02.01.2018
Si en términos políticos entendemos retroexcavadora como barrer todas las instituciones existentes; la única retroexcavadora que hemos tenido a nivel nacional en nuestro período republicano ha sido la dictadura de Pinochet. Recordemos que ella terminó con el conjunto de las instituciones políticas, económicas y sociales preexistentes y las sustituyó por un modelo global neoliberal. Y lo hizo a través de métodos extremadamente violentos y autoritarios.
En efecto; tendemos a olvidar que dicho régimen ejecutó o hizo desaparecer a miles de personas; que torturó o maltrató a decenas o centenares de miles; que detuvo arbitrariamente a otras tantas, creando incluso numerosos campos de concentración; que exilió también, directa o indirectamente, a otras decenas o centenares de miles; que configuró una policía secreta omnipotente que a través de sus agentes e informantes estableció una red de espionaje que aterrorizó a todos los chilenos; y que estableció un toque de queda que también afectó por muchos años al conjunto de la población.
También tendemos a olvidar que se clausuró el Congreso Nacional y se ilegalizaron todos los partidos políticos; que el Poder Judicial se sometió completamente a Pinochet, convirtiéndose en cómplice de las políticas de terror de la dictadura; que se clausuró o censuró a todos los medios de comunicación; que se estableció la censura de libros y folletos; que se implantó la intervención de todas las universidades chilenas; y que se exoneró por razones políticas a decenas de miles de chilenos.
Como lo reconoció de forma “elegante” Andrés Allamand, en su libro La travesía del desierto (Edit. Aguilar, 1999), hubo un perfecto nexo entre el extremado autoritarismo de Pinochet y la ideología neoliberal puesta en práctica por la derecha chilena; en que el primero aportaba el poder total para que la segunda orientara sin ningún contrapeso la economía chilena. De este modo, “el modelo (neoliberal) le aportaba (a Pinochet) una propuesta coherente y de paso le brindaba una coartada para el ejercicio prolongado del poder: si el Gobierno chileno no se hubiera embarcado temprano en un proyecto de transformación de gran envergadura, jamás habría podido sostener aquello de las ‘metas y no plazos’. Una revolución de esa magnitud -eso es lo que era – necesitaba tiempo. Desde el otro lado, Pinochet le aportaba al equipo económico algo quizás más valioso: el ejercicio sin restricciones del poder político necesario para materializar las transformaciones (las cursivas son mías) (p. 156).
Y acentuando este reconocimiento, Allamand agregó que habría sido prácticamente imposible que con los grados de democratización alcanzados por la sociedad chilena, los sueños
de los chicago-boys pudiesen haber inspirado un gobierno electo por la mayoría de los chilenos: “Más de alguna vez en el frío penetrante de Chicago los laboriosos estudiantes que soñaban con cambiarle la cara a Chile deben haberse devanado los sesos con una sola pregunta: ¿Ganará alguna vez la presidencia alguien que haga suyo este proyecto? Ahora no tenían ese problema” (Ibid.).
En rigor, el único aspecto del modelo cuestionado por el actual gobierno -y parcialmente- ha sido el educativo. Todos los demás (Plan Laboral, AFP, Isapres, ley minera, sistema que permite la elusión tributaria de los más ricos, y un largo etcétera) han sido reconfirmados en los hechos por un gobierno que ha dispuesto de una clara mayoría parlamentaria.
Evidentemente, en los marcos de un gobierno y un parlamento democrático la derecha no habría podido imponer un modelo económico que benefició tanto a los grandes empresarios y perjudicó correlativamente a las grandes mayorías nacionales. Que privatizó en favor de los grupos económicos -y a precios bajísimos- gran parte del aparato productivo, de infraestructura y de servicios públicos creado por el Estado hasta 1970 o estatizado por el gobierno de Allende; que desmanteló la intervención económica del Estado en favor de los sectores medios y populares; que generó una legislación destinada a reprivatizar, en la práctica, la mayor parte de la gran minería del cobre; que mercantilizó sustantivamente la educación, la salud y la previsión. Y que -entre muchas otras cosas- redujo al mínimo el poder de los sindicatos, juntas de vecinos, cooperativas y colegios de profesionales y técnicos.
Esta “retroexcavadora” destruyó completamente, no solo el conjunto de las instituciones políticas, económicas y sociales democráticas que se generaron particularmente en los años 60, sino además el espíritu de búsqueda de justicia y solidaridad social que las animaba. Y generó una refundación nacional hecha sobre la base del individualismo, el materialismo y la concentración del poder económico en una elite de grandes empresarios articulados en “grupos económicos”.
Desgraciadamente, la obra de esta retroexcavadora, en lugar de ser sustituida por una genuina reconstrucción democrática posteriormente a 1990; fue legitimada, consolidada y perfeccionada por un liderazgo político (la Concertación) definido a sí mismo como de centroizquierda, pero que en la práctica se viró en 180 grados, luego de ser elegido popularmente para liderar dicha reconstrucción.
Lo anterior ha sido reconocido por el máximo ideólogo y arquitecto de la “transición”, el ex ministro Edgardo Boeninger, en un libro escrito en 1997 y que nunca ha sido cuestionado por dicho liderazgo: Democracia en Chile. Lecciones para la Gobernabilidad (Edit. Andrés Bello). En él, Boeninger reconoce crudamente que a fines de la década del 80 el liderazgo de la Concertación llegó a una “convergencia” con el pensamiento económico de la derecha,
“convergencia que políticamente el conglomerado opositor no estaba en condiciones de reconocer”; y que dicho engaño a la base concertacionista pudo producirse por las condiciones políticas que permitían un actuar elitista: “La incorporación de concepciones económicas más liberales a las propuestas de la Concertación se vio facilitada por la naturaleza del proceso político en dicho período, de carácter notoriamente cupular, limitado a núcleos pequeños de dirigentes que actuaban con considerable libertad en un entorno de fuerte respaldo de adherentes y simpatizantes” (pp. 369-70).
Tanto se viró el liderazgo concertacionista en favor de la obra de la “retroexcavadora”, que luego de veinte años de gobiernos ininterrumpidos (1990-2010) no sólo no terminó con NIN-
GUNA de las instituciones que aquella hizo posible (Plan Laboral; AFP; Isapres; LOCE-LGE; universidades privadas con fines de lucro; ley minera; sistema tributario que permite una escandalosa “elusión” de impuestos de las grandes fortunas; etc.); sino que además se ufanó de haber conducido “el proceso de transición a la democracia más ejemplar de América Latina” …
Y en ocasiones, sus líderes han reconocido abiertamente su admiración por la obra económica de Pinochet. Ciertamente que el más expresivo ha sido Alejandro Foxley; ministro de
Hacienda de Aylwin, presidente del PDC, senador por Santiago y canciller del primer gobierno de Bachelet. En mayo de 2000 -luego de que el gobierno de Frei Ruiz-Tagle hubiese librado a Pinochet de una segura condena en Europa, y en momentos en que el gobierno de Lagos efectuaba una presión pública y privada a los tribunales chilenos (finalmente exitosa) para obtener la impunidad de Pinochet- Foxley declaró públicamente: “Pinochet realizó una
transformación, sobre todo en la economía chilena, la más importante que ha habido en este siglo. Tuvo el mérito de anticiparse al proceso de globalización que ocurrió una década después, al cual están tratando de encaramarse todos los países del mundo. Hay que reconocer su capacidad visionaria y la del equipo de economistas que entró en ese gobierno el año 73, con Sergio de Castro a la cabeza, en forma modesta y en cargos secundarios, pero que fueron capaces de persuadir a un gobierno militar -que creía en la planificación, en el control estatal y en la verticalidad de las decisiones- de que había que abrir la economía al mundo, descentralizar, desregular, etc. Esa es una contribución histórica que va perdurar por muchas décadas en Chile y que, quienes fuimos críticos de algunos aspectos de ese proceso en su momento,
hoy lo reconocemos como un proceso de importancia histórica para Chile, que ha terminado siendo aceptado prácticamente por todos los sectores. Además, ha pasado el test de lo que significa hacer historia, pues terminó cambiando el modo de vida de todos los chilenos, para bien, no para mal. Eso es lo que yo creo, y eso sitúa a Pinochet en la historia de Chile en un alto lugar. Su drama personal (sic) es que, por las crueldades que se cometieron en materia de
derechos humanos en ese período, esa contribución a la historia ha estado permanentemente ensombrecida” (Cosas; 5-5-2000).
Y lo más increíble vino después, cuando -para congraciarse con las gigantescas movilizaciones estudiantiles que cuestionaron seriamente el sistema educativo heredado (el mismo que había sido consolidado por la Concertación entre 1990 y 2010)- el entonces vocero de la Concertación y senador PPD, Jaime Quintana, justificó en 2014 la total oposición a los proyectos educacionales de Piñera, señalando demagógicamente que “vamos a poner aquí una retroexcavadora, porque hay que destruir los cimientos anquilosados del modelo neoliberal de la dictadura” (El Mercurio; 25-3-2014). En rigor, el único aspecto del modelo cuestionado por el actual gobierno -y parcialmente- ha sido el educativo. Todos los demás (Plan Laboral, AFP, Isapres, ley minera, sistema que permite la elusión tributaria de los más ricos, y un largo etcétera) han sido reconfirmados en los hechos por un gobierno que ha dispuesto de una clara mayoría parlamentaria.
Sin embargo, la derecha política propiamente tal se ha aprovechado astutamente para acusar a la Nueva Mayoría de querer usar una retroexcavadora, haciendo como que toma en serio el aserto demagógico de Quintana, ¡que no usó ni antes ni después ningún otro líder concertacionista-nuevomayoritario! Además, implícitamente con ello se posiciona como que aquella está “contra las retroexcavadoras”; ¡cuando ella fue la que efectivamente refundó nuestro país con la única, eficaz y sangrienta “retroexcavadora” de la historia de Chile: la dictadura de Pinochet!
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