El aumento de la represión como estrategia de Gobierno: o la defensa del modelo neoliberal
por Alex Ibarra (Chile)
10 años atrás 6 min lectura
En un país sin soberanía el uso de la violencia de Estado parece estar justificada, pero ¿seguirá justificada si alcanzamos la soberanía? Para algunos seguramente esto de recuperar la soberanía viene a ser un planteo de viejo idealista político ¿y si no fuera un mero ideal político?
El historiador Sergio Grez nos ha hecho recordar en estos días -en una de las tertulias sobre “El problema constitucional de Chile” organizadas por el filósofo Miguel Vicuña- que Chile no ha sido nunca soberano, esto si es que nos tomamos en serio la definición de ésta desde la perspectiva democrática instalada desde la Revolución Francesa. Así de fuerte. No hemos tenido nunca una Constitución que asegure la soberanía nacional. No hemos sido capaces de construir la nación. Como decía el filósofo porteño Osvaldo Fernández, en otro encuentro a que asistí, la construcción de Chile ha sido con un fuerte Estado, pero sin nación.
Es un engaño la creencia de que la soberanía reside en los poderes constituidos, quizá éste ha sido nuestro mayor error político, ya que éstos lo que han hecho es proteger a los que se apropiaron de la tierra y a los que acumulan capital en regímenes de explotación. Alimentar esta creencia es la mayor traición de la clase política que gobierna desde el conocido pacto que permite el sistema político binominal heredado desde la dictadura, el cual sabemos aún no ha cambiado, ni pretende cambiarse por la colusión política existente.
Dos luces del pensamiento republicano del siglo XIX, como lo son Simón Bolívar y Camilo Henríquez recomendaban para el proceso emancipador de la Colonia la elaboración de una Constitución política que asegurara la soberanía, la necesidad que veían éstos sigue siendo un tema pendiente si es que atendemos a la sugerente afirmación de Sergio Grez de la extendida falta de soberanía. Nunca hemos tenido poder popular, al menos nunca ha estado garantizado por una Constitución. Estos filósofos políticos decimonónicos también eran concientes de que frente a la traición del poder político quedaba como recurso válido la revolución. En esto Francisco Bilbao fue un precedente al darse cuenta de la traición política y de la urgencia de una revolución con base popular que pretendiera alcanzar la soberanía. No se crea que estoy haciendo un simple llamado a la revolución, la pretensión en esta columna es hacer un repaso de algunas lecciones históricas que me parecen se ven alentadas desde un contexto político que vienen colocando en escena lo que algunos llaman movimientos ciudadanos y que muestran la pluralidad de nuestra sociedad.
Me interesa el relato de las minorías que establecen discursos en el ámbito político, las cuales representan las fisuras a un modelo económico neoliberal que apartado de toda ética y defendido con todo cinismo, tiene y mantiene a una ciudadanía agobiada. Me refiero a ciertos discursos que no son indiferentes frente a los santiaguinos que tienen que eludir el pago del transantiago, o frente a un enfermo que no es atendido en un hospital, o frente a un estudiante que a pesar de la mentada gratuidad tiene que abandonar sus estudios porque no le alcanza para fotocopiar un libro, o un pescador al cual las grandes empresas pesqueras no le permiten extraer el recurso marino necesario para su sobrevivencia, o al estudiante que ve que su escuela se convirtió en un cuartel de Fuerzas Especiales entrenadas para reprimir, o para el suboficial de ejército que tiene que soportar el robo que hacen los mandos superiores, o para el trabajador que fue engañado por su AFP, o el mapuche que recibe violencia por pertenecer a uno de nuestros pueblos originarios, o el ecologista que protesta frente a la construcción de una represa, o el usuario de algún servicio telefónico que se siente estafado, etc. Claramente estos discursos son los que están lejos de los noticieros de la prensa estandar a la cual no hemos sabido regular desde una ley de medios que asuma su responsabilidad política con la ciudadanía como la que tuvieron nuestros vecinos argentinos.
El problema de lo político no tiene que ver con un mero ideal. Lo político afecta nuestro cotidiano y por lo tanto se cruza en relación directa con nuestra convivencia. La persistencia de estos discursos menores, aportan en cuanto hacen posible que sea cada día más difícil hacerse el leso, se es tonto sólo hasta el medio día como dice el dicho.
Estamos frente a una posibilidad de maduración política que seguramente mejorará el Chile de mañana. El proceso constituyente, promesa de campaña presidencial incumplido, es puro artificio. Los más entendidos en estos temas distinguen entre el “proceso constituyente oficial” y el proceso constituyente de verdad. Me parece muy importante el optimismo que apunta a la verdadera Asamblea Constituyente, que asume que para eso nos falta aún maduración política. Falta ese proceso de concientización -usando la expresión del educador brasileño Paulo Freire- que permita ver con claridad la causa del agobio al cual estamos sometidos. Lo político afecta nuestro cotidiano un primer paso de la concientización. Lo segundo es que lo político puede ser transformado, no es algo natural.
La transformación política que requiere una auténtica sociedad democrática sin duda traerá manifestación de violencia, pero esto se agudiza si el modelo que hay que cambiar se defiende con violencia, con esa violencia de Estado que se viene agudizando. Al menos esa es la sensación que me queda de las dos últimas marchas estudiantiles, en las cuales las Fuerzas Especiales han asumido una actitud totalmente provocadora frente a los manifestantes, como el pedir carnet y revisar mochilas a los estudiantes que se desplazan a sus clases los días que hay convocatoria a marcha, a simple olfato se puede apreciar que se viene aumentando la cantidad y el potencial de los gases lacrimógenos, a simple vista se puede apreciar la sensación de temor que quieren provocar las bien entrenadas Fuerzas Especiales con formación de base en la Escuela de las Américas especializada en represión y tortura. Las Fuerzas Armadas y de Orden no han puesto aún en marcha un proceso serio de democratización, de ahí que sigamos con una mantención de un sistema que niega la posibilidad a un ciudadano pobre a ocupar un alto rango en estas instituciones.
Estamos frente a una posibilidad inmejorable para establecer una sociedad democrática que no sabemos como será, pero en la cual hay que asegurar cuestiones básicas para una sociedad que pretende mejorar su convivencia con la disminución del agobio. Finalmente la cuestión de lo político es una cuestión que tiene que ver sólo con una mejor organización de la vida colectiva. De ahí que son fundamentales derechos básicos orientados a la justicia y deberes básicos orientados a la solidaridad.
–El autor, Alex Ibarra Peña, pertenece al Colectivo de Pensamiento Crítico palabra encapuchada. Docente de la Universidad Católica Silva Henríquez.
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