Cuba ante el hombre lobo
por Iramis Rosique Cárdenas (Cuba)
8 meses atrás 6 min lectura
29 de enero de 2026
Fue tremenda la imagen de cientos de personas esperando, bajo la lluvia, cerca de la Plaza de la Revolución de La Habana, para rendir honores a los 32 cubanos caídos defendiendo al presidente de Venezuela Nicolás Maduro. Debe haber sido impresionante, incluso para la administración Trump. Y no solo impresionante, sino también inesperado.
Hace pocas semanas, horas después del secuestro de Maduro, Trump y algunos otros de su administración se jactaban de que las horas de Cuba estaban contadas. El propio mandatario norteamericano dejó entender que, si bien ya habían aplicado sobre la isla toda la presión no militar posible, no sería necesario hacer nada más porque aquello caería —como decimos en Cuba— «por su propio peso».
Imagino que la masividad del funeral y de la posterior marcha del pueblo combatiente del 16 de enero habrán producido desconcierto en la Casa Blanca, cuando no cayeron directamente como un balde de agua fría.
No es la primera vez que los cubanos enfrentamos el descenso abrupto del nivel de vida, los largos cortes de electricidad o la escasez de bienes básicos de consumo
Cuba lleva cinco años viviendo una de las peores crisis de su historia como nación. Esta crisis tiene una dimensión material, económica, que la emparenta con aquella de los años noventa cuando el país perdió de la noche a la mañana el mercado internacional en el que estaba inserto.
No es la primera vez que los cubanos enfrentamos el descenso abrupto del nivel de vida, los largos cortes de electricidad o la escasez de bienes básicos de consumo. Sin embargo, la crisis también tiene una dimensión político-moral. Esto se verifica en cierta sensación de frustración y desesperanza que es fácilmente perceptible cuando se conversa con la gente en la isla.
También la tendencia a la desmovilización, al recogimiento hacia la vida privada, al escepticismo respecto a cierta retórica política oficial que no se ha renovado con suficiente rapidez frente al pasar de los años, son síntomas de ese lado de la crisis, del debilitamiento hegemónico de un poder, de un proyecto y del discurso que los sostiene.
El agotamiento social no se traduce en debilitamiento de los valores patrios. El hartazgo por políticas económicas fallidas o por formas de conducir el Estado que quizá necesitan cambiar, no implica, de ninguna manera, una pérdida de compromiso con la soberanía nacional
Sin embargo, ahí estaba la gente junto a sus muertos. Quizá no toda la gente, pero sí mucha gente. Ni el pesimismo de la razón que podrían poseer un patriota o un amigo de Cuba, ni el cinismo calculador de sus enemigos, podían anticipar a lo que allí ocurrió.
Estas jornadas nos dejan una lección clave: el agotamiento social no se traduce en debilitamiento de los valores patrios. El hartazgo por políticas económicas fallidas o por formas de conducir el Estado que quizá necesitan cambiar, no implica, de ninguna manera, una pérdida de compromiso con la soberanía nacional.
La derecha cubana siempre ha tenido mucha dificultad para comprender la psicología política nacional. Quizá por eso, mientras llama a una acción militar y a más «mano dura» por parte de Washington, cuestiona el luto y la solemnidad del pueblo como apoyo «al comunismo», «a la dictadura» o «al gobierno».
No entienden que, en enero de 2026, ante las amenazas de intervención o bloqueo naval, y con la frescura de los muertos caídos en combate frontal contra el enemigo que todo el mundo conoce bien desde niño, la disyuntiva de Cuba trasciende la cuestión del socialismo o del apoyo al gobierno. Es la nación lo que se debate: su derecho a ser, y su dignidad.
Es comprensible que tanto desde el cinismo que caracteriza la política yanqui como desde el alineamiento colonial —negador de la mayoría de los valores patrios— que signa a la derecha cubana, esto que vamos explicando no sean más que pamplinas. Ambos poseen un límite que, de político, se vuelve hasta epistemológico.
Ahora el estímulo fue la manifestación directa y descarnada de la agresividad imperialista a través de la muerte real de cubanos reales y de la amenaza militar abierta
Donde unos vemos ritos de solemnidad que mezclan dolor, memoria revolucionaria y sentido de comunidad frente a la agresión externa, ellos solo ven control autoritario o cohesión fabricada, sin captar la profundidad de la socialización política y la memoria colectiva cubanas. Son valores y sensibilidades que, bajo determinadas circunstancias y estímulos, reflorecen porque están dormidos, no extintos.
Ahora el estímulo fue la manifestación directa y descarnada de la agresividad imperialista, no mediante acciones diplomáticas, no mediante medidas coercitivas unilaterales, no mediante aquel bloqueo sin final que se confunde con los errores del gobierno, sino a través de la muerte real de cubanos reales y de la amenaza militar abierta.
En los días posteriores al funeral, han circulado con más fuerza las amenazas de un bloqueo naval de combustible a Cuba. Esto iría a contracorriente de las declaraciones hechas sobre los envíos de combustible desde México a la isla donde EE. UU. afirmaba que iba a «permitir» que continuaran tales intercambios, quizá en aras de que no les interesaba «una Cuba desestabilizada» según palabra de Rubio.
Podría ser que la respuesta del pueblo cubano a toda esta situación apagó un poco el optimismo inicial, y estén buscando acelerar o la rendición mediante la amenaza de bloqueo naval o efectivamente el colapso a través de la medida en cuestión. Podría ser simplemente un amago.
Podría ser un simple congraciarse con el lobby cubanoamericano. En cualquier caso, la escalada en las amenazas lo que sí indica es que los Estados Unidos siguen sin comprender a Cuba. Amenazar con un bloqueo naval o con invasión colocando un portaaviones en nuestras costas no debilita al Estado cubano.
Antes bien redefine el conflicto en términos nacionales y existenciales, exactamente el terreno donde Washington siempre ha perdido.
Esa incapacidad de ver a Cuba más allá de los prejuicios ideológicos es, en última instancia, el mayor error estratégico de la Casa Blanca
Wayne Smith, jefe de la Sección de Intereses norteamericana en La Habana en tiempos de Carter y Reagan, decía que Cuba parecía tener el mismo efecto sobre las administraciones estadounidenses que la luna llena sobre los hombres lobo.
Toda racionalidad que evalúe objetivamente tanto lo que Cuba ha demostrado ser, como lo que a Estados Unidos en serio le beneficiaría, está suspendida. En su lugar se imponen fundamentalismos ideológicos de guerra fría y enfoques más cercanos a obsesiones afectivas que a análisis estratégicos.
Esa incapacidad de ver a Cuba más allá de los prejuicios ideológicos es, en última instancia, el mayor error estratégico de la Casa Blanca. Al intentar forzar la rendición mediante la amenaza militar, solo logran activar el resorte de la unidad nacional y convertir una crisis de gestión en una batalla existencial.
Mientras no comprendan que la soberanía cubana no es una consigna oficialista, sino un sedimento profundo de la identidad popular, sus intentos de asedio seguirán produciendo el mismo resultado: el desconcierto frente a un país que se niega a caer «por su propio peso».
*Fuente: Diario-Red.com
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