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El gusano de ojos agua y el cuervo tricolor

El gusano de ojos agua y el cuervo tricolor
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23 de septiembre de 2026

Hay discursos que se pronuncian ante una asamblea y otros que parecen pronunciados ante un espejo. El discurso de José Antonio Kast ante la Asamblea General de las Naciones Unidas pertenece, al menos para quien escribe estas líneas, a esa segunda categoría: más que una conversación con el mundo, pareció una representación destinada a confirmar una imagen de Chile que el propio Gobierno quiere proyectar.

Kast llegó a Nueva York hablando de orden, libertad, seguridad, crecimiento, inversión y desarrollo. Dijo que Chile comienza a caminar hacia el desarrollo y que las reformas que, a su juicio, estructuran el futuro ya están en marcha. También sostuvo que orden y libertad no son conceptos contradictorios y que una mayor seguridad permitiría recuperar confianza, crecimiento, empleo e inversión.

Hasta ahí, nada particularmente extraordinario. Es el lenguaje reconocible de una derecha contemporánea que ha aprendido a envolver sus proyectos políticos en palabras capaces de producir adhesión transversal: nación, patria, familia, libertad, seguridad, futuro.

El problema aparece cuando las palabras comienzan a sustituir a la realidad.

Porque una cosa es gobernar y otra muy distinta es construir un relato sobre el país que gobierna. Y aquí aparece aquello que podríamos llamar la gula discursiva del republicano promedio: una voracidad casi insaciable por repetir conceptos solemnes hasta vaciarlos de contenido. Nación. Patria. Familia. Orden. Libertad. Seguridad.

Palabras enormes, pronunciadas como estampitas.

Pero ¿qué nación?

¿La nación entendida como comunidad histórica, como territorio, memoria, soberanía, instituciones y ciudadanía? ¿O la nación reducida a una propiedad privada de quienes creen haber recibido, por alguna misteriosa genealogía, el derecho natural a administrarla?

Porque hay una contradicción difícil de ocultar: quienes hablan permanentemente de patria parecen tener, en ocasiones, una relación bastante más incómoda con el Estado. Lo presentan como ineficiente, burocrático, costoso e invasivo; denuncian sus fallas y prometen reducirlo. Pero, al mismo tiempo, recurren a él para garantizar seguridad, infraestructura, subsidios, contratos, protección jurídica, orden público y condiciones favorables para la inversión.

Se critica al Estado mientras se profita de él.

Se denuncia su tamaño mientras se reclama su fuerza.

Se lo acusa de inoperante y, simultáneamente, se le exige que aparezca cuando el mercado no resuelve aquello que el discurso prometía resolver.

La paradoja merece ser observada.

Y quizá aquí esté una de las grandes preguntas sobre la palabra patria en el imaginario republicano: ¿es realmente una comunidad política o termina siendo, en último término, un territorio concebido como extensión de la propiedad privada?

Porque si la patria es únicamente propiedad, entonces la nación deja de ser una comunidad de ciudadanos y se convierte en inventario.

Hay otra palabra que resulta todavía más incómoda: soberanía.

Kast ha insistido en que Chile no está subordinando su soberanía al incorporarse al denominado Escudo de las Américas, iniciativa impulsada por Donald Trump para coordinar a distintos países en materia de crimen organizado y narcotráfico. El propio Presidente señaló que no existe un tratado y que la coordinación no supone pasar por encima de la soberanía ni de la institucionalidad chilena.

La declaración es clara. La discusión, sin embargo, recién comienza.

Porque soberanía no significa solamente ausencia de un tratado internacional. También significa capacidad de decidir autónomamente cuáles son las prioridades estratégicas de un Estado, con quién se coordina, bajo qué condiciones y hasta dónde está dispuesto a comprometerse.

Y aquí la imagen resulta inevitable: mientras en Naciones Unidas se habla de soberanía, en Nueva York se estrechan vínculos con un proyecto geopolítico diseñado desde Washington.

No es necesario afirmar que Chile haya perdido su soberanía para formular la pregunta. Basta preguntarse cuánto espacio de autonomía existe cuando un pequeño país latinoamericano decide alinearse con una arquitectura hemisférica promovida por la principal pre -potencia militar del planeta (el juego del prefijo se hacia necesario)

La pregunta es legítima precisamente porque Chile tiene una larga historia de relaciones complejas con Estados Unidos y porque América Latina conoce demasiado bien los efectos de las doctrinas hemisféricas diseñadas desde el Norte.

El asunto es Trump pero tambien es la relación entre poder y subordinación.

Y aquí aparece una palabra deliberadamente incómoda: pleitesía.

No porque toda cooperación internacional sea pleitesía. No porque toda relación con Washington implique sometimiento. Sino porque una determinada estética política puede terminar convirtiendo la relación entre países en una relación entre amo y discípulo.

La escena tiene algo de teatral.

El Presidente chileno hablando de soberanía mientras estrecha la relación con el proyecto hemisférico de Trump!!!(el presidente mas cuestionado de los EEUU..envuelto en escandalos más aberrantes que la sociedad protestante del norte silencia!)

Un mandatario latinoamericano buscando reconocimiento en la capital política de la potencia norteamericana. Y un discurso que parece mirar más hacia Washington que hacia América Latina.

Es difícil no recordar entonces aquella vieja imagen de Patricio Manns, esa canción que tantas veces representó al poder imperial como un ave enorme, rapaz, CUERVO, siempre pendiente de encontrar dónde clavar el pico. El problema, en esta escena, es que el continente pareciera ofrecerle la carnada.

Y la carnada esta vez viene en tamaño gusano XXL

Pero hay algo todavía más profundo.

El discurso republicano contemporáneo puede ser leído, críticamente, como una especie de neofascismo disfrazado de postcolonialismo: no porque toda la derecha sea fascista —afirmación demasiado simple y políticamente inútil— sino porque ciertos componentes retóricos contemporáneos combinan nacionalismo, culto al orden, exaltación de la autoridad, enemigo interno, securitización de la política y nostalgia de una comunidad nacional idealizada.

El disfraz postcolonial aparece cuando esa retórica de soberanía termina mirando hacia el poder exterior en busca de legitimación.

La patria se grita.

La bandera se agita.

La nación se invoca.

Pero la dependencia puede permanecer intacta.

Y ahí surge una contradicción fascinante: ¿cómo puede proclamarse un nacionalismo que parece necesitar permanentemente la aprobación del gran poder extranjero?

El nacionalismo de verdad debería incomodar también al poderoso. Debería ser capaz de decirle que no al amigo. Debería defender los intereses nacionales incluso cuando hacerlo resulte incómodo para Washington, Beijing, Buenos Aires o cualquier otra capital.

De lo contrario, la patria corre el riesgo de transformarse en escenografía.

También hay que mirar las cifras.

Kast habló ante Naciones Unidas de un Chile que comienza a caminar hacia el desarrollo y de una economía que estaría recuperando confianza, crecimiento, empleo e inversión.

Pero la realidad económica no se modifica porque un Presidente la describa de determinada manera.

El INE informó que la tasa de desocupación nacional alcanzó 9,5% en mayo-julio de 2026, con un aumento de 0,8 puntos porcentuales en doce meses y una reducción de 0,2% en el número de personas ocupadas.

Eso no demuestra por sí solo que la economía esté paralizada. Tampoco demuestra que esté floreciendo.

Demuestra algo más sencillo: que la realidad es más compleja que el discurso.

Y esa complejidad resulta particularmente relevante cuando se habla de nuevas tecnologías.

Porque la tecnología puede aumentar la productividad, abrir mercados y generar nuevas actividades. Pero también puede sustituir trabajo humano, modificar las relaciones laborales y concentrar los beneficios económicos si no existen políticas capaces de distribuir sus ganancias.

Basta entrar a un supermercado.

Treinta cajas.

Seis trabajadores.

El resto: máquinas.

La pregunta entonces no es si la tecnología es buena o mala.

La pregunta es: ¿quién se queda con la productividad que genera?

Porque para el trabajador precarizado, para quien tiene dos empleos, para quien debe endeudarse para pagar medicamentos o recurrir a una rifa para resolver una emergencia familiar, la revolución tecnológica puede tener un rostro bastante menos luminoso que el de una presentación ante inversionistas.

El progreso no consiste solamente en producir más.

También consiste en preguntarse para quién se produce.

…..Y entonces regresamos a la patria.

La patria no puede ser solamente una bandera.

No puede ser un himno.

No puede ser una propiedad.

No puede ser una familia.

No puede ser un apellido.

Y tampoco puede ser un linaje.

La patria es, antes que nada, una comunidad política.

Es el trabajador que espera el bus.

Es la profesora que enseña en una escuela pública.

Es el pequeño comerciante.

Es el campesino.

Es el empresario.

Es el funcionario.

Es el migrante que llegó buscando una vida mejor.

Es el niño que todavía no sabe qué significa la palabra patria, pero que algún día descubrirá que también le pertenece.

Por eso resulta difícil conciliar un discurso de patria con una política que, según sus críticos, concibe al Estado principalmente como obstáculo para la iniciativa privada.

Porque el Estado también es patria.

El hospital público es patria.

La escuela pública es patria.

La carretera es patria.

La universidad pública es patria.

La seguridad social es patria.

La institucionalidad que protege al ciudadano frente al poderoso también es patria.

Y si se destruye todo eso en nombre de una libertad entendida exclusivamente como libertad económica, entonces quizá lo que desaparece no sea el Estado, sino una parte sustancial de la propia idea de comunidad nacional.

Hay finalmente una ironía histórica.

Argentina ya conoció el mecanismo mediante el cual una guerra puede convertirse en una poderosa herramienta de movilización nacional.

La dictadura militar argentina recurrió a la cuestión de las Malvinas en 1982, en un contexto marcado por una severa crisis económica, creciente protesta social y graves violaciones de derechos humanos. La guerra no resolvió esas contradicciones; las desplazó temporalmente hacia una causa nacional.

La historia demuestra que el nacionalismo puede ser utilizado para desplazar el debate interno.

Por eso toda apelación contemporánea a la guerra, al enemigo externo o a la amenaza internacional merece ser examinada con cuidado.

No porque toda amenaza sea inventada.

Sino porque la historia enseña que el miedo puede ser políticamente rentable. Mientras una sociedad mira hacia la frontera, puede dejar de mirar hacia el salario. Mientras mira al enemigo exterior, puede dejar de mirar la desigualdad. Mientras observa la guerra, puede dejar de preguntar por el costo de la vida.

Y mientras todos miran hacia el cielo esperando al enemigo, nadie pregunta quién está vaciando la casa.

Por eso el discurso de Kast ante Naciones Unidas puede ser leído como algo más que un discurso presidencial.

Puede leerse como una fotografía de una determinada fantasía de idea de Chile.

Un Chile ordenado.

Un Chile seguro.

Un Chile abierto a la inversión.

Un Chile alineado con Occidente.

Un Chile dispuesto a participar en nuevas alianzas hemisféricas.

Un Chile que proclama soberanía mientras se aproxima al proyecto estratégico de Washington.

Pero existe otro Chile.

El Chile que pregunta.

El Chile que duda.

El Chile que no confunde patria con propiedad.

El Chile que entiende que la soberanía no consiste únicamente en decidir dentro de las fronteras, sino también en conservar la capacidad de decidir frente al poder extranjero.

Y ese Chile tiene derecho a preguntar. ¿Dónde está la patria cuando la política económica se subordina al capital?; ¿Dónde está la soberanía cuando las prioridades hemisféricas comienzan a definirse en Washington?; ¿Dónde está el Estado cuando quienes más lo critican recurren a él para garantizar sus privilegios?;¿Dónde está la nación cuando la palabra nación se convierte en un eslogan?

Quizá por eso Kast necesita ser llamado antipatriota para que su discurso pueda ser críticamente examinado.

Basta observar sus contradicciones.

Basta contrastar sus palabras con las decisiones.

Basta mirar la distancia entre la bandera que se agita y los intereses que se protegen.

Porque el verdadero nacionalismo no consiste en gritar más fuerte ¡Chile!.

Consiste en defender la capacidad de Chile para decidir por sí mismo.

El hombre que quiere aparecer como el gran patriota latinoamericano corre el riesgo de quedar atrapado en una escena demasiado antigua: la del pequeño poder periférico que busca reconocimiento ante el gran poder imperial.

Un republicano de ojos claros, diría la sátira.

Un hombre que quiere hablar como dueño de la patria mientras busca el beneplácito del dueño del hemisferio.

Y allí, frente a las Naciones Unidas, la escena adquiere una dimensión casi literaria.

No es el cóndor.

No es el águila.

Es algo más pequeño….

Un gusano que se arrastra hacia los pies del gigante.

Y mientras el gigante extiende su sombra sobre América, desde el extremo sur alguien insiste en llamarlo soberanía.

Tal vez la historia juzgue el gesto.

Pero mientras tanto, conviene hacer algo mucho más sencillo:

mirarlo con atención.

Porque a veces, como escribió Georges Didi-Huberman, lo que vemos también nos mira.

Y en este caso, lo que nos mira desde Nueva York no es solamente un discurso presidencial.

Es una determinada idea de Chile.

La pregunta es si esa idea cabe todavía dentro de la palabra patria.

*Fuente: PrensaOPAL

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