Pisagua: dolor, muerte y melancolía

Promediaba el mediodía, el sol picaba fuerte sobre un sendero imposible de limitar, pues se perdía en un sinfín de serpenteo, dando curvas y vueltas, cual si fuese un reptil. El equipo de la productora Puerto Visual, junto a los actores, técnicos y entrevistados que viajábamos para filmar un capítulo de la Serie televisiva “Confines Carcelarios”, teníamos pegados nuestros ojos en el oeste, intentando descubrir el mar que nunca asomaba.

De repente, como secuela de los giros y recovecos, me sentí confundido. Fantaseé que entraba a otro mundo, a otro tiempo. A su vez, el ruido del motor de vehículo que nos transportaba se enmarañaba con el viento pampino que bajaba por la quebrada. Un poco más allá,  los chillidos de las aves marinas nos avisaron que estábamos a punto de arribar a nuestro destino.

Después del último zigzag de la autopista, pudimos escuchar el oleaje fuerte que interrumpió la serenidad de esa geografía áspera. En esa etapa, por fin, nuestros ojos ansiosos pudieron contemplar, de punta a punta, el ceniciento pueblo sitiado por el mar y los acantilados huraños. Al llegar a la cúspide de un cerro hallamos unos cañones oscuros enclavados en las rocas, como meros vestigios de lo que fue la cruenta Guerra del Salitre.

Las ruinas, los laberintos de peñones, los residuos de guano en algunos morros, los perros escuálidos y la atmósfera misteriosa que nos rodeaba, me provocaba la impresión que llegaba al fin del mundo, a una zona donde pocas personas se atreverían a ir; pese a la natural belleza del litoral y a su pasado lleno de memoria. En el extremo sur hacia Punta Pichalo, los bramidos de los lobos marinos fueron los únicos que nos dieron la bienvenida, allí, cerca de lo que fue un embarcadero de guano, el que en estos días está completamente derruido por el tiempo y el olvido.

Al dar los primeros pasos, apenas reconocí a unos pocos habitantes que nos observaron con tranquilidad y curiosidad. En ese instante, no pude dejar de repasar que en esa ensenada habían ocurrido un sinnúmero de sucesos dolorosos, desde la ocupación chilena, el 2 de noviembre de 1879 hasta el trágico año 1973. Me pareció paradójico que en esas ruinosas casas de estilo georgiano, las que antiguamente albergaron a pudientes empresarios y prósperos comerciantes, posteriormente sirvieran como centro de confinamiento en los gobiernos González Videla, Ibáñez del Campo y Pinochet, emulando al campo de exterminio de Auschwitz.

Sin esperar más, comenzamos nuestra jornada de trabajo. La primera locación a visitar fue el Teatro Municipal, levantado en 1892 y cuya construcción formó un circuito con el mercado, el municipio y la sala de ópera. Al subir al mágico escenario levantado con maderas de pino Orejón, pude apreciar las columnas acanaladas, los balaustros, las hermosas cornisas y las ingenuas pinturas de ángeles diseñadas en la bóveda del techo. Todo olía a humedad marina y sus tenues luces perfilaban en sus palcos fantasmales siluetas que se refugiaban en sus secretos escondrijos. Mientras tanto, el incesante golpear de las olas rompía la perpetua quietud. Daba la sensación que desde las entrañas del edificio fuera a surgir un ser mitológico que terminaría por devorar a esa vieja reliquia, y con ella las negras páginas de la historia nacional.

En un cerrar de ojos, las imágenes, los relatos y las historias se agolparon en mi mente. Sabía, de modo fehaciente, que por los años 1947, 1948 y 1973, ese patrimonial paraninfo del arte se había transformado en un punto para someter apiñados y hambrientos a los presos políticos. Uno de ellos fue mi padre Francisco Vera-Pinto, un distinguido sastre que en el año 1948 fue víctima de “la ley maldita”, dictada por González Videla contra los comunistas. Para mí sorpresa, su custodio y verdugo fue el entonces capitán Augusto Pinochet, con quien años atrás mi progenitor se había conocido, ciertamente cuando este oficial se hacía los ternos en la sastrería London, negocio que administraba Francisco, aquel que quedaba frente a la Plaza Prat. Para ser preciso, en el libro “El día decisivo”, el militar lo cita:

“También encontré en esa ronda a otro de los personajes que había conocido en el puerto de Iquique, el sastre Vera- Pinto, cuyo local está frente a la Plaza Prat. Hombre agradable, atento y servicial con sus clientes. Sin embargo, en 1948 ya había escuchado muchos comentarios sobre él, como el hecho de que a mediados de 1945 había desaparecido de la ciudad por espacio de un año sin que nadie supiera de él. Se agregaba que durante ese período habría estado realizando un curso de instrucción y perfeccionamiento en materias comunistas, en algún lugar de la República Argentina” (pp. 16-17).

En otro párrafo agrega:

“El día transcurría con lentitud y las ocasiones de mayor esparcimiento se producían durante las horas del almuerzo y de comida. En esas oportunidades solía invitar al Casino de Oficiales, que era una vieja casa de madera habilitada para tal efecto, a los señores Ernesto Meza Jeria, Ángel Veas y al sastre Vera-Pinto. Les puse como única condición la orden de no hablar de política en la mesa ni tratar de influenciar con sus ideas de carácter marxista a los asistentes. Sin embargo, en muchas ocasiones me vi obligado a pedirles que cambiaran de conversación, pues no perdían oportunidad para hacer saber su ideología” (pp.19-20).

En la obra teatral “La pasión del sastre”, recreo un posible diálogo que sostuvieron el capitán Pinochet y Francisco Vera-Pinto.

CAPITÁN: (Se acerca a los detenidos irónico) Espero que los señores recién llegados hayan dormido cómodamente, acompañados por la natural sinfonía del mar. (Adopta una actitud persuasiva) Ahora quiero que esos rostros secos como el desierto se iluminen porque les tengo una propuesta. Quiero ofrecerles a los que aún tenemos en el teatro y también a los nuevos, que construyan con sus propias manos sus casas. (Silencio) Ciertamente, le vamos a pagar por su trabajo. (Silencio)

FRANCISCO: (Seguro) Capitán, no nos parece justa ni conveniente su oferta. Es muy cruel que construyamos nuestras propias prisiones (Se escuchan voces apoyando la moción)

ANGEL: Capitán, le habla Ángel Veas, Intendente de Tarapacá, el compañero tiene toda la razón. Es despiadado lo que nos pide.

CAPITÁN: (Altanero) Usted no es nadie acá.

ANGEL: Esto es un atentado a los derechos humanos.

CAPITÁN: Los derechos humanos son una invención, muy sabia, de los marxistas. Ya me aburrieron. Se terminó la fiesta. Tendrán que acomodarse en las condiciones actuales; no podemos darles mayores comodidades. ¡Y ahora retírense! No deseo más comentarios. (Dirigiéndose a Francisco) Espere, usted, el que está en el fondo, el atrevido que me habló. ¡Venga para acá!

FRANCISCO: (Se acerca) Aquí estoy capitán. ¿Qué desea?

CAPITÁN: (Le mira asombrado) ¡Ah! ¡Es usted! Ya me parecía conocida esa voz. Pero si es el mismo Francisco Vera-Pinto, mi querido sastre. (Ríe) ¡Hombre, por fin lo agarraron! Ya lo daba por perdido, pero el destino lo regresó a mis manos.

Con todo, como suele ocurrir, siempre la realidad resulta ser más cruda que la misma ficción, pues existen evidencias historiográficas y testigos de las atrocidades que cometieron en ese penal, aunque con mayor salvajismo en el golpe de Estado que sufrimos.

Segunda escena: la cárcel. Este local construido por los años 40 del siglo pasado tiene un entorno estremecedor, huele a sangre, huele a muerte. Recorrer sus tres pisos da escalofrío. Las celdas de la primera planta, conocidas como las catacumbas, eran destinadas a los condenados a muerte, mientras que en otras yacían hacinados más de 40 presos, dentro de un área que no superaba los 8 metros cuadrado. Es decir, los hombres para dormir debían turnarse, ya que era imposible hacerlo de otra manera. Una vez al día podían salir al estrecho patio, percibiendo el siniestro sonido de la reja metálica, el que podía significar la libertad, la tortura o la muerte. Lo cierto es que hay tantas crónicas de sufrimiento y calvario que oprimen el corazón y nos quitan el aire para respirar. El único consuelo que nos queda es saber que hoy ya no existe el hotel y que – de acuerdo a los informantes – se transformará en una institución destinada a la memoria de las víctimas. Hacemos votos para que esa condición sea resuelta sin mayor dilación por parte del Estado.

Tercera escena: las barracas. Digamos que tanto en los años 40 como en los 70 se utilizó una planicie próxima a la estación del ferrocarril salitrero, ubicada en el lado norte de la caleta, para que los mismos presos políticos levantaran sus propias celdas, algo que es completamente inhumano y propio de los regímenes dictatoriales. En la actualidad es simplemente una pampa, solo quedan algunos muros de lo que fue una industria pesquera. En esta ocasión, Héctor Marín, presidente de la “Agrupación de desaparecidos y ejecutados políticos de Pisagua (AFEP)”, instaló un didáctico e integral memorial con los antecedentes de las víctimas, los lugares de tortura y la represión que se ejerció contra hombres y mujeres, tanto en Pisagua como en Iquique. A mi juicio, es un riguroso material histórico que, sin duda, debería ser conocido por toda la ciudadanía, en especial por las nuevas generaciones.

Cuarta escena: el cementerio y la fosa clandestina. ¡Ay padres! Reconozco que no pude contener las lágrimas y lloré. No estoy seguro si fue en ese intervalo o antes, sin embargo, sé que lloriqueé sin que nadie me pudiera socorrer. Es tan conmovedor e íntimo estar frente a esos cuerpos invisibles, a las voces que imploran en el profundo acantilado y a las manos que luchan por romper los sacos y alambres que las amarran. Ahora solo sé repetir, casi como un rezo, la frase de Neruda estampada en el monolito: “Aunque los pasos mil años este sitio no borrarán la sangre de los que aquí cayeron”.

Muy cerca de mí, derramando lágrimas en cada lugar visitado, Odesa Flores, prisionera política, evoca el sufrimiento de muchas mujeres que fueron sometidas a brutales martirios, solo por el hecho de imaginar una Patria distinta: igualitaria, incluyente, democrática y popular. Cada expresión, cada sentimiento y cada palabra que pronuncia con pasión, lucidez y honestidad militante me producen un sentimiento de esperanza, entonces vuelvo a creer que es posible construir otro Chile, donde la justicia, la igualdad y la dignidad es el pan de cada día.

De la noche a la mañana, en mi imaginario, suena el viejo reloj de madera, el mismo que se irguió el año 1887, entonces comprendo que había llegado el tiempo de alzar el vuelo. Rumbo a Iquique me voy con la emoción y la convicción que hoy más que nunca es necesario reivindicar con todas las energías la lucha de las voces de los callados. Fraguo que el arte, como una manifestación social trascendente que se convierte en vivencia, podría contribuir a reanimar la moral ciudadana y a rescatar los valores humanos más fundamentales, los que aún perviven en el espíritu de los viejos pescadores y en la memoria de todos los nortinos.

Ya son las nueve de la noche y en el balcón de la colina me quedo melancólico y en silencio al ver las playas de aguas traslucidas de ese puerto estoico que nunca morirá. En medio de la ruta todos duermen, yo, en cambio, tomo la mano de mi fiel compañera que reposa su cabeza en la ventana y medito con los ojos más abiertos que nunca…No puedo dormir…

El autor, Iván Vera-Pinto Soto, es Cientista Social, pedagogo y escritor

http://iverapin.wix.com/verapintoliteratura

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http://teatrouniversitarioe.wix.com/teatro-expresion

http://teatrodelamemoria.fullblog.com.ar

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