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La nueva batalla de Chile 

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La culminación exitosa de las jornadas de paros, tomas y movilizaciones que llevaron adelante por cerca de un mes los estudiantes de enseñanza media, organizados en torno a la Asamblea Nacional de Estudiantes Secundarios, implica un triunfo no sólo para este nuevo actor social que ha emergido a la arena de la política nacional -la generación de estudiantes nacidos y formados durante la postdictadura- sino para el conjunto de la nación.

Si bien son varios los logros alcanzados, tal vez uno de los más significativos es que la “revolución pingüina” logró poner en crisis lo que en nuestra democracia queda de dictadura militar en el ámbito del sentido común desde el cual las personas nos representamos a nosotros mismos y a nuestra relación con el mundo.

Como es conocido, la dictadura no ejerció solamente violencia y represión, sino toda una operación hegemónica de carácter cultural. Al servicio de su proyecto ordenador de corte fascista, hizo circular un discurso ideológico específico, basado en relecturas y desplazamientos de la historia de Chile, a partir de la doctrina de seguridad nacional, el rescate de la democracia autoritaria, junto a elementos propios del fascismo clásico como el rol del conductor y la raza, y una desfiguración del catolicismo.

El discurso ideológico, sin embargo, no se agotó en estos elementos, porque se trató de instalar “nuevos elementos” en el campo de juego.

Este nuevo elemento tuvo que ver con la exaltación del mercado como mecanismo autorregulador de todas las esferas de lo social. Este fue el golpe verdadero a los señores políticos: “Ustedes no sólo no existen; los estamos eliminando físicamente, sino que, además, ya no tienen razón de ser”.

Desde este discurso, el espacio público y la política se volvieron innecesarios una vez que el mercado es el que regula de manera natural la economía y el conjunto de las relaciones sociales. La democracia representativa, por tanto, apareció como una “ficción” democrática, que sólo daba lugar a la tiranía de los políticos. El Estado debía jugar un rol subsidiario, de apoyo al libre desarrollo del mercado, ser su guardián protector, reduciéndose la democracia a la libertad de consumir.

Lo fundamental de esta operación hegemónica fue hacer desaparecer, en lo posible, el espacio de la democracia que advino al momento de caer la dictadura, como un régimen de vida político público, es decir, colectivo, instalando en su lugar un sentido común que sirviera de base de sustentación y reproducción del modelo económico neoliberal. Este sentido común contiene una fuerte propensión al pesimismo en casi todo lo relacionado a iniciativas colectivas y había funcionado, hasta la emergencia rotunda de este movimiento estudiantil, como una matriz atomizante de lo social, teniendo por efecto la individualización de las relaciones y los hechos.

Por esto, no parece exagerado sindicar al movimiento estudiantil secundario desplegado en las últimas semanas como uno de carácter emancipatorio, por cuanto fue capaz de poner en cuestión, con entusiasmo y creatividad, dicho marco de dominación al cual parecíamos estar todos condenados a reproducir eternamente, bajo las égidas del individualismo egoísta, la negación del otro, y la internalización de patrones cognitivos y afectivos que incorporan la subordinación, la jerarquía y la subalternidad en nuestra constitución como sujetos.

Liberándose de este marco normativo ad hoc a la lógica de un mercado de consumidores fragmentados, el movimiento social que pudimos observar se caracterizó por exhibir, en un contexto de pluralidad de sensibilidades políticas, socioeconómicas, geográficas y étnicas, valores compartidos y solidaridad entre sus miembros; lealtad a las decisiones de la mayoría; un sentido de pertenencia que permite actuar desde el sentimiento de un “nosotros”, así como normas compartidas respecto de la forma de actuar y una división voluntaria del trabajo entre líderes, voceros y bases de apoyo.

Emancipados de las codificaciones de la dictadura, que aún pesa sobre buena parte del mundo adulto nacional, los estudiantes demostraron poseer una gran eficacia simbólica en su esmero por producir procesos de cambio social concretos en el ámbito de la educación, bajo la demanda de modificaciones de normas o valores sociales que se daban por naturales y no construidos socialmente, como que el derecho a la libertad de enseñanza estaría por sobre al derecho a la educación. Al mismo tiempo, fueron capaces de incorporar nuevos valores en la opinión pública que están permitiendo dar lugar a otras formas de definición social de la democracia, ahora sí más ciudadana e inclusiva, hecho que se hace patente en la inédita composición plurisectorial, política y espiritual del Consejo Asesor nombrado por la Presidenta Bachelet.

Si bien algunos mal pensados dicen que su amplio número de miembros está diseñado para que no funcione, la verdad es que existe una esperanza compartida de la mayoría del país de que tal comisión debe arribar en cambios estructurales en el sistema educativo, para que el “crecer con igualdad” no sea solamente un eslogan de campaña, sino una realidad concreta, verificable. Por lo mismo, no es mala la iniciativa de los estudiantes que organismos internacionales de prestigio, como la Unesco, puedan actuar como garantes o acompañantes de lo que ahí se discuta y acuerde, e incluso pudieran realizar una auditoría sobre nuestro sistema educativo para poder triangular las conclusiones consensuadas internamente con una mirada externa e independiente.

En definitiva, como país tenemos mucho que aprender de este movimiento y de la forma en que, como sociedad, lo significamos y acompañamos. Varias de las demandas de los estudiantes, que ojos de las élites -tanto del sistema político formal como de grupos que aprovecharon la oportunidad generada por los estudiantes para hacer su aparición pública- podían parecer inconducentes, dan cuenta que no toda movilización social descansa exclusivamente en cálculos de costos y beneficios, pues el proceso de formación de identidades conlleva también demandas no negociables, que no se pueden medir en términos de ganancias o pérdidas.

Ese es el caso, por ejemplo, de las demandas de autonomía y reconocimiento que no todos los grupos exógenos al movimiento estudiantil estuvieron a la altura de captar o aceptar.

En lo que sigue a estas semanas de conmoción nuestra sociedad hará la prueba de la forma en que administrará la relación entre estos actores sociales emergentes y los actores colectivos ya reconocidos, como partidos, gremios, sindicatos y gobierno. No desperdiciemos lo avanzado.

En la forma que llevemos adelante los cambios en la educación nos estamos jugando no sólo la integridad y el carácter verdaderamente ciudadano de nuestra democracia, sino la confianza de las nuevas generaciones de que su aporte es valioso y significativo para la construcción de un mundo común.

13 de junio 2006

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