¡Plebiscito y Asamblea Constituyente ahora!
por Rafael Luis Gumucio Rivas, El Viejo (Chile)
7 años atrás 5 min lectura
26/10/2019
Habría que remontarse a los comienzos del siglo XX para encontrar algunos antecedentes de ciudades chilenas en manos de los explotados: en Valparaíso, la famosa huelga de la Sudamericana de Vapores; en Santiago, la rebelión por el alza del precio de la carne argentina; también en Santiago, el inolvidable 2 de abril de 1957, al que sucedió una masacre de pobladores, durante el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo.
Hoy, cerca de un millón trescientos mil santiaguinos y más de tres millones contando todas las ciudades del país, se manifestaron en demanda de dignidad, justicia, igualdad y fin del abuso.
No hay, hasta ahora, ningún antecedente en Chile de una manifestación masiva y cultural y con raíces profundas en la no-violencia activa. Estas marchas a través del país demostraron el alto nivel de conciencia de la sociedad civil chilena: durante todo el día se mantuvo la paz, (que demuestra que la violencia siempre es producto de la provocación como estrategia por parte de las llamadas fuerzas de orden y seguridad).
Dos canciones de un pasado no muy remoto sintetizaron el espíritu de esta nueva convocatoria: “El derecho de vivir en paz”, de Víctor Jara, y “El baile de los que sobran”, de Los Prisioneros, que a todo pulmón fue coreadas por los manifestantes.
Si quisiéramos resumir en pocas frases lo esencial de la religión neoliberal, podríamos hacerlo en una de las obras del célebre ideólogo de la filosofía reaganiana C. Murray:
“Los estímulos visibles que una sociedad puede realistamente ofrecer a un joven pobre con un nivel medio de capacidad y de laboriosidad son, sobre todo, estímulos de penalización y de desaliento: si no aprendes, te echamos; si delinques, te metemos entre las rejas; si no trabajas, te aseguramos que tu existencia va a ser penosa y que cualquier trabajo te va a resultar preferible…Prometer más es fraude…”. (Citado por Antony Doménech, 2000, y reproducido por Enríquez Gumucio, 2013, pág. 109).
Ronald Reagan y Margaret Thatcher afirmaban que la sociedad no existe, sólo hay individuos y personas, pero no pudieron llevar a cabo su proyecto neoliberal, pues era incompatible con una sociedad democrática, y el único que logró implementarlo fue el tirano Augusto Pinochet que, a sangre y fuego, lo impuso en Chile, país que se convirtió en el modelo del neoliberalismo en América Latina.
A mi modo ver, la vía no-violenta en las manifestaciones es el método que se aproxima cada vez más a una salida política que, necesariamente debe retornar el poder a quienes son sus propios detentores, los ciudadanos.
Desde la independencia los chilenos no han tenido ninguna posibilidad de dictar sus propias reglas de convivencia, es decir, una Constitución en cuya formulación, redacción y aprobación hayan participado los ciudadanos. Algunas veces, en la vida democrática, han estado cerca de lograrlo: en la crisis de 1925, durante el gobierno del demagogo Arturo Alessandri, estuvieron a punto de conseguir este objetivo con la Asamblea Constituyente de trabajadores e intelectuales, (45% de proletarios, 20% de empleados, 20% de profesores, 7% de estudiantes, 8% de profesionales e intelectuales), pero las maniobras de este Presidente, sumado al “golpe de sable”, del inspector general del ejército Mariano Navarrete , cerró todo debate sobre la posibilidad de discutir siquiera sobre la Constitución, y sólo había que votarla en un plebiscito amañado y fraudulento.
La Presidenta Michelle Bachelet, durante la campaña a la presidencia de la república por segunda vez, prometió una nueva Constitución, pero este proyecto quedó sólo cabildos, en los cuales los ciudadanos demostraron mucha más madurez, sentido común, competencias y profundidad que la casta política.
La infinidad de temas sobre abuso que hoy han manifestado tanto ciudadanos comunes como especialistas en las distintas ramas del saber, necesariamente tienen que llevar a una solución política, cuyo lugar institucional sean las asambleas y los cabildos.
Quizás el gran mérito de esta rebelión popular contra el abuso de poder de una minoría de millonarios que concentran el poder económico y político contra una mayoría desprotegida y maltratada por el Estado, es que su dirección es horizontal, y no hay “mandones” que la encabecen, pero este mérito, a su vez, es su talón de Aquiles, pues delimita lo que es propio de la política, el diálogo y la búsqueda de soluciones.
El biólogo y Premio Nacional de Ciencias, Humberto Maturana, escribía que “los niños necesitan de adultos, a quienes admirar”; lo mismo vale para la sociedad civil y los adultos, que también requieren líderes y modelos a quienes creer e imitar. Desgraciadamente, la mayoría de los verdaderos líderes, (a quienes admiré, entre ellos a Salvador Allende), ha muerto y hoy, no se vislumbra como tal a ninguno de los dirigentes políticos actuales.
A la derecha le conviene una situación caótica, (asaltos e incendios a supermercados, ataques a las estaciones del Metro…), pues la historia prueba que el miedo favorece el surgimiento de un líder “bonapartista”, (los ejemplo abundan: en 1848, el golpe de Napoleón, el Pequeño; el boulangerismo y el pujadismo; Mussolini y la marcha sobre Roma; la elección de Hitler como Canciller, y tantos otros). Hoy se hace más urgente que nunca descubrir y aislar a los saboteadores y los activistas de la derecha a fin de lograr una salida política: “la efectiva insurrección popular será pacífica o no será”.
Ya Sebastián Piñera pasó a la historia y se llevará consigo más de 20 muertos, y la frase que dirigió a Maduro “cómo puede haber un hombre tan ambicioso de poder que sea indiferente ante la muerte de miles de venezolanos…” se le vuelve en contra y le cae de perillas.
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