Francia: ¿fin de mundo? Cuando las buenas gentes se ponen furiosas

El capitalismo porta en él la guerra como las nubes la tormenta.
Jean Jaurès

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La caída de un orden de dominación se reconoce en el asombro que se lee en los rostros de sus domésticos. El sábado (1° de diciembre), el espectáculo no estaba sólo en la calle. Estaba, y sigue estando, en los rostros estupefactos de BFMTV, CNews, France2 (1) y casi todos los medios audiovisuales en crisis de incomprensión radical. Que la estupidez está relacionada con el asombro, lo afirma la etimología. He aquí que llegan al punto de indiferenciación, y su espectáculo común se ofrece como esa forma particular de la “información”: en continuo.

Como la inteligencia se rinde preferentemente ante las ideas que la satisfacen allí donde encuentra su confort, los trompetistas del “Nuevo Mundo” y del “macronismo revolucionario”, regresan invariablemente –sin ahorrarse una contradicción– a la caballeriza de sus viejas categorías, las del Viejo Mundo, visto que es él quien les dio su situación, sus salarios y su magisterio (véase “ Macron, el espasmo del sistema“).

Helos ahí divagando entre la ultraderecha y la extrema izquierda, o la ultraizquierda y la extrema derecha, buscando ansiosamente “representantes” o “voceros” presentables, quisieran una lista pormenorizada de “reivindicaciones negociables”, no encuentran ni los unos ni la otra, ni “mesa” alrededor de la cual sentarse.

Entonces, para no perderla toda, buscan frenéticamente, junto al gobierno, en la trastienda de los accesorios: consultas con los líderes de los partidos, debate en la Asamblea, reunión con los sindicatos, ¿la esperanza de una “salida de crisis” aferrada a un moratorio sobre el impuesto al diésel? ¿O quizás un Grenelle de algo? (2) Es decir, pantomima con todo lo que cae en ruinas. He ahí donde están “élites”: incapaces incluso de ver que ya no hay tiempo, que todo un mundo se desmorona, el suyo. Que no evitarán tal dislocación con el aplazamiento de impuestos o tasas reducidas: ya sería todo un detalle si las instituciones políticas no se ven atrapadas en el colapso general. Porque no es un “movimiento social”: es un levantamiento.

Cuando una dominación se acerca a su fin, todas las instituciones del régimen, particularmente las del tutelaje simbólico, se paralizan en una profunda incomprensión del acontecimiento –¿el orden establecido no era el mejor posible?–, agravada por un incremento de la agresividad, y de un inicio de pánico cuando el odio del que son objeto aparece ante sus ojos a la luz del día.

Tanto más cuanto que, como se dijo, la singularidad de este movimiento reside en que lleva el incendio allí donde nunca estuvo, allí donde debe estar: entre el riquerío. Y sin duda muy pronto entre sus colaboradores.

Leemos que la directora de BFMTV quedó desconcertada al escuchar el grito “BFMTV cabrones” en los Campos Elíseos, y que el presidente de la asociación de periodistas descubrió, confundido, que “no venía de los militantes, sino de ciudadanos de a pie”.

Los poderes de este tipo, los de la tiranía de los poseedores y sus lacayos, terminan siempre así, en la sideración y el aturdimiento: “¿tanto nos odian?” La respuesta es sí, y por las mejores razones del mundo. La razón es también que, después de todas estas décadas, llegó el momento de pasar a la caja y, digámoslo de entrada, la cuenta será salada. Porque hay demasiada deuda atrasada, desde hace demasiado tiempo.

Desde las huelgas de 1995 la conciencia de que los medios –dizque contrapoderes– son auxiliares del poder, ha ido creciendo. Por lo demás, han obrado sin cesar para darle cuerpo a esta acusación a medida que el neoliberalismo se profundizaba, ponía los pueblos bajo tensiones cada vez más insoportables, controladas solo mediante la manipulación machacona de la mente, antes de machacar derechamente los cuerpos.

Es en ese momento que, –convirtiéndose abiertamente en auxiliares del ministerio del interior además de ser los de la fortuna–, se pusieron a contar los manifestantes de manera más ventajosa que el ministerio del Interior, para luego disolver todos los movimientos de protesta en “la violencia” y, de ese modo, indicar claramente a quiénes y a qué están vinculados.

Es tal vez en ese lugar –la “violencia”– que se desquicia el rencor de los lacayos, a medida que sienten que la situación les escapa. Por lo demás, si ‘condenar’ es el mejor medio de no comprender nada, impulsado con tanta más razón a la ceguera voluntaria por intereses tan poderosos, “la violencia de los vándalos” fue erigida en el último reducto del orden neoliberal, en antídoto definitivo para todo cuestionamiento posible.

Sin ver por lo demás el más mínimo problema en celebrar el 14 de julio de 1789 o en conmemorar Mayo de 1968: loca inconsecuencia de la Historia embalsamada, puesta a distancia, desvitalizada, y desprovista de toda enseñanza concreta para el presente.

En todo caso, en el paisaje general de la violencia, los medios, sobre todo audiovisuales, siempre cogieron lo que les da la gana (cuidando bien de dejar invisible el resto), o sea la violencia incomprensible, por consiguiente en estado de escándalo sin causa: el mal en estado puro.

¿Pero por qué, y sobre todo a propósito de qué, los trabajadores de Conti invaden la subprefectura de Compiègne, los asalariados de Goodyear secuestran su gerencia, los colaboradores de Air France rompen la camisa de su gerente de recursos humanos, y ciertos chalecos amarillos están cerca de tomar las armas?

¿Qué hay que haberle hecho a gente sencilla, que tiene la misma preferencia que todos por la tranquilidad, para que lleguen a estos extremos, sino, precisamente, haberles empujado hacia ellos?

La negación de la violencia social es esta forma suprema de violencia a la que Bourdieu le dio el nombre de violencia simbólica, hecha para que sus víctimas queden reducidas a la voluntad del poderoso: porque socialmente violentadas, y metódicamente despojadas de todo medio de resistir “en las formas aceptadas” visto que todos los mediadores institucionales les abandonaron, las victimas no tienen sino la alternativa de la sumisión integral o la rebelión, ahora física y de entrada declarada “odiosa”, ilegítima y antidemocrática: la trampa perfecta.

Viene, no obstante, un momento en que el terror simbólico no da el pego, en que los veredictos de legitimidad o ilegitimidad se desvanecen, y en que el sufrimiento se transforma químicamente en furia, en directa proporción a lo que fue negado. Entonces todo es candidato a pagar, y no hay que sorprenderse: oficinas de diputados, bancos, mansiones, prefecturas. Lógicamente, cuando todo fracasó, no hay respeto por nada.

Es verdad: a aquellos que unieron su posición y su futuro al orden actual, que repiten sin cesar que no hay ni mejor ni otro posible, la irrupción de lo radicalmente distinto no les deja otra lectura que “aberrante”, “monstruoso”, o mejor aun, cuando la constatan: “violencia”. Pero para ser mantenida en su estatuto de monstruosidad la “violencia” debe ser marginal, y también debe ocultarse sistemáticamente la responsabilidad de la violencia de la policía. Pero estas dos condiciones están siendo destruidas en este momento.

La primera porque los chalecos amarillos ofrecen a profusión esa figura oximórica, incomprensible para los poderosos, de “buenas gentes furiosas”. “Furioso” normalmente es “furioso”, o sea ultra-radical-minoritario. No puede ser “buenas gentes”, que quiere decir mayoría silenciosa, o hay contradicción en los términos. Sin embargo, sí. Incluso bastante sencillamente: uno está furioso cuando lo llevan al límite. Pasa que al cabo de 30 años de neoliberalismo, coronados por 18 meses macronianos de guerra social a ultranza, grupos sociales enteros fueron llevados al límite. Y están, por consiguiente, furiosos.

Convencidos de que lo que ellos no mencionan no existe, los medios no vieron venir esos furiosos. Pero helos aquí, producto de una larga y silenciosa acumulación de rabia que acaba de romper su dique. A esos no les harán volver fácilmente a casa. Tanto más cuanto que, con la ingenuidad de “buenas gentes”, experimentaron con ocasión de su –para muchos– primera manifestación, lo que es la violencia policial.

Primero se quedaron atónitos. Luego, habiéndose repuesto, derechamente a punto de explotar. De ahí que son incontables los que –originalmente “buenas gentes” patentadas– se ven arrastrados a devenir ‘vándalos’, como otros, que construían cabañas con maderas de desecho en una rotonda, devienen zadistas (3).

Por otra parte, apostemos a que en sus mentes se operan revisiones de gran amplitud. Porque todas estas gentes que, desde 2016 y la ley El Khomri (4), hasta 2018 con Notre-Dame-des-Landes  y los decretos SNCF, habían sido saturadas de BFMTV y de France Info e invitadas a llorar los cristales rotos del Hospital Necker, se encuentran hoy en la posición estructural de ‘vándalos’, viviendo la condición de violencia policíaca y mediática, y saben a que atenerse en cuanto a lo que estas dos instituciones dirán de ahora en delante de los “ultra violentos radicalizados”.

En todo caso este asunto es muy molesto para los canales de información en continuo: si devenir ‘vándalo’ alcanza esta extensión, ¿qué querrá decir ‘vándalo’ a partir de ahora?

La otra condición consiste en mantener el comportamiento real de la policía fuera de cámara. En ese frente lucharán hasta el final las jefaturas audiovisuales. La mentira por ocultación es general, encarnizada, espesa como propaganda de dictadura.

La población caería instantáneamente en la indignación si tuviese la ocasión de ver la décima parte de lo que los grandes medios audiovisuales le ocultan sistemáticamente. Como ese video de una dama de edad, gaseada y ensangrentada, o el de un jubilado apaleado.

Cuando France Info nos había cebados hasta la náusea con los cristales del Hospital Necker, o de un McDonald incendiado, ningún flash noticioso, hasta el mediodía del lunes, había informado de una octogenaria muerta por una bomba lacrimógena.

Los robots de BFMTV no oponen jamás una imagen a los sindicalistas de la policía que dicen que los apalean (sic) y que los “mutilan”. Pero si las palabras aun tienen sentido, ¿de qué lado del flashball o del lanzador de granadas se cuentan los tuertos y las manos seccionadas?

Uno se pregunta si Nathalie Saint-Cricq o Jean-Michel Apathie (periodistas) vomitarían sus almuerzos si les mostrasen las fotos, propiamente insostenibles, (se trata de heridas de guerra) de manifestantes mutilados –verdaderamente– por las armas de la policía.

No se sabe de un solo gran medio audiovisual que le haya mostrado en bucle –como hacen de costumbre– a las “buenas gentes” aun no devenidas ‘vándalos’ este video de un joven apaleado por ocho policías, video que terminaría de informarles sobre el grado de confianza que conviene tener hacia la “policía republicana” cuando se pone todo esto –decenas de videos, cientos de testimonios– en buen orden.

Pero hay una economía general de la violencia, y sabemos lo que da de sí cuando está lanzada: es recíproca, divergente y puede llevar muy lejos. En la situación actual nadie sabe hasta donde, y tal vez a extremos dramáticos. ¿Mas, quien la habrá desatado sino Macron, que, después de declararle la guerra social a su pueblo, le declara la guerra policial, pronto quizás la guerra militar, en compañía de los medios de gobierno que le declaran la guerra simbólica?

El reparto de responsabilidades es tanto más claro que los agraviados soportaron mucho tiempo sin decir palabra: la agresión económica, el desprecio elitista, la mentira mediática, la brutalidad policial.

Ahora bien, el geniecillo maligno de la reciprocidad violenta es una memoria, y una memoria larga. En un twitter, una miembro de las BAC (brigada anti-criminalidad) descubre atónita, –ella también, como los primo-manifestantes apaleados por nada, pero en sentido inverso porque en definitiva todo es asunto de estupefacción en esta historia, de estupefacciones opuestas, que pasan las unas en las otras, que se nutren unas a otras–, descubre digo, de qué odio ella y sus colegas son el objeto. Y es difícil creerlo.

Decididamente, todas las instituciones de la violencia neoliberal caen de las nubes. Los colegiales, rodeados y gaseados con gas pimienta por policías acompañados de perros, no olvidarán tan pronto ese momento de sus vidas en el que se formó decisivamente su relación a la policía y, en dos años, en cinco años, esta policía olvidadiza que los cruzará de nuevo se conmoverá de la detestación bruta que leerá en sus rostros, y no comprenderá nada.

He aquí que el cuerpo prefectoral, a su vez, comienza a tener sudores fríos. Tienen de qué sentirse solitos en sus mansiones. Desde que la prefectura de Puy-en-Velay ardió, se sabe de qué son capaces “los otros”. Sí, ahora, de todo.

Se hace pues urgente un giro en 90 grados, para dar a conocer por “diario de referencia” interpuesto que el Eliseo macroniano ya no toca tierra, que ellos, prefectos, son conscientes de los sufrimientos del pueblo, que podrían incluso convertirse en lanzadores de alerta si tan solo les escucharan. Habrá que recordar, a pesar de todo, que son estos prefectos los que, desde la noche de los tiempos, hacen disparar al cuerpo, lanzar granadas, dejar tuerto.

Pero se verá sobre todo el retorno de lo que podríamos llamar “la situación Boétie” (5), esa que el poder se esfuerza constantemente por hacernos olvidar, y que por lo demás olvidamos constantemente, tanto parece un misterio incomprensible: ellos son muy pocos y reinan sobre nosotros que somos muchos.

Ocurre, no obstante, que el velo se desgarre y regrese la cruel aritmética del poder. Es esta confesión, conmovedora de candidez, la que consintió el sábado por la noche el subsecretario del Interior, al reconocer que no podía poner más tropa en París cuando todo el mapa de Francia se enciende y pide refuerzos.

Un manager de la start-up nation diría sin duda alguna que el dispositivo está “estresado”. El “stress del dispositivo” es el retorno de La Boétie. Nosotros somos más numerosos. Somos incluso mucho más numerosos que ellos. Es tanto más verdad cuanto que estamos lejos de haber movilizado a todo el mundo, y que hay un bello margen de progresión.

Eso se verificará muy pronto: liceanos, universitarios, choferes de ambulancia, agricultores, tantos otros aun.

¿Entonces qué? ¿El ejército? El adolescente desequilibrado que está en el Eliseo es muy capaz: ¿No utiliza ya contra su población granadas, que son armas de guerra? ¿No ha hecho situar snipers con fusiles a mira telescópica en el techo de algunos edificios parisinos? Imagen de las más impresionantes, sorprendentemente ofrecida por Le Monde que se pregunta tal vez –él también– si no llegó la hora de abandonar en la ruta a su engorroso protegido.

En todo caso, terrible momento de verdad para el editorialismo “haga lo que le salga de las narices”. Habían adorado el ‘degagisme’ (saquémosles a todos) en Túnez o en la plaza Tahrir (El Cairo). Ahora explican que lo que allá fue un maravilloso sobresalto de libertad aquí es populismo mugriento que recuerda horas sombrías. Hasta ahí, pasaba.

Y he aquí que “pero vote por Macron” pudiese tornarse Moubarak, ¿dios mío en qué mierda nos metimos? Y, desde luego, mientras más reman para salir, más mierda desparraman. Todo vuelve, todo salpica.

Ahí estamos: cuando un poder le paga un bono excepcional a fuerzas del orden que se hacen cada día más odiosas, es que teme por sobre todo que esas fuerzas lo abandonen y que, toda legitimidad derrumbada, no aguanta sino gracias a su aparato represivo en mano del cual se entrega enteramente. Haga lo que quiera, pero vote Moubarak.

Este poder es injuriado porque se hizo, metódicamente, odiable.

Paga una factura sin duda antigua, pero de la cual es el complemento más fanático, y por consiguiente el deudor más lógico.

Ya no le queda, para agarrarse, sino la opción de la represión sangrienta, tal vez incluso la deriva militar. Ya no merece sino caer.

-El autor, Frédéric Lordon, es economista y filósofo francés

Video publicado el 17 de diciembre de 2018. Desde entonces, ¡las manifestaciones continúan, no paran!

 

*Fuente: Politika

Notas:

(1) BFMTV, CNews, France2: canales de TV

(2) Grenelle: lugar en el que históricamente se han negociado grandes acuerdos políticos y/o sociales.

(3) Zadista: defensor de una zona natural amenazada por la invasión industrial

(4) Ley El Khomri (gobierno del socialista Hollande) contra los derechos laborales. Notre-Dame-des-Landes: zona natural amenazada por la invasión industrial (un aeropuerto). Decretos SNCF: decretos que destruyeron los derechos de los trabajadores del riel.

(5) Étienne de La Boétie, autor del Discurso de la servidumbre voluntaria.

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