Los componentes altamente volátiles que podrían dar inicio a una reacción en cadena están ahí: Israel, que cuenta con el respaldo de Estados Unidos y Gran Bretaña, acusa a Siria e Irán de suministrar misiles a las guerrillas de Hezbolá. El ministro de Defensa israelí, Amir Peretz, lo dijo con pocas palabras cargadas de alta tensión: “Vamos a cambiar la realidad”. Y, ante lo que está sucediendo, no puede decirse que haya sido una bravuconada.
Washington y Londres lograron imponer a Alemania, Canadá, Francia, Italia, Japón y Rusia, sus socios del grupo de ocho países más ricos del mundo (G-8), la decisión de culpar a Hizbolá y Hamas por el estallido del conflicto. Con el argumento de que Israel tiene derecho a defenderse, además, el G-8 rechazó la solicitud del primer ministro libanés, Fouad Siniora, de un alto el fuego inmediato. Pasaron por alto el hecho de que los israelíes son los invasores y que poseen el triple de capacidad ofensiva. Los datos están a la vista: por cada víctima israelí mueren cinco o seis libaneses.
Sin embargo, en la hipótesis extrema de que Irán sufra ataques de Israel, es posible que ni Rusia ni China permanezcan indiferentes. Y entonces sí que podría “cambiar la realidad” en una región siempre a punto de volar por el aire.
La ONU, afectada por una dolencia casi crónica, persiste en su estado de cataplexia, trastorno que permite hablar a quienes lo padecen, pero se caracteriza por somnolencia e inmovilidad de los músculos.
El ataque a Líbano reedita, corregida y aumentada, una carnicería de 24 años atrás. En los primeros días de junio de 1982, el embajador israelí en Gran Bretaña, Shlomo Agrov, fue atacado a tiros por seguidores de Abu Nidal, un terrorista disidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Aunque quedó paralítico, Agrov salvó la vida. El extremista Abu Nidal era enemigo a muerte de Yasser Arafat, pero el fallido atentado en Londres fue el pretexto que necesitaba Israel para realizar un viejo anhelo militar: invadir el sur de Líbano y erradicar los campamentos de refugiados palestinos. La despiadada incursión, denominada Paz para Galilea, fue dirigida por el entonces ministro de Defensa, Ariel Sharon.
Tras dos meses de combates, un mediador estadounidense logró el compromiso de la OLP de desalojar Beirut a cambio de garantizar protección internacional para la población palestina de los campos de refugiados de Sabra y Chatila, situados en la periferia de la ciudad. Los milicianos de Yasser Arafat abandonaron la capital libanesa el primero de septiembre, pero Sharon anunció que aún quedaban “dos mil terroristas” en los campamentos. Del 16 al 18 de septiembre, los israelíes impidieron la huida de los residentes, mientras falangistas maronitas libaneses torturaban, violaban adolescentes, ametrallaban a no combatientes. En esa masacre de 48 horas murieron 3 mil 500 personas, la mayoría mujeres, ancianos y niños.
Los israelíes permanecieron tres años en Líbano y luego comenzaron a retirarse gradualmente. El resultado de la invasión fue de 18 mil muertos y 30 mil heridos, en su mayoría -como siempre- civiles.
El dramaturgo francés Jean Genet (1910-1986), estaba en Beirut en aquellos días de furia homicida. Poco después, publicó un testimonio demoledor: “Cuatro Horas en Chatila”. En un fragmento, relata:
“Los cadáveres que debía franquear, negros e hinchados, eran todos palestinos y libaneses. […] Un niño muerto puede a veces bloquear una calle, son tan estrechas, tan angostas, y los muertos tan cuantiosos. […] El primer cadáver que vi era el de un hombre de unos 50 o 60 años. Habría tenido una corona de cabellos blancos si una herida (un hachazo, me pareció) no le hubiera abierto el cráneo. Una parte ennegrecida del cerebro estaba en el suelo, junto a la cabeza. […] Estaba tumbado en una callejuela inmediatamente a la derecha de la entrada del campo de Chatila que está frente a la embajada de Kuwait. ¿Cómo los israelíes, soldados y oficiales, pretenden no haber oído nada, no haberse dado cuenta de nada si ocupaban este edificio desde el miércoles por la mañana? ¿Es que se masacró en Chatila entre susurros o en silencio total?”.
Interpelado en el Parlamento, el entonces primer ministro de Israel, Menean Begin, dijo: “Unos no-judíos han masacrado a otros no-judíos, ¿en qué nos concierne eso a nosotros?”.
Aquella invasión de 1982 y la de ahora tuvieron características de blitzkrieg, igual a la que en 1939 desencadenó la Segunda Guerra Mundial por decisión de un ex cabo austriaco convertido en führer. El mismo que hoy parece inspirar a las antiguas víctimas convertidas en verdugos.
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