Un conflicto militar comienza cuando se realiza el primer disparo. Nadie puede hacer retornar una bala o detener un proyectil de artillería. A eso llaman los militares: “la línea de no retorno”. Al ordenar operaciones de su ejército en territorio ecuatoriano, Uribe tiró la primera piedra. Ahora no se trata de prevenir un conflicto sino de detener la escalada.
Como muchas veces se ha advertido, los conflictos en Colombia, con más de un millón de kilómetros cuadrados, la mitad de ellos formados por bosques y selvas en las que operan movimientos guerrilleros, organizaciones paramilitares y terroristas, bandas de narcotraficantes y una ralea de bandidos, sicarios y delincuentes, no son exclusivamente internos sino que amenazan y afectan a todos sus vecinos.
En un acto de barbarie, desafío al derecho e irrespeto a un país vecino, después de ubicar al jefe guerrillero, Raúl Reyes, las fuerzas armadas de Colombia, invadieron el territorio ecuatoriano, penetraron en su profundidad y mediante una vasta operación aerotransportada, montada con calificado asesoramiento de inteligencia electrónica y realizada con total conocimiento de que se violaba la integridad de la frontera de Ecuador, ultimaron al segundo hombre de las FARC.
El conflicto militar que ya se desató y que ha motivado a tres presidentes a impartir órdenes para que unidades de tanques, artillería e infantería de Colombia, Ecuador y Venezuela se desplacen a las fronteras y ocupen posiciones de partida, crea peligros enormes. En medio de tal movilización y bajo semejantes tensiones, cualquier incidente, un disparo escapado o un accidente, pueden desencadenar acciones combativas letales.
El actual contencioso paraliza los esfuerzos políticos para obtener la libertad de civiles en poder de las FARC, que avanzaban hacía un dialogo que podía conducir a la paz en Colombia, donde el proceso político se congeló cuando en 1948 fue asesinado el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán y la oligarquía impuso el esquema de alternancia entre liberales y conservadores, todavía vigente. Aquellas mismas circunstancias activaron mecanismos que dieron lugar a la lucha armada iniciada hace más de 40 años.
La situación interna del país sudamericano, dominado por una violencia virtualmente endémica y ante la incapacidad de los sucesivos gobiernos para ponerle fin, ejercen una enorme presión sobre los siete mil kilómetros de fronteras terrestres con cinco países que el Estado colombiano no sólo es incapaz de proteger, sino que vulnera abiertamente, lo cual provoca incidentes y roces con las naciones limítrofes.
Si no hubiera otros argumentos y muchas razones, políticas, legales y sobre todo humanitarias, la incursión del ejército colombiano en territorio de Ecuador para ultimar allí a Raúl Reyes, segundo jefe de las FARC, prueba la urgencia de encontrar soluciones antes de que la situación quede fuera de control.
Lo más peligroso de la actual situación es las posibilidades que crea para el reverdecimiento de antiguas rencillas y odios nacionales y que pueden frustrar los pasos firmes y prometedores hacia la cooperación y la integración latinoamericana y que manipulados por la propaganda pueden hacer retroceder la historia a etapas ya superadas.
Nadie, ni siquiera sus irresponsables instigadores tienen dudas acerca de que un conflicto militar que puede conducir a una guerra fraticida, causará enormes prejuicios y sufrimientos a los pueblos de la región, no beneficiara a país ni proyecto alguno y crearía condiciones para la intervención norteamericana contra los gobiernos progresistas de la región, especialmente los de Venezuela, Ecuador y Bolivia.
No hay que llamarse a engaño. No se trata ahora de una acción para derrocar a Chávez o crear problemas a Correa, sino de una conspiración de largo aliento, monitoreada por Estados Unidos destinada a apoderarse del petróleo de Venezuela y Ecuador, el gas de Bolivia y el agua y la biodiversidad de la amazonia. Teniendo a Uribe para hacer el trabajo sucio, Estados Unidos puede hacer estallar una guerra en la que probablemente no tenga ni siquiera necesidad de intervenir directamente.
Lo que ahora ocurre en varias fronteras sudamericanas no es causa ni premisa, sino consecuencia y resultado de políticas gubernamentales ineficaces e irresponsables, así como de opciones de liberación históricamente desfasadas que han apostado por soluciones violentas para problemas solubles por medios políticos y diplomáticos que, en lugar de posiciones de fuerza y de actitudes intransigentes, requieren talento, madurez, realismo e incluso, tolerancia.
Desactivar ahora el conflicto, hacer prevalecer los intereses legítimos de los pueblos y cerrar el paso a las maniobras imperiales es la palabra de orden. En una hora que puede ser decisiva, es preciso que al valor no le falte la inteligencia.
* Fuente: Altercom
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