El dilema de Macri, del berrinche a la actuación
por Cecilia González (Argentina)
7 años atrás 8 min lectura

La derrota que sufrió en las elecciones primarias de Argentina dejó tan descolocado al presidente Mauricio Macri que, en cuestión de horas, pasó de un mensaje irritado y amenazante a otro grabado y con palabras de amor.
El lunes, después de perder por 15 puntos las elecciones primarias, que dejaron al gobierno que encabeza envuelto en un halo de despedida, la conclusión de Macri fue que la culpa de la crisis que se está recrudeciendo es de los que gobernaron antes y de los que van a gobernar después. Su gestión y sus políticas económicas no tuvieron nada que ver, por supuesto.

Incertidumbre es la palabra que define hoy a Argentina. En los días posteriores al fracaso electoral del Gobierno, el precio del dólar aumentó alrededor del 30 % y no tiene techo. Para contener la devaluación del peso, el Banco Central tuvo que salir a vender 100 millones de dólares de las reservas. El riesgo país llegó a un nivel histórico de 1800 puntos y ya es el segundo más alto del mundo después de Venezuela, lo que evidencia la desconfianza en la capacidad de pago de la deuda. Las acciones argentinas en Wall Street se desplomaron un 57 % el lunes, y el martes apenas si se recuperaban hasta un 11 %.
La crisis se dispersó de inmediato en las calles. Cada alza del dólar reduce automáticamente el poder adquisitivo de los trabajadores y aumenta precios de bienes y servicios. Los supermercados no reciben mercancías porque los proveedores preparan alzas mínimas del 10 % en todo tipo de productos. La expectativa de inflación era del 30,5 % pero ahora se puede disparar todavía más. La mayoría de los sectores de la economía están afectados y, en algunos casos, paralizados. Con un dólar tan volátil y a la alza, no hay modo de cotizar presupuestos. Programar cobros a una semana, uno, dos o tres meses es garantía de pérdidas, salvo que se acuerden aumentos de antemano. Se prevén más despidos y más cierres de empresas. Honda, por ejemplo, anunció este martes que dejará de producir autos en Argentina.
Pero el presidente no asumió responsabilidades. No esperaba la derrota que sufrió el domingo ante Alberto Fernández, el candidato del peronista Frente de Todos que, de la mano de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner como aspirante a la vicepresidencia, ganó las elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) con 47,65 % de los votos, ante el 32,08 % que registró el macrista Juntos por el Cambio.

La reacción del presidente fue errática desde el principio. El domingo por la noche salió a reconocer que había perdido la elección, a pesar de que no había datos oficiales que el propio gobierno tenía la obligación de difundir. «Ahora a dormir», convocó Macri, mientras aumentaba la indignación de candidatos opositores, de la prensa y de ciudadanos en general, que no podían creer que el presidente los mandara a la cama sin saber todavía las cifras de la elección.
El lunes, convocó a una conferencia de prensa que sólo empeoró el clima. Gran parte de la población reclamaba su presencia desde temprano para calmar a «los mercados», es decir, a los especuladores de siempre que hacían trizas al peso y a los bonos argentinos. En lugar de dar un mensaje tranquilizador, de hacer un llamado a la serenidad y de apelar a la madurez democrática, apareció un Macri irritado, descontrolado como nunca antes.
«Estamos más pobres que antes de las PASO», reconoció el presidente, sin recordar que la crisis no afecta por igual a todos. A principios de mes se dieron a conocer las declaraciones juradas de los funcionarios que revelaron que, en el último año, Macri incrementó su fortuna en un 51,8 %. Les fue mejor al director de la Agencia Federal de Inteligencia, Gustavo Arribas, y a ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, cuyos patrimonios aumentaron un 94 y 80%, con la ventaja, además, de que tienen cuentas en el exterior. La devaluación no les hace mella. En esa misma condición ventajosa se encuentran nueve funcionarios del gabinete económico que tienen más de la mitad de su fortuna en bancos en el extranjero.
El enriquecimiento de los funcionarios no llamaría tanto la atención si no fuera porque, en ese mismo lapso, estalló aquí una crisis económica. Hubo una inflación del 50 %, el desempleo aumentó hasta el 10,1 %, el gobierno le pidió 57.000 millones de dólares prestados al Fondo Monetario Internacional y hay 2,9 millones de nuevos pobres.
En su conferencia post derrota, Macri sorprendió al no asumir responsabilidad alguna. Primero culpó a «la pesada herencia» que le había dejado la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Después, acusó a Alberto Fernández, el candidato ganador, porque su triunfo había provocado la reacción negativa de «los mercados» y lo conminó a hacer una autocrítica por no generar confianza «en el mundo».
Sin sentido alguno, el presidente perdedor llamó a hacer una autocrítica al candidato opositor ganador.

Macri tartamudeaba, manoteaba, vacilaba en su discurso. Hablaba como si su gobierno hubiera estado marcado por la estabilidad y la confianza, a pesar de que en estos tres años y medio jamás llegaron las multimillonarias inversiones prometidas; como si el dólar no hubiera pasado de 9,50 a 60 pesos; y la pobreza no hubiera aumentado del 27 % al 32 %. Como si «los mercados» y los inversores de verdad hubieran confiado en él y en su gestión.
El presidente culpaba de todos los males al kirchnerismo y olvidaba que tenía sentado al lado en la mesa a Miguel Ángel Pichetto, el peronista que lideró la bancada kirchnerista en el Senado y al que este año, para sorpresa de todos, eligió como su candidato a vicepresidente en una jugada política que no le redituó voto alguno.
Ambos fueron muy claros en dar un mensaje que sonó a chantaje: el caos económico de las últimas horas lo provocó el triunfo de la fórmula Fernández-Fernández de Kirchner. Es culpa de los votantes por haber elegido a la oposición. Y será peor si ratifican esa victoria en las elecciones presidenciales del 27 de octubre. Negaron las PASO y las causas del fracaso oficialista. Confiaron en que en octubre cerrarán la diferencia de 15 puntos que los separan del Frente de Todos y que en noviembre ganarán la segunda vuelta. ¿Y la crisis? Que se haga cargo el kirchnerismo. Así de realistas, así de estrategas.

La conferencia del lunes cayó muy mal. Desató duras críticas entre periodistas que militaron con sumo entusiasmo el macrismo en estos años e incluso en un gabinete que vive sus propios pleitos internos con un reparto de culpas que no termina. Ya hubo renuncias de ministros que no fueron aceptadas. Les faltan solo cuatro meses para dejar de gobernar. Saben que el optimismo reeleccionista de Macri hoy suena utópico y que ellos dejarán a quien venga su propia pesada herencia.
Esta mañana, en cambio, reapareció el Macri que entrena y ensaya discursos. En un mensaje grabado, previsto para anunciar medidas paliativas ante la crisis, cambió por completo de actitud. «Quiero pedirles disculpas por lo que dije el lunes (…) estaba sin dormir y triste», dijo en un tono que quería aparentar serenidad y arrepentimiento, pero que estaba leyendo.
Macri volvió a los ejemplos de guías de autoayuda. Les dijo a los argentinos que entendía que les había pedidos muchos sacrificios. «Fue como trepar el Aconcagua», afirmó, cambiando ahora por una montaña la metáfora del río que estaban a punto de cruzar para llegar a la felicidad, y que tanto usaron él y los candidatos oficialistas durante las campañas. De nada les sirvió porque perdieron por amplio margen.
«Amo este país, hoy les hablo desde el amor», aseguró el presidente, justificando en ese enamoramiento la irritación que mostró y que tanto molestó.
La duda ahora es saber a qué Macri le van a creer los argentinos: al que se enojó el lunes o al que actuó el miércoles. Y sobre todo, si su arrepentimiento le alcanzará para evitar una derrota en octubre.
*Fuente: Actualidad RT
Macri en la Conferencia de Prensa la noche del 11 de agosto de 2019
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