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Las manos en el fuego 

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Entre los últimos documentos que el ministro de fuero Carlos Cerda, que investiga el oscuro origen de la fortuna de Pinochet, agregó al expediente principal, figura uno extraordinario: se trata del «pacto secreto» o «acuerdo solemne», suscrito por 45 altos oficiales del Ejército, por medio del cual los firmantes, al más puro estilo de la mafia, comprometen su lealtad perpetua a Pinochet.

La reunión, efectuada el 5 de enero de 1996, en la cual se firmó el «pacto secreto» de lealtad perpetua a Pinochet, fue convocada por el entonces vicecomandante en jefe del Ejército, general Guillermo Garín.

Los 45 altos oficiales del Ejército firmantes expresan en dicho «pacto secreto» sus sentimientos de «invariable respeto, irrestricta lealtad, afecto y especial deferencia hacia la Máxima Autoridad del Ejército de Chile, Capitán General Augusto Pinochet Ugarte».

El «pacto secreto» obliga a los firmantes a que «en los años venideros (estos altos oficiales) mantengan una constante preocupación por las necesidades que le asistan en su diario quehacer» al ex dictador.

Además, los firmantes del «pacto secreto» se comprometieron a conservar «toda la actual estructura de apoyo que corresponde a una autoridad de tan alta investidura» porque los oficiales firmantes estimaban que Pinochet, era ya en 1996, «una de las figuras más relevantes de la historia patria, por sus dotes de Soldado, Estadista y Servidor Público». Además, agregan que Pinochet «Pasará a formar parte de la galería de personajes más ilustres y distinguidos del siglo que nos deja».

Al leer esta noticia, mi primera asociación de ideas fue exclamar: «Alí Babá y los 45 ladrones», pero en seguida recordé que en el caso de Alí Babá los ladrones eran 40 y luego, al reflexionar, estimé que era un evidente abuso culpar a todos los generales firmantes de los crímenes y de los robos de su superior, al que ellos, a lo mejor ingenuamente, calificaban como «uno de los personajes más ilustres y distinguidos del siglo veinte».

Puesto el punto de mira en esa dirección, me pregunté: ¿qué estarán hoy pensando estos altos oficiales que el 5 de enero de 1996 le dieron un cheque en blanco a Pinochet o, mejor dicho, «metieron las manos al fuego» por su superior?

Las relaciones evidentemente mafiosas entre algunos de ellos las está dilucidando la justicia, pero no cabe la menor duda de que no todos los altos oficiales de 1996 estaban metidos en la camorra.

O, dicho de otro modo, a estos altos oficiales hoy se les podría preguntar: ¿Metería otra vez las manos al fuego por un Capitán General?

Y para que este importantísimo hecho tenga un real efecto histórico institucional, lo deberían incorporar en las enseñanzas que se imparten en la Escuela Militar.
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