A medida que Bolsonaro va postulando su gabinete y Macri delimita el presupuesto para el año entrante y adopta medidas de urgencia ante del derrumbe catastrófico de la economía, más acuciante se vuelve el panorama para Uruguay porque las convergencias de fondo, tanto ejecutivas como metodológicas, no pueden ser eludidas enfatizando divergencias de forma o el pleno aislamiento del contexto. Aquellas que por ejemplo subrayó el psicoanalista argentino Jorge Alemán en un breve post de su Facebook cuando sostiene que “aquello que en Macri es balbuceo, tropiezo, lapsus, Bolsonaro lo pronuncia sin rodeos. Porque Bolsonaro es la verdad de Macri”. En tal sentido sostiene que el primero es Macri desinhibido. Agregaría que Bolsonaro prácticamente carece de superyó. Es algo así como lo era en la filosofía política la hipótesis hobbesiana del “estado de naturaleza” que también reaparece en el contractualismo de Rousseau. Una conjetura antropológica previa a la instauración del estado civil y por lo tanto del derecho.
En ambos casos, la estrategia no está exenta de improvisación, contramarchas y exhibiciones de incompetencias, resultado que excede las evidentes limitaciones de ambos, para expresar también las contradicciones irreconciliables entre los estratos sociales que componen sus bases electorales. Entre las similitudes, la reducción de sus gabinetes revela esta ignorancia cuando por caso uno pretendió unificar el Ministerio de Medio Ambiente con el de Agricultura para desazón de los agroexportadores o eliminar el Ministerio de Trabajo. Las directrices convergen, aunque no necesariamente la resultante final que depende de las tensiones internas. Pero Macri fue elocuente al disolver ministerios como los de “Ambiente y Desarrollo Sustentable”, “Salud”, “Energía”, “Trabajo”, “Agroindustria”, “Cultura”, “Ciencia y Tecnología”, etc., empoderando al nivel de superministro al de “Economía”, Dujovne, al modo en que Bolsonaro lo hace con Guedes.
No es necesario inferir las consecuencias socioeconómicas de estos giros electorales. Las padece la mayoría poblacional argentina cotidianamente, tanto como la brasileña con el gobierno de Temer (y también -digamos de paso- con el giro monetarista del último período de Rousseff). El incremento de la desocupación, el desfinanciamiento de los servicios públicos o su privatización, la exacción depredatoria de recursos naturales, la caída salarial, la desprotección y el avasallamiento de conquistas sociales se suceden sin solución de continuidad y se incrementarán a la espera de inversiones para el futuro crecimiento y posterior “derrame”, tan esquivas como volátiles.
Sin embargo no asistimos exclusivamente a una nueva escalada neoliberal como las ya conocidas durante las últimas décadas del siglo pasado, aunque si así sólo fuera no debería soslayarse su gravedad. Se ha transformado raigalmente su soporte ideológico configurándose una hegemonía neofascista. En otros términos una reacción patriarcal (que obviamente cuanta con la aquiescencia y hasta apoyo de vastos segmentos femeninos), homofóbica, blancamente racista, parapetada en la trinchera de los más irracionales prejuicios y violencias de la tradición judeo-cristiana. Una especular reacción violenta ante el crecimiento y empoderamiento del movimiento feminista, de derechos y libertades civiles.
No hay que esperar que Bolsonaro lance sus boutades. Basta con reparar que Macri con el aval de buena parte de la oposición peronista sostiene que “el país es demasiado generoso con los extranjeros” o tomar nota de la bienvenida que Trump planifica darle a la caravana de desesperados centroamericanos excluidos hasta de la explotación. O reparar en que la ministra de seguridad, Patricia Bulrich sostiene que quien quiera andar armado puede hacerlo con toda libertad. La racialización de las relaciones de clase va impregnando indeleblemente el sentido común, con consecuente deterioro de garantías jurídicas y formalidad institucional, como lo prueban las varias experiencias golpistas tanto las exitosas cuanto las frustradas en América Latina.
Obviamente el resguardo y defensa de las formalidades constitucionales y de igualdad ciudadana, de las libertades y garantías como se desarrolla en Uruguay casi por excepción, deben tener continuidad y escrupuloso monitoreo. Pero no creo que baste. El tsunami hegemónico neofascista exige además un estado de movilización social contrahegemónico que es indispensable estimular y organizar y no sólo esperar desde su espontaneidad, porque en última instancia es la expresión extrema de la despolitización de la vida social.
Creo que un buen ejemplo del descuido al estímulo movilizatorio lo representa la escasa significación que el FA le ha dado a la organización de la elección de Consejos Vecinales y Presupuesto Participativo del pasado domingo en la capital. Si la fuerza política de izquierda no contribuye de manera directa a empoderar a los vecinos y ciudadanos mediante la participación en la elaboración y ejecución de soluciones a sus necesidades urbanas inmediatas, consiente involuntariamente la despolitización social.
Al momento de escribir estas líneas, carezco de información sobre resultados, pero por más que se hayan elaborado 400 proyectos, si la tendencia a la participación en la toma de decisiones y la postulación a los cargos electivos continúa declinando se estará incubando el huevo de la serpiente bajo la más tenebrosa aunque recurrente inclinación subjetiva: la indiferencia.
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