El tiempo sin aroma, el derecho a una muerte digna
por Javier Cortines (España)
10 años atrás 4 min lectura
En esta época, en la que la industria de la salud arrasa con potingues que prometen “la eterna juventud” y los mercaderes se hinchan a vender calzado deportivo, si es posible de marca, para que los mayores corran la maratón al cumplir los noventa y cinco, es hora de preguntarnos si merece la pena penar mil años para emular a Matusalén.
En su ensayo “El aroma del tiempo”, el filósofo coreano Byung-Chul Han[1], destacado pensador de formación germana, reflexiona acerca de “la vida larga y sana, pero aburrida e insoportable” y asegura que, debido a la actual “rigurosa política de salud, morimos a destiempo”, no de forma natural cuando llega la hora bio-lógica.
Chul Han afirma que en esta era de “las prisas, lo fugaz y lo efímero”, se vive “sin ritmo, sin rumbo y sin meta”, “sin saborear el aroma del tiempo”, e invoca a Zaratustra (el alter ego de Nietzsche) cuando dice: “Muchos mueren demasiado tarde, y algunos mueren demasiado pronto. Todavía suena extraña esta doctrina: ¡Muere a tiempo!”.
Esas reflexiones suponen un excelente punto de partida para detenerse a pensar en la idea de “aprender a morir a tiempo” y abordar, de nuevo, el asunto de la eutanasia, como derecho insoslayable del ser humano a expirar con dignidad.
“La lozanía” se ha convertido en “el nuevo diosito” de nuestro tiempo. Ahora todos quieren ser “iron-man” y “iron-woman” y practicar el parapente para recuperar la juventud. Excepto los que soportan una vida insoportable por motivos religiosos o personales, los demás deberíamos reivindicar “la eutanasia humanitaria”.
Uno de mis amigos se quejaba de que en las farmacias no se vendieran pastillas (tipo cianuro) para terminar con la vida “ipso facto” cuando ésta se ha convertido en un infierno sin salida. Y se lamentaba del dolor innecesario que sufren muchas personas “cuando los guardianes del sistema” las obligan a concluir sus vidas humilladas y desamparadas.
En Grecia y Roma los sabios tomaban veneno y, antes de iniciar el ritual, hacían bromas a sus allegados o escribían, por ejemplo, un poema vitriólico contra el emperador. Sócrates, ya moribundo, habló así a un amigo, en la celda donde estaba encerrado, después de tomar la cicuta:
– Critón, le debemos un gallo a Asclepio (dios de la medicina). Así que págaselo y no lo descuides.[2]
En países avanzados, como Bélgica, Holanda y Luxemburgo, hay centros médicos que se encargan de “aplicar la eutanasia” a las personas que han elegido la vía de la muerte digna o simplemente desean traspasar el último umbral “con coraje”, como aconsejaba Séneca.
En la película “Golfus de Roma”[3], basada en la comedia “Miles Gloriosus” de Plauto[4], hay una escena supercómica en la que un verdugo ejecuta en un circo a una fila de criminales, que están de rodillas, golpeándolos en la nuca con una bola de hierro que pende de una cadena. El bestia explica a un aprendiz, ante el horror de los condenados, cómo hay que girar la muñeca para que la esfera vuele e impacte en las cervicales.
En ese lugar se mata sólo a “los indeseables”, pero en la comedia “se cuelan” ciudadanos libres “que quieren ser desnucados” para dejar este mundo cruel. Hay un momento álgido: cuando el verdugo reconoce a “un inocente” acurrucado entre dos miserables, y le ordena: “Véte, tú no puedes estar aquí: ¡Las leyes romanas castigan el suicidio con la pena de muerte!”.
Una vez un discípulo le preguntó a Séneca: “Maestro, ¿Cómo es la vida? ¿Corta o larga?”. El filósofo le respondió: “la vida no es ni corta ni larga; una vida corta puede estar intensamente vivida y una vida larga, parcialmente vivida”. [5]
Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para exigir que en España se corten ya “las cadenas carpetovetónicas” y se apruebe, de una vez por todas, la eutanasia y, además, en los casos que haga falta, subvencionada por el Estado. ¡No más, Mar adentro!
Notas:
[1] El aroma del tiempo (Ed. Herder 2015).
[2] Fragmento de El Fedón, Platón.
[3] Golfus de Roma, Richard Lester (1966).
[4] Plauto, comediógrafo latino, (254 a.C-184 a.C).
[5] Cartas a Lucilio, Séneca.
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