La fábula de Las Abejas y la corrupción de la casta política

08.02.2016
Bernard Mandeville, famoso fabulista – de fines del siglo XVII y comienzos del 18 – tuvo una gran influencia en la escuela austriaca de F. Hayek, y bien podría servir para justificar la corrupción de la casta política, basado en el lema de que los “vicios privados son beneficios públicos”. En esta fábula de Las Abejas escribía:

“Había una colmena que se parecía a una sociedad humana bien ordenada. No faltaban en ella ni los bribones, ni los malos médicos, ni los malos sacerdotes, ni los malos soldados, ni los malos ministros. Por descontado tenía una reina. Todos los días se cometían fraudes en esta colmena; y la justicia, llamada a reprimir la corrupción, era ella misma corruptible. En suma, cada profesión y cada estamento estaban llenos de vicios. Pero la  nación no era por ello menos próspera y fuerte. En efecto, los vicios de los particulares contribuían a la felicidad pública; y, de rechazo, la felicidad pública causaba el bienestar de los particulares. Pero su produjo un cambio en el espíritu de las abejas, que tuvieron la singular idea de no querer ya nada más que honradez y virtud. El amor exclusivo al bien se apoderó de los corazones, de donde surgió muy pronto la ruina de toda la colmena. Como se eliminaron los excesos, desaparecieron las enfermedades y no se necesitaron más médicos. Como se acabaron las disputas, no hubo más procesos y, de esta forma, no se necesitaron y ni abogados ni jueces. Las abejas, que se volvieron económicas y moderadas, no gastaron ya nada: no más lujos, no más artes, no más comercio. La desolación, en definitiva, fue general. La conclusión parece inequívoca: Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado. Fraude, lujo y orgullo deben vivir si queremos gozar de sus dulces beneficios”

Sería una estupenda idea que la casta política, en especial la UDI, recurrieran al filósofo, fabulista y moralista Mandeville para justificar los altos niveles de corrupción en que están sumidas, hoy por hoy, tanto la clase empresarial como la política. El presidente de la UDI, al buscar el acuerdo con el gobierno, con el objetivo de echar tierra a las graves aristas de corrupción política, especialmente en el caso PentaGate – al parecer, el gobierno esta vez ni  pisó el palito al declarar que la justicia debe cumplir su cometido, sin embargo, pasan los días y el Servicio de Impuestos Internos no formaliza a los implicados ante el fiscal de delitos de alta complejidad.

Como la UDI no tiene argumentos válidos y convincentes para defenderse de las graves acusaciones de delitos en que han incurrido los candidatos, van a buscar la vía de implicar transversalmente a todas las fuerzas políticas en estos asuntos de corrupción y ¡bienvenido sea!

En el fondo, la ley dictada por el acuerdo entre el Presidente profesor Ricardo Lagos y el profeta Pablo Longueira no pudo ser más inmoral, pues al mantener en secreto los aportes que distintas empresas dan a los políticos, sólo han logrado agregar más opacidad a una política, cada día más dependiente de los negocios, que convierte a los políticos en yanaconas, sirvientes y lacayos de los empresarios.

Es evidente que la única forma de poner una barrera entre el mundo de los negocios y la política es suprimir, radicalmente, el aporte de las empresas a las campañas electorales y, a su vez, combatir el lobby, penando drásticamente, incluso con la pérdida de su cargo, a aquel candidato que reciba prebendes de lobistas y empresas privadas.

Mandeville no sólo fue un gran moralista, que inspiró la idea de “dejar hacer, dejar pasar”, sino también, según autores, fue un consumado crítico de la hipocresía de su tiempo, sobre todo, del moralismo protestante, en la Holanda de fines del XVII. En los textos de este fabulista se puede encontrar una crítica muy radical a la interpretación de la caridad cristiana y, además, se puede encontrar la famosa idea de la derecha chilena, de la “puerta giratoria” que, según Mandeville, la blandura de los jueces era la causante de la propagación del delito. La derecha podría decir, con propiedad que solo los tontos se esfuerzan por “hacer de un gran panal, un panal honrado”. Fraude, lujo y orgullo deben convivir si queremos gozar de sus dulces beneficios.

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