El dilema del profesor Ricardo Lagos

¿“Es mejor ser amado que temido o más temido que amado”?

Según Nicolás Maquiavelo, en su libro El príncipe, lo mejor sería reunir ambas situaciones: ser amado y temido a la vez pero, desafortunadamente, esta realidad nunca se da. “La generalidad de los hombres son ingratos, volubles, cobardes ante el peligro y audaces en el lucro”, terminaba sosteniendo el famoso escritor fiorentino.

En la historia de Chile registramos, permanentemente esta doble actitud: el temor y amor. El padre de la patria, Bernardo O´Higgins, fue amado y, posteriormente, temido por la aristocracia, que lo obligó a abdicar; Diego Portales empleó el terror y fue a veces amado y  temido por pelucones, y odiado por los pipiolos; Manuel Montt, el más portaliano de los presidentes de los decenios, fue odiado por los liberales y amado por los pelucones autoritarios; José Manuel Balamceda asumió, triunfante, el poder, y terminó siendo odiado por la mayoría de los liberales, radicales y conservadores; posteriormente, su gobierno se transformó en un mito aceptado, incluso, por sus anteriores enemigos; Germán Riesco, el más débil de los presidentes de la República Parlamentaria, terminó siendo culpabilizado por los oligarcas, a causa de los escándalos de la Bolsa de Comercio (1904) y a mezcla entre los negocios y la política; Pedro Montt fue  apoyado  por los más progresistas de los críticos del Centenario –Luis Emilio Recabarren, Alejandro Venegas, entre otros – y terminó su mediocre gobierno con la culpa de la Matanza de Santa María de Iquique; Carlos Ibáñez del Campo fue el líder militar del Chile nuevo, y terminó siendo derrocado (1931); en 1952 fue elegido como el general de la esperanza, que iba a barrer con todos los políticos y terminó “gagá”, en un gobierno completamente fracasado; Eduardo  Frei Montalva fue elegido con una amplia mayoría de sufragios, para hacer una “revolución en libertad”; su Partido – Demócrata Cristiano – obtuvo 82 diputados –de un total de 145 -, y terminó entregándole el mando a Salvador Allende. Así, sume y sigue.

Diego Portales, Manuel Montt, Carlos Ibáñez y Augusto Pinochet emplearon, en diversos grados el terror, pretendiendo ser padres castigadores creyéndose, prácticamente, Dios. Germán Riesco y Barros Luco fueron presidentes débiles; Pedro Aguirre Cerda y Michelle Bachelet buscaron el amor de su pueblo, que siempre ha estado poco acostumbrado a estos cariños. Demás está decir que Maquivelo se pronuncia a favor de ser más temido que amado. Podríamos discutir, infinitamente, sobre la teoría política y visión del poder del famoso autor de La década del Tito Livio. ¿Era un admirador de las tiranías o de la república romana? ¿Sus consejos al Príncipe están basados en la moral cristiana o  la pagana grecorromana? Este análisis daría para un libro.

El profesor Ricardo Lagos Escobar es, a mi modo de ver, el hombre de mayor tradición republicana entre los presidentes del período de la Concertación. Fue educado por mujeres que, como todos sabemos, enseñan muy mal a los hijos varones: no en vano son las alimentadoras del machismo. Me imagino que varias veces le dijeron al niño Lagos: “tú serás presidente de la república y, como tal, debes estudiar para Dios”; estudió en el Instituto Nacional y fue Secretario General de la U. de Chile; para rematar, su perfil laico, fue militante del partido radical, antes de ser socialista.

El profesor Lagos es bastante narcisista, asertivo, enojón y, en extremo, valiente. Todos recordamos cuando se atrevió, en un canal de televisión, a desafiar con el dedo al tirano Pinochet. Lagos no es un “príncipe heredero”, como lo fue Eduardo Frei Ruiz-Tagle, tampoco un político antiguo, como Patricio Aylwin, sino que ha tenido que conquistar la presidencia de la Nación superando obstáculos que, para otros aspirantes, podrían ser insalvables. Perdió, en forma vergonzosa, en las primarias contra Eduardo Frei Ruiz-Tagle siendo, incluso, abandonado por algunos socialistas y PSD, que hoy son laguistas fanáticos.

Fue Ministro de Educación, donde actualizó sus capacidades docentes, posteriormente, Ministro de Obras Públicas, cartera despreciada en ese entonces, si las comparamos con Interior y Relaciones Exteriores, convirtiéndose en un gran constructor de puentes, autopistas y ferrocarriles; en este plano se parece mucho a Pedro Montt – presidente de la república (1905-1910), y a Eduardo Frei Montalva, que fue Ministro de esta Cartera durante el gobierno del radical Juan Antonio Ríos.

Como el que la sigue la consigue, al fin, en 1909, llegó la hora de Ricardo Lagos. Si bien casi empata en la primera vuelta con el populista-derechista Joaquín Lavín, al fin triunfó en el ballottage. La herencia dejada por su antecesor, Eduardo Frei, no pudo ser más funesta: Chile crecía –1% y las tasas de interés contaban dos dígitos; el crédito bancario a la Pymes estaba destruido; el Profesor resistió, estoicamente, sus dos primeros años, a causa de un bajo crecimiento económico y de  escándalos de corrupción, entre ellos el Mop-Gate; incluso acudió en su auxilio el jefe de la UDI, Pablo Longueira.

Afortunadamente, nuestro docente fue elegido por un período de seis años, si hubiera sido por menos, la realidad hubiera sido muy distinta. Este panorama nos permite dividir su período en dos etapas muy marcadas: una primera muy difícil y mediocre y, una segunda, exitosa, sobretodo para la aplicación del modelo.

Los empresarios terminaron adorando a nuestro académico: casi se convirtió en su San Expedito, pues hacía milagros con solo mover un dedo, aquel que lo hizo famoso. Lagos es el único prohombre que tiene doble militancia (PPD y PS): Durante su gobierno se hizo famoso por su mano firme y su mal carácter; Maquivelo decía que un “príncipe debe hacerse temer, de modo que si no se granjea el amor, evita el odio”. A Ricardo Lagos le temían a muerte periodistas como Iván Núñez, los estudiantes, los trabajadores y los ecologistas, que se atrevían a suspender sus geniales clases magistrales

Nuestros príncipes no son eternos: un buen día de marzo  Ricardo Lagos tuvo que entregar el poder a Michelle Bachelet; la bella presidenta no pudo interpretar, en todo su significado, el recado que le mandaba su predecesor, cuando le dijo sonriente que le dejaba muchas tareas. Michelle creía que era reparar algunos teléfonos de La Moneda y no poner en marcha el Transantiago, construir un puente que una a Chiloé con el continente o convertir en proba una Institución como ChileDeportes, o tapar el hoyo financiero de Ferrocarriles; la mochila era en verdad mucho más pesada que eso.

Lagos es un expresidente inteligente, culto y versado en muchas materias, entre ellas historia de Chile; sabe muy bien que el mandatario saliente debe abstenerse de formular declaraciones, mucho menos dar consejos a su sucesora; además, debiera saber que, en nuestra historia, todos los segundos períodos han sido catastróficos: baste recordar a Manuel Montt, a Arturo Alessandri, a Carlos Ibáñez, y tantos otros. Lagos se dedicó a ser presidente de un club de ex mandatarios seniors y, posteriormente, a integrar una Comisión de la ONU, sobre calentamiento global. La derecha política está convencida que va a llegar al poder, para ello no ha trepidado en denostar, a veces injusta y violentamente, al ex presidente Lagos, a quien querían y admiraban anteriormente. No puedo más que solidarizar con el ex presidente cuando es amenazado de muerte por deschavetados, que confunden la justa opinión  a que tiene derecho todo ciudadano, con propagar el odio y la venganza; es el mínimo que puede hacer u hombre de bien, sin embargo, no por este hecho condenable, suprimiré mi visión crítica de su actuación como político, que tiene luces y sombras.

Recuerdo que los mismos derechistas que lo alabaron, casi con un ciego amor, hoy se empeñan en destruir su imagen. Siempre sigue en mi mente la frase de Radomiro Tomic: “quien pacta con la derecha, es ésta la que gana”. Es el signo fatal de los socialistas, que terminan guardianes del mercado neoliberal.
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