Ser ciudadano es entrar en un nudo de relaciones. Desencadenar un proceso socioeconómico con efectos en la calidad de vida de la población. Es sencillo: cuando se pide una factura se evita la economía subterránea y aumenta la recaudación fiscal que, al final de cuentas, permite al gobierno invertir en equipamiento y servicios esenciales para una vida mejor: carreteras, hospitales, escuelas, seguros… Cuando se le niega la propina a un agente se contribuye a moralizar el aparato policial. Cuando se protesta contra la violencia y la pornografía televisivas, exigiendo que la sociedad controle el contenido de la televisión y deje de consumir productos de los patrocinadores antiéticos (no se confunda con la censura, practicada por los dueños de las emisoras), se ensancha el proceso democrático.
Ciudadanía supone pues conciencia de responsabilidad cívica. Es como la parábola del niño que, en la playa, devolvía al mar uno tras otro los pececitos que la marea había arrojado a la arena. Alguien le dijo: "¿Qué adelantas con eso? No vas a poder salvarlos a todos". A lo que el niño respondió: "Ya lo sé. Pero éste -y le mostró un pececito que bailaba en su mano- estará a salvo". Y lo devolvió al agua.
Nada más anticiudadano que esa lógica de que no vale la pena llover sobre mojado. Sí vale. Experimente el recurrir a la defensa del consumidor, escribir a los periódicos y a las autoridades, dar ejemplo de conciencia de ciudadanía. Los políticos corruptos quieren que les demos un cheque en blanco para continuar tratando la cosa pública como negocio privado. Y eso hacemos siempre que arrugamos el hocico ante la política con cara enojada.
Ciudadanía rima también con solidaridad. Cada uno en lo suyo y Dios con nadie, es lo que propone la filosofía neoliberal. Sin conciencia de que todos somos resultados de la lotería biológica. Ninguno de nosotros escogió la familia y la clase social en que nació. Es injusto que de cada 10 brasileños 6 hayan nacido entre la miseria y la pobreza (y nacen al año casi tres millones de gentes en este país). Haber sido sorteado ¿no implica una deuda social?
La solidaridad se practica participando en los movimientos sociales –iglesias, movimientos populares, sindicatos, partidos, ONGs, administraciones políticas volcadas a los intereses de la mayoría… Una golondrina no hace verano. Como dice la canción:
el sueño de uno
es sueño,
el de muchos
auténtica realidad.
Es necesario intensificar la educación para la ciudadanía. Es equivocada la idea de que los voluntarios son personas que no necesitan un trabajo remunerado porque disponen de rentas. La mayoría de los que conozco son personas pobres o que van tirando y que, además de su trabajo profesional, dedican tiempo a obras asistenciales o a movimientos sociales. Repartida por el país, hay una inmensa red de casas cuna, asilos, escuelas informales para niños deficientes, hospitales, talleres de arte y de artesanía, cooperativas, etc. que cuentan con la participación de hombres y mujeres que se sienten allí felices haciendo felices a otros.
La dificultad para encontrar voluntarios es mayor en la clase alta, que objetivamente dispone de tiempo y de recursos para ayudar a los más pobres. Es como si la educación para el egoísmo, en función de preservar el patrimonio, prevaleciese sobre la educación para el altruismo. Cuando mucho, un té para recaudar fondos a pedido de la primera dama. Pero nada de contacto con los pobres, "esa gente sucia que sólo sabe pedir"…, como oí de boca de un ejecutivo.
Hay excepciones, claro, generalmente personas que pasaron por algún trauma -enfermedad, separación, muerte de un hijo…- y que descubrieron que la solidaridad es el mejor remedio para las angustias individuales.
Como enseñaba Carlos de Foucauld, los pasatiempos son un lujo para el que no se preocupa con el problema de los demás. El amor al prójimo es la mejor terapia, basada en una motivación ética o espiritual.
Recuerdo mi alegría infantil al repartir en un hospital pediátrico juguetes y ropas que sobraban en mi armario. Hoy muchas escuelas tienen acuerdos con asociaciones de pobladores y movimientos populares, educando a sus alumnos en servicios a la población más pobre, tales como alfabetización, teatro, aprendizaje de habilidades profesionales. Una de ellas promueve, cada fin de año, una excursión de los alumnos al Valle del Jequitinhonha (MG), donde pasan un mes prestando ayuda en salud y en educación. En esos casos quien va a enseñar regresa lleno de nuevas lecciones aprendidas. En esa misma línea actúan también los programas "Escuelas Hermanas", vinculado al programa Hambre Cero, y el "Joven Voluntario. Escuela Solidaria".
Muchos se quejan de que el mundo va mal, que el gobierno es incompetente, que los políticos son oportunistas; pero ¿qué hago yo para mejorar las cosas? Nada más ridículo que la persona que se queda sentada, erigiéndose en juez de todo y de todos. Es, al menos, un mediocre.
Había en São Paulo un travesti, Brenda Lee, a quien bauticé como Cleopatra en mi novela "Alucinado son de tuba", que antes de morir asesinado se ocupó de cuidar a sus compañeros contagiados de vih/sida.
No esperó a que el poder público lo hiciera. Transformó la pensión donde vivía en hospital de campaña. Fue el primero en obtener, en la Justicia, pública aprobación para su iniciativa.
El dilema es educar para la ciudadanía o dejarse "educar" por el consumismo, que rima con egoísmo.
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