¿Por qué se va a suicidar la casta política con la daga del sistema electoral proporcional?
por Rafael Luis Gumucio Rivas (Chile)
20 años atrás 11 min lectura
Duverger complementa su análisis con los partidos únicos, como el comunista, (en la Unión Soviética) y los nazis (en la Alemania de Hitler); por último escríbe sobre el partido “pivote” o mayoritario, en una democracia pluralista. Es el caso de la Democracia Cristiana chilena que, en 1965, obtuvo el 42.5% de los sufragios y 85 diputados entre 150 escaños.
Chile, una historia de la defraudación de la voluntad popular
En todo el siglo XIX, prácticamente no existió representación de la oposición en el parlamento. El Presidente nombraba a diputados y senadores a su amaño. En 1831, José Joaquín Prieto obtuvo 201 electores, contra cero de la oposición; en 1841, apenas se expresaron nueve opositores a Manuel Bulnes; en 1861, José Joaquín Pérez obtuvo 191 electores, contra 58 de los opositores; en 1871, Federico Errázuriz obtuvo 221 contra 58 electores de Urmeneta; en 1881, Santa María obtuvo 293, contra 12, del victorioso Baquedano; en 1886, Balmaceda obtuvo 334, contra 6 de José Francisco Vergara. En el senado hubo senadores de oposición hasta 1870, en que fue elegido un puñado de conservadores, entre ellos, Joaquín Walker Martínez y Abdón Cifuentes; en la cámara hubo, al menos, una minoría de diputados, que llegó a 65 en la legislatura 1876-1880. Los Presidentes mandaban a los gobernadores a robarse las urnas e inventar resultados; no era necesario cohechar, pues bastaba con hacer votar a los muertos y, a golpes, forzar a los díscolos. La democracia era una burla, por demás Portales y Santa María se limpiaban con la Constitución, una niña que debiera ser siempre violada, según el primero.
El sistema binominal no es ninguna invención de Pinochet
Cuenta mi abuelo, Manuel Rivas Vicuña, en su Historia política y parlamentaria de Chile que, en 1912, el más antidemocrático de los diputados, el nacionalista Alberto Edwards Vives, historiador, autor de la Fronda aristocrática, propuso un proyecto de ley electoral en que dividía a Chile en pequeños distritos y en cada uno de ellos se elegían dos diputados, es decir, se provocaba un empate entre alianza liberal y coalición conservadora, total, daba lo mismo: todos los diputados pertenecían a la oligarquía, la lucha doctrinaria había desaparecido y sólo quedaban los intereses de la aristocracia; el binominal actual cumple la misma función: hay senadores y diputados prácticamente vitalicios, que son gamonales, caudillos sin carisma y dueños de su distrito. Me pregunto: ¿Qué diferencia hay entre los silencios de Eduardo Frei Jr. y don Fernando Lazcano, dueño de Curicó; ambos son vitalicios en sus respectivos distritos; lo mismo ocurre con los diputados: ningún aparecido puede desbancar a quien, por 17 años, se ha dedicado a regalonear a su borrego electorado y serían tontos dejar de mamar por un ideal sistema proporcional; estas guaguas tendrán teta hasta que la muerte los separe.
o puedo entender en los demócrata cristianos y algunos apitutados socialistas.
El sistema proporcional con cifras repartidoras, según el método matemático de D´Hont
Este método fue aplicado, en la historia republicana de Chile, desde 1925 a 1973. Las cifras repartidoras favorecían siempre a los partidos mayoritarios: primero a la derecha, después a los radicales y, finalmente, a los demócrata cristianos. Para ser elegido, el respectivo partido o pacto electoral debiera colocarlo en los primeros lugares de la lista; además, la Constitución proponía un diputado por cada 30.000 habitantes, por consiguiente, había que aprobar el censo para cambiar la proporción, absolutamente desequilibrada entre distritos rurales y urbanos, cambio que no convenía a la derecha. Sólo al fin de la república se llegó a 150 diputados y 50 senadores.
Las reformas electorales entre gallos y medianoche
Salvo la “libertad electoral”, lograda después de una guerra civil, en 1891, que permitió la creación de un sistema político de cinco o seis partidos, (liberales, liberales democráticos, conservadores, radicales y demócratas), la mayoría de las reformas electorales se han logrado gracias a la ausencia de parlamentarios que las obstaculizaban; cuenta don Manuel Rivas Vicuña que los diputados jóvenes pudieron imponer un reforma electoral, aprovechándose de las ausencias de los ancianos diputados. En 1958, el Bloque de saneamiento democrático, compuesto por radicales, socialistas y falangistas, pudo hacer aprobar la cédula única, sorprendiendo a liberales y conservadores. Sólo las últimas reformas, que permitieron el voto de los analfabetos y de mayores de 18 años, lograron unanimidad permitiendo el crecimiento del universo electoral, factor que hizo posible el triunfo de Salvador Allende. Respecto al voto de las mujeres, en 1949, esta reforma no tuvo ninguna oposición de la derecha pues, al comienzo las damas, influidas por los curas, votaban por los conservadores.
Es falso que el sistema proporcional siempre favoreció la proliferación de partidos políticos
La proliferación de partidos pequeños tiene más que ver con los gobiernos autoritarios o “despelotados” como el de Carlos Ibáñez, donde hubo 29 partidos políticos, que con el sistema proporcional que, en 1973, sólo tuvo nueve partidos; por lo demás, gracias a los pactos electorales en las elecciones presidenciales de 1973, terminamos con dos grandes combinaciones: La CODE (Confederación democrática, compuesta por nacionales, demócrata cristianos y otros partidos pequeños), y la Unidad Popular, integrada por comunistas y socialistas, más radicales, mapus e izquierda cristiana.
¿Por qué no hacer un plebiscito completo y no limitado a la reforma electoral?
Es evidente que la cosmética, aplicada por el profesor Lagos a la Constitución de 1980, no cambió para nada su carácter autoritario. Es seguro que para hacer una reforma que favorezca al Estado decente hay que derogar, radicalmente, el concepto de libertad de mercado, que inspira la Carta Fundamental; en consecuencia, para realizar un solo plebiscito es mejor que propongamos un proyecto de Constitución democrática, derogando la de 1980; si esto no es posible, eliminemos los absurdos quórum de las leyes orgánicas constitucionales legislándose, en todos los casos, por simple mayoría. Como lo afirma Felipe Portales, en su libro Chile: una democracia tutelada, si se hubieran mantenido en su redacción original los artículos 65 y 68 de la Constitución de 1980, por la prevaleciente voluntad del presidente de la república, que sólo con un tercio en el senado, podía aprobar cualquier proyecto de ley, podía haber cambiando todo el sistema político heredado de la dictadura pero, como siempre, a la Concertación le encantan las ataduras, al igual que los raptados, que padecen el síndrome de Estocolmo, terminan enamorándose de sus verdugos.
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