esperanza por una sociedad igualitaria.
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