A 25 años de la Caída del Muro: El destino de un hombre llamado Gorbachov

El signo de Caín, la mancha en la frente, es, desde el punto de vista bíblico, un estigma humillante, el símbolo del oprobio y, por sobre todo, el símbolo de la traición. No es, sin embargo, la única opinión. Para Herman Hesse, el gran escritor alemán, se trata de la señal de los elegidos, del puñado minoritario de hombres iluminados que se atreven a enfrentar el poder despótico del dogma divino. El Caín bíblico o el Demián hessesiano: he ahí una discusión bizantina para algunos o una apasionante controversia para los ámbitos intelectuales que plantean el problema desde un punto de vista filosófico-moral.

A 25 años de la caída del muro de Berlín, un viejo fantasma de más de 83 años, recorre Europa llevando un prosaico “nevus” en términos médicos, un lunar para el vulgo, ubicado en la amplia frente que posee. ¿Fue un Caín traidor y execrable o un Demián de superior inteligencia? Cualquiera de las dos alternativas haría de este individuo un hombre sin ninguna duda notable, combatido o admirado, pero jamás anónimo o “demodé”. A Mijail Gorbachov, nuestro hombre de la mancha del cual hablamos, le ocurrió, sin embargo, algo que ningún Caín-Demián habría presupuestado: cayó en desuso, se fue difuminando, diluyéndose junto con la delirante fama que lo acompañara hasta hace también 25 años atrás. ¿A qué se debe que a este otrora famoso personaje no lo destaquen ni siquiera en los actos más modestos con los que el capitalismo se regocija hoy por la caída del socialismo?

Al imperialismo dirigido desde Washington se le puede acusar de infinidades de maniobras juzgadas según el cristal del observador. Pero lo que nadie en el mundo puede hoy negar es la pasmosa habilidad con que movió los hilos para derrotar, para algunos sin retorno, para otros por un largo, pero transitorio tiempo, a la ideología más esperanzadora de los pueblos: el socialismo. En esto Mijail Gorbachov y su perestroika jugaron, sin duda, un crucial papel.

Hace algunos años, cuando el hombre de la mancha era todavía el secretario general del PCUS, cargo que equivalía al Zar de todas las Rusias dentro de las distorsiones que sufrió el marxismo, escribí un artículo que nadie quiso publicar. Me declaraba ahí, tras un pretensioso análisis ideológico de lo que ya entonces comenzaba a vislumbrarse como los primeros remezones de la posterior caída del socialismo, me declaraba, digo, como el único militante del partido comunista chileno al que no le gustaba Gorbi. Para entender la censura a mi artículo hay que ubicarse en la época. Los comunistas que posteriormente aprendieron ―o que deberían aprender— que un marxista debe someter siempre la realidad a una crítica objetiva, veían en Gorbachov al siguiente iluminado infalible producido por esa “cantera de genios” que era el partido comunista de la Unión Soviética. Los picotazos que comenzaba a dar el hombre de la mancha sobre las bases carcomidas del socialismo eran “los ajustes necesarios para modernizar el sistema”. Y hasta los aplausos incontenidos del imperialismo no eran más que “las pérfidas maniobras de la reacción para sembrar dudas sobre los cambios revolucionarios que lleva a cabo el PCUS dirigido por el camarada Gorbachov”.

Eran los tiempos de la áspera, pero solapada discusión que sacudía a la militancia de base del partido comunista en Chile ante el “diluvio que venía”. Sin embargo, el carro de los comunistas chilenos no había sido desenganchado todavía de la locomotora de Gorbachov que avanzaba, guiada deliberadamente por éste, hacia el abismo. Mi artículo fue censurado inmisericorde por “El Siglo” al cual lo envié con la ingenuidad de mis años mozos, más aún cuando en el último párrafo lancé una frase del todo irreverente para el entonces secretario general del PCUS que con tanta genialidad remozaba el socialismo. Dije en ese entonces “inevitablemente Gorbachov tendrá que caer. Será arrastrado por la misma tormenta que él está sembrando”.

Pero, en fin, la riada ya pasó. Se llevó todo, lo bueno y lo malo del socialismo. De una parte el innegable bienestar material que cualquier bien nacido que estuvo allá tiene que reconocer: el derecho a la educación, a la salud, al trabajo digno, al descanso, a la cultura, conquistado en décadas de hondo sacrificio. Y por otra parte se llevó también el oprobio de los socialdictadores que reprimieron a sus pueblos tergiversando y llenando de vergüenza al marxismo, creando un resentimiento lógico hacia la ideología así manipulada y creando, de paso, las condiciones para la aparición del “genial” Gorbi. Con todo, el aluvión dejó en el fondo de la caja socialista a la esperanza, pero eso es harina de otro costal que tendremos que ir llenado partiendo de cero.

Me interesa, en cambio, saber qué fue en los años posteriores del gran Gorbachov, el que fuera otrora el iluminado heredero de Lenin para algunos o el paladín de la democracia para otros, el hombre de moda del “jet set” de aquellos años, junto a Pierre Cardín, Carolina de Mónaco o la Cicciolina. Decíamos al comienzo que el Departamento de Estado norteamericano es algo ante lo cual no se puede evitar una versallesca reverencia. Noblesse oblige. Aunque también es justo reconocer que sin la ayuda de los fatales errores cometidos en el mundo socialista, el imperialismo jamás se hubiera alzado con el triunfo. Pero la carta clave la pusieron ellos, los yanquis. Esperaron, no digamos con la paciencia del gato porque hicieron lo posible para acelerar el proceso, pero esperaron el tiempo justo para lanzar su hombre a la palestra.

La firma final del acta de defunción del socialismo, al menos como sistema de naciones, debía ser puesta por un sujeto que fuera “de adentro”, que supiera camuflar su labor de zapa bajo la florida jerga de los grandes líderes del mundo socialista. El resto lo haría el genuino descontento ante la corrupción que también todo aquel que estuvo allá, si se es objetivo, debe reconocer que existía casi sin excepción en el sistema socialista de naciones.

La “genialidad” del hombre que se bajara hace algunas horas en Berlín mostrando su mancha ante unas cuantas palomas que se miraban entre sí con sentido de culpabilidad, es algo tan falso e inconsistente como sus propios actos de comunista ayer y de demócrata ahora. Alguien dijo que la grandeza de un hombre no se medía por su estatura y es muy cierto. Pero también es cierto que la genialidad de un estadista no puede medirse por su capacidad destructiva. En mi artículo de aquel entonces, dije que no le confería a Gorbi más que la genialidad de ser un excelente ingeniero de demoliciones porque estaba desmontando el edificio del socialismo sin provocar el derrumbe que aplastó a su colega Ceausescu. El tiempo demostró que esa fue su única y dudosa virtud. Independiente de las críticas o aplausos que le tributaran en uno u otro lado, Gorbachov habría alcanzado un sitial entre los elegidos si en vez de su artero camuflaje como comunista, que fue su mejor arma para destruir precisamente al comunismo —total, el fin justifica los medios― hubiera realizado todas las transformaciones profundas que necesitaba el socialismo, saneando las lacras de la sociedad desde sus cimientos, devolviendo al socialismo su verdadera cara y sus verdaderos objetivos. En una palabra, emprender los cambios revolucionarios, pero desde dentro, conservando los logros del socialismo, una verdadera perestroika que no hubiera sido un subterfugio para engañar la confianza del pueblo soviético que pedía realmente transformaciones democráticas del sistema.

Pero el simpático Gorbi no fue ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario, como dijo uno de por acá. Hoy es un remedo, una figura casi circense que recorre el mundo poniendo “la poruña” al mejor postor que pague por verlo. No cobra en rublos, sino en dólares y no importa si es un círculo de empresarios, un club de señoras o el Chuchunco F.C. Si pueden pagar, allá irá este fantasma al que el imperialismo le hizo creer un día que era el elegido de los dioses, salvador de una nación a la que el capitalismo quiso después repartirse como si fuera un botín de piratas. 25 años más tarde la euforia del imperialismo internacional se ha ido transformando en una mueca donde se refleja lo insólito de los resultados, la perplejidad de ver que los fragmentos del muro derribado comienzan a caer sobre el cráneo de sus demoledores. Hoy los ejemplos de este aserto se multiplican. El propio Gorbachov, invitado ayer a una modesta reunión en los extramuros de Berlín, esbozó una crítica acerba a EE.UU. que no habría cumplido los acuerdos (los de él con el Departamento de Estado) para el mundo post Unión Soviética. Por otra parte, más del 80% de los alemanes que vivieron en la ex RDA se lamentan hoy de la pérdida de los beneficios sociales del régimen fenecido, el derecho a la educación, a la salud, al trabajo, al descanso, que la Alemania capitalista no ha sido capaz de garantizarles. ¿Y qué ocurre en la Rusia de hoy, que Gorbachov entregara en bandeja a la voracidad capitalista? Un 65% del pueblo, cifra que crece de manera exponencial, sueña con reconstituir lo que alguna vez fue la primera potencia del mundo junto con EE.UU., no sólo por el orgullo nacionalista tan profundo del alma rusa, sino también por los mismos anhelos que mueven a los alemanes del Este respecto de los beneficios del socialismo. El propio Putin señaló la semana pasada que la caída de la URSS fue la peor desgracia del siglo XX.

En cuanto a nuestro hombre de la mancha, los yanquis dieron muestras, una vez más, de la crueldad de sus métodos, incluso con quienes alguna vez fueron sus testaferros. Dos años después de la caída del muro, en 1991, a Gorbi, el otrora ídolo de occidente, lo sacaron con una patada en el trasero una vez que cumplió el rol asignado: fue obligado a renunciar cediendo su cargo al verdadero hombre de Washington, aquel con cara de guardia nazi que esperó tras bambalinas hasta que le soltaron el collar: Boris Yeltsin, que confinó a Gorbi a un departamento de sesenta dólares mensuales en los extramuros moscovitas y que lo obligó a salir después a canastear su pasado esplendor por unos dólares más, llegando incluso a Chile en esos años. Recordarán ustedes que fue recibido en el aeropuerto, apenas, por un segundón Ravinet, entonces alcalde de Santiago, acompañado probablemente por el cura párroco del sector y por el sargento del retén de Pudahuel.

La bizantina discusión a que aludíamos al comienzo de este artículo, si acaso la mancha en la frente de Gorbi era un símbolo genial otorgado por Hesse, o el estigma oprobioso de Caín, le corresponde a usted dilucidarlo a la luz de los tiempos actuales. Lo que no se puede negar, es que una paloma, la del imperialismo, ríe solapadamente por su excelente puntería para “marcar” con tanta certeza el destino de un hombre.

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