Historia del abuelo Ricardo destinada a jovencitas rojelias

Cuando el joven Ricardo Froilán terminaba su carrera de derecho en la Universidad de Chile y  militaba en el Partido Radical – sector de izquierda descontento con el apoyo de ese Partido al gobierno derechista de Jorge Alessandri Rodríguez – publicó su tesis de grado  La Concentración del poder económico en Chile, que tuvo mucho éxito por la denuncia de la apropiación de la riqueza en manos de muy pocas empresas y grupos familiares.

A poco andar, el novel abogado izquierdista, Ricardo Lagos Escobar, abandonó el partido del péndulo radical – oscilaba entre la  derecha y la izquierda según fuera su conveniencia – para ingresar al Partido Socialista, donde privilegiaba su carrera académica a la política. Según el sueño de su madre, debería ser rector de la Universidad de Chile, tal como una vez lo fue Andrés Bello. Ricardo no se andaba con chicas, pues educado por mujeres mimadoras, su autoestima hacía que su  ego creciera día a día.

Ricardo Lagos durante el gobierno de Allende estuvo a punto de convertirse en embajador en la Unión Soviética, pero los viejos del senado le negaron el visto bueno.

Lagos siempre ha sido original: se negó a participar en una de las dos fracciones en que se dividía el socialismo en el exilio la de Carlos Altamirano y la de Clodomiro Almeyda, en cambio abrió una propia cuyo sugestivo Los Suizos, era neutral ante cualquier combate – ni chicha ni limon’á -.

De regreso a Chile fundó un partido instrumental, el PPD, parecido a la legión extranjera, es decir, una verdadera torre de Babel que incluía a cualquier personaje político, desde la derecha hasta los socialistas.

En un programa de televisión, dirigido por Raquel Correa, Lagos saltó a la fama, pues en medio del debate tuvo el coraje de desafiar a Augusto Pinochet y mostrar en pantalla su famoso dedo acusador.

Para el valiente “líder izquierdista” no todo fue camino de rosas, pues fue derrotado en las primeras elecciones parlamentarias por el pechoño franquista Jaime Guzmán Errázuriz, en Santiago poniente. Patricio Aylwin de le dio el premio de consuelo como ministro de Educación – si bien no era la anhelada rectoría de Chile, al menos se instalaba en Educación -.

De nuevo, la suerte no estaba a favor del líder del PPD: en las primarias presidenciales de 1994 perdió frente a Eduardo Frei Ruiz-Tagle – el único mérito era el apellido y, en esa época se caracterizaba por su falta de locuacidad, que siempre en Chile ha sido muy favorable a personajes políticos de pocas luces y carencia de formación humanística;  es difícil explicarse por qué la gente interpreta los silencios de estos políticos como signos de capacidad para gobernar <algo similar pasaba con Carlos Ibáñez del Campo> -.

Durante el gobierno de Frei Ruiz Tagle, en vez de ser llamado como ministro de Relaciones Exteriores – como era su ambición – tuvo que contentarse con el ministerio de Obras Públicas y, como su ambición era infimita quiso imitar a José Manuel Balmaceda y a Pedro Montt (el  responsable de la masacre de Santa María de  Iquique) con una innovador plan de conectividad  que, en su caso, consistió en entregar a empresas privadas la concesión de autopistas y caminos.

En 1999 la suerte parecía sonreír a Lagos: para las elecciones primarias debía competir con un mal candidato democratacristiano, Andrés Zaldívar, que ni siquiera atraía a los militantes de su Partido. Según Patricio Navia, en un artículo para una revista de ciencia política, sostenía que un 40% de los militantes y simpatizantes de la Democracia Cristiana prefería a Ricardo Lagos, y un 35%, por Zaldívar. Lagos ganó por un amplio margen en las primarias, con un 71,19%, contra el 28,31% de Zaldívar.

Con este resultado Ricardo Lagos estaba seguro del triunfo sobre el candidato de la derecha, Joaquín Lavín, a quien veían muy menguado frente al brillante estadista y docente, Ricardo Lagos.

La izquierda, ingenua como siempre, llegó a creer que el triunfo de Lagos iba significar poco menos que una vuelta del Allendismo a La Moneda, sin comprender que muchos socialistas se habían transformado en traidores – si antes representaban las esperanzas de la clase obrera y las ideas de progreso e igualdad para el pueblo chileno, hoy se habían convertido en lacayos del neoliberalismo <no otra cosa era la “tercera vía” de  Tony Blair, Rodríguez Zapatero  y de Francois Mitterrand> -.

La derecha, luego de tantas derrotas consecutivas, había descubierto un camino: usar el cosismo y el cohecho a gran escala y ofrecer la idea del cambio ante una ciudadanía agotada con el gobierno de Frei Ruiz-Tagle y, sobre todo, con la manera en que la Concertación había administrado el legado del dictador Augusto Pinochet – a veces la gente hubiera preferido optar por el original y no por la copia -.

El resultado de la votación en la primera vuelta fue prácticamente un empate: Lagos, 47,95%, Lavín, 47,51%. En la segunda vuelta Lagos ganó gracias al voto de los comunistas, a pesar de que Gladys Marín, con mucho sentido común, llamó a no votar por ninguno de los dos candidatos.

Una vez en el poder, Lagos eligió para los empresarios transformándose así en una especie de “San Expedito” de los empresarios y banqueros – en nuestra historia no había existido antes un “amor” tan profundo como el de Lagos con el presidente de la Asociación de Bancos y los directivos de los sindicatos de los empresarios – y en este período La Moneda se trasladó, con camas y petacas, a la Casa Piedra y a los encuentros de ICARE, que reemplazaban a la perfección los 21 de Mayo, sonde se rendía cuentas a los verdaderos  dueños de Chile y no a los ciudadanos, cuyo sufragio tenía poca importancia.

Hay que reconocer que el Presidente Ricardo Lagos  tenía gran capacidad histriónica, y cuando se dirigía al pueblo utilizaba elementos comunicacionales de gran potencia para llegar a la gente, por ejemplo, el referirse a “doña Juanita”, que reemplazó a Juan Verdejo, de la Revista Topaze.

El gobierno de Ricardo Lagos sólo fue superado por el del tirano Pinochet respecto a los casos de corrupción. El siguiente cuadro ilustra este aserto: durante el gobierno de Patricio Aylwin hubo 12 casos de corrupción; en el de Frei Ruiz-Tagle, 23; en el de Ricardo Lagos, 40; en el de Michelle Bachelet (primer mandato),  9 casos. En porcentajes de casos de corrupción de los gobiernos de la Concertación: Aylwin, el 14,3%; Frei, el 27,4%; Lagos el 47,6%; Bachelet, el 10,7%. Los actos de corrupción más notables fueron los de MOP-Gate, coimas y Ferrocarriles.

Aun cuando nosotros los ciudadanos tenemos mala memoria no sería malo hacer recordar que durante el gobierno de Lagos se planificó el desastre que Transantiago – implementado posteriormente por Bachelet -. Por otra parte, en el campo de la educación superior, se creó el famoso Crédito con Aval del Estado (CAE), que generado el endeudamiento masivo por parte de los estudiantes. En su afán de lucirse como gran innovador permitió la instalación de una empresa minera canadiense, en la provincia de Huasco, y la consecuente destrucción del ecosistema, interviniendo los glaciares.

En el plano político-jurídico  el acuerdo Longueira-Insulza entregó las campañas políticas a las empresas, y se implementó la eliminación de la colusión como delito punible.

Otro aspecto político, dice relación con los cambios a la Constitución espuria  de 1980, llevados a cabo a través de pactos con la derecha, fueron solamente  cosméticos, un verdadero “reencauchaje” – el mismo Lagos reconoce hoy que hay rehacer totalmente la Constitución, a partir de una página en blanco -.

Según mi parecer, la historia no ha sido maestra en la vida humana, pues  sus lecciones sirven para poco: por desgracia, los ciudadanos tienden a repetir los mismos errores una y otra vez, y nada de raro sería que luego de las crisis de legitimidad y confianza en las cuales estamos inmersos, se termine eligiendo a Ricardo Lagos para un segundo período que, seguramente, será más desastroso que el primero. Nada gano con reiterar que todos los segundos períodos – al menos en la historia política de Chile – han sido catastróficos, como ha ocurrido con Arturo Alessandri, Carlos Ibáñez del Campo y ahora, con Michelle Bachelet. Hay que ser muy ambicioso, con instintos suicidas o muy egocéntrico  para querer dar un paso tan peligroso.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El  Viejo)

27/03/2016

 

 

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