Tras el fallecimiento de Mario Vargas Llosa, reproducimos este texto publicado en la edición chilena de Le Monde Diplomatique en noviembre de 2010
Novelista incandescente, doctrinario convulsivo
El pasado 7 de octubre, la Academia sueca anunció que concedía el Premio Nobel de Literatura 2010 al escritor peruano Mario Vargas Llosa. Este exquisito novelista figuraba desde hace lustros en la lista de los “nobelizables”. Pero su constante compromiso militante en favor de la ideología ultraliberal lo había descartado hasta hoy. En efecto, por voluntad de Alfred Nobel, no sólo la obra literaria del autor premiado debe haber “aportado eminentes servicios a la humanidad” sino que el propio escritor, para merecer el galardón, debe también haber “demostrado su apego por un gran ideal”. El novelista peruano sigue sin cumplir este segundo aspecto. Y sorprende en particular que se le haya concedido el premio precisamente el año en que el escritor justificó el golpe de Estado en Honduras.
La nueva novela del escritor peruano Mario Vargas Llosa, galardonado con el Premio Nobel de Literatura de 2010, se pone en venta oportunamente en las librerías de los países hispanohablantes el día 3 de noviembre. Su título: El sueño del celta. Su héroe: Roger Casement, un personaje (real) excepcional. Cónsul británico en África, fue el primero que denunció, en 1908, las atrocidades del colonialismo de exterminación (diez millones de muertos) practicado en el Congo por Leopoldo II, el rey que hizo de ese inmenso país y de sus habitantes su propiedad personal… En otro informe, Casement denunció la abominable desdicha de los indios de la Amazonia peruana.
Pionero en la defensa de los derechos humanos, Casement, nacido cerca de Dublín, ingresó más tarde en las filas de los independentistas irlandeses. En plena Gran Guerra, partiendo del principio de que “las dificultades de Inglaterra son una oportunidad para Irlanda”, buscó una alianza con Alemania para luchar contra los británicos. Fue procesado por alta traición. Las autoridades le acusaron asimismo de “prácticas homosexuales” basándose en un supuesto diario personal cuya autenticidad es cuestionada. Murió ahorcado el 3 de agosto de 1916.
Al no estar disponible todavía la novela, ignoramos cómo Vargas Llosa ha construido su arquitectura. Pero podemos confiar en él. Ningún otro novelista de lengua española posee como él el arte de embrujar al lector, de embelesarlo desde las primeras líneas y de zambullirlo en tramas palpitantes donde se suceden las intrigas llenas de pasiones, de humor, de crueldad y de erotismo.
En cualquier caso, esta novela ya tiene un mérito: el de, precisamente, sacar del olvido a Roger Casement, “uno de los primeros europeos que tuvo una idea muy clara de la naturaleza del colonialismo y de sus atrocidades”. Idea que el escritor peruano (a pesar de declararse hostil a los movimientos indigenistas en Latinoamérica) dice compartir: “Ninguna barbarie es comparable al colonialismo –concluye respecto al debate de los supuestos ‘beneficios’ de la colonización–. África nunca ha podido recuperarse de sus secuelas. La colonización no dejó nada positivo”.
No es la primera vez que Vargas Llosa se inspira en personajes históricos para denunciar injusticias. Destaca en mezclar las técnicas de la novela histórica con las de la novela social y las de la novela realista, e incluso con las de la novela policiaca. Lo ha demostrado brillantemente en dos de sus obras más conseguidas: La guerra del fin del mundo, fabuloso relato de la revuelta, en el noreste brasileño a finales del siglo XIX, de una comunidad de cristianos iluminados en búsqueda de utopía. Y La fiesta del Chivo, en la que relata, a través de una opulenta construcción coral, la perversidad de la dictadura del general Trujillo (1930-1961) en la República Dominicana.
La historia –contemporánea– es igualmente la materia de la novela considerada como su obra maestra: ‘Conversación en La Catedral’, descripción magistral del Perú del general Odría (1948-1956), de la realidad latinoamericana de los años 1950 y de los enigmas de la condición humana. Una obra que responde a los argumentos del jurado del Nobel para explicar la atribución del premio: “Por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces representaciones de la resistencia, de la revuelta y de la derrota del individuo”.
En la época en la que escribió este libro, Vargas Llosa vivía en París y formaba parte de una generación de talentosos escritores jóvenes –Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Fuentes…– que iban a renovar la literatura latinoamericana. Todos eran de izquierdas. Y todos simpatizaban entonces con las guerrillas. En un manifiesto de apoyo a los guerrilleros peruanos, Vargas Llosa afirmaba, por ejemplo, en esa época que, para cambiar las cosas, “el único recurso es la lucha armada”.
Idéntica solidaridad impecable con la Revolución Cubana:
“Dentro de diez, veinte o cincuenta años –declaraba, el 4 de agosto de 1967, en Caracas–, habrá llegado a todos nuestros países, como ahora a Cuba, la hora de la justicia social y América Latina entera se habrá emancipado del imperio que la saquea, de las castas que la explotan, de las fuerzas que hoy la ofenden y la reprimen. Yo quiero que esa hora llegue cuanto antes y que América Latina ingrese de una vez por todas en la dignidad y en la vida moderna, que el socialismo nos libere de nuestro anacronismo y de nuestro horror”.
Pero poco después, a principios de los años 1970, este exaltado revolucionario cayó fulminado intelectualmente por la lectura de dos ensayos: Camino de servidumbre, de Friedrich Hayek, y La sociedad abierta y sus enemigos, de Karl Popper. Éste sobre todo lo transformó rematadamente:
“Considero a Karl Popper –confesará– como el pensador más importante de nuestro tiempo; he dedicado una buena parte de las dos últimas décadas a leerle y si me preguntaran cuál es el libro de filosofía más importante del siglo, no dudaría ni un segundo en elegir La sociedad abierta y sus enemigos”.
Dejó, ipso facto, de apoyar a la Revolución Cubana, renegó de su pasado de “intelectual de izquierdas” y, con la exaltación del neófito, se convirtió en propagandista enaltecido de la fe neoliberal. Sus nuevos héroes pasaron a llamarse Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Respecto de ésta, símbolo de la “revolución conservadora”, reconocerá una “admiración sin reservas, una reverencia poco menos que filial que no he sentido por ningún otro político vivo”. Arrebatado por esa veneración thatcheriana, hasta decidirá irse a vivir a Londres… Y cuando la “Dama de Hierro” pierde el poder en 1990, le hará llegar un ramo de flores con el siguiente enfervorizado mensaje: “Señora, no hay palabras bastantes en el diccionario para agradecerle lo que usted ha hecho por la causa de la libertad”.
Thatcheriano será también el programa que propone a los electores, durante su candidatura a la presidencia de Perú, en 1990. Pero será duramente derrotado por Alberto Fujimori. Hastiado por semejante ingratitud de sus compatriotas, se expatría definitivamente e incluso renuncia a su nacionalidad bajo el pretexto de que los peruanos no le merecen…
Traslada entonces su admiración a otro dirigente: José María Aznar, presidente (ultraliberal) del Gobierno español de 1996 a 2004, aliado de George W. Bush en la invasión de Irak y actualmente asalariado de Rupert Murdoch en el grupo News Corporation. Un hombre político que la revista estadounidense Foreign Policy acaba de catalogar entre “los cinco peores ex dirigentes del mundo”, pero de quien Vargas Llosa considera que “los historiadores del futuro” le reconocerán “como uno de los grandes estadistas de la historia”.
También admira la “personalidad carismática de Nicolas Sarkozy” y el “talento político excepcional” (😎 de Silvio Berlusconi. Porque este gigante de la literatura es decididamente un hombre de personalidad doble. La máscara seductora de sus novelas disimula a un furibundo sectario que, desde hace casi cuarenta años, dedica la mayor parte de su tiempo a recorrer el mundo arengando en foros neoliberales, interviniendo en los medios de comunicación y predicando en toda clase de congresos, donde machaca con una insistencia casi fanática los principios elementales de su ideología.
Agitador ultraliberal, miembro activo de la Comisión Trilateral, presidente la Fundación Internacional para la Libertad, galardonado con el premio Irving Kristol que concede el American Enterprise Institute, Vargas Llosa es un neoconservador profesional. Legitimó la invasión de Irak en 2003 y justificó el golpe de Estado de junio de 2009 en Honduras.
El 7 de octubre de 2010, su compinche, el ensayista reaganiano francés Guy Sorman, revelaba en su blog:
“Con frecuencia, hemos coincidido en los mismos estrados en América Latina donde Mario es un militante que en Francia calificaríamos de ultraliberal: no ha dejado de batallar contra Castro, Morales, Chávez, Kirchner y contra todo programa que posea un ápice de socialdemócrata”.
Confirmando su obsesivo empeño, Vargas Llosa insistió en que recibía el premio Nobel tanto por sus cualidades de escritor como por sus ideas: “Si mis opiniones políticas […] han sido tenidas en cuenta, pues en buena hora. Me alegro”.
Este admirador de Louis Ferdinand Céline, “un extraordinario novelista”, admite que el autor de Viaje al fin de la noche era asimismo “un personaje repugnante”. Y confiesa: “Pero hay muchos casos de personajes poco estimables y, sin embargo, extraordinarios escritores”.
LE MONDE DIPLOMATIQUE, noviembre de 2010
*Fuente: LeMondeDiplomatique
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