La indiferencia, el motor del capitalismo
por Esteban Vilchez (Chile)
11 años atrás 8 min lectura
20/01/2016 |
Todavía no he podido leer el libro “La rebelión del sentido común”, de José Ramón Valente. Por supuesto que lo leeré atento a los argumentos y con la disposición de dejarme convencer si contienen mejores razones que las que tengo para cuestionar el capitalismo. Pero, por ahora, no creo en el diseño inteligente, en los nacionalismos, en el racismo ni en las discriminaciones de ninguna clase; y, por supuesto, tampoco creo en el capitalismo y su indiferencia.
«De animales a dioses», de Yuval Noah Harari es, probablemente, uno de los mejores libros de historia que he leído. No es un agotador resumen cronológico de los hechos «históricos», sino un análisis increíblemente lúcido acerca de nuestra naturaleza, nuestras instituciones y nuestras sociedades, usando a la historia como llave maestra para ese análisis.De los muchísimos aportes que Harari hace a cualquier lector con deseos de entender lo que lo rodea, me impactó especialmente el que hace referencia al capitalismo. Destacando que los imperios, la religión y el dinero han sido tres fuerzas que han unido a la humanidad – lo que es muy diferente a decir que le hayan «hecho bien» o «más feliz» -, Harari otorga una mirada al capitalismo y su naturaleza.
El capítulo 16 de su libro se denomina, precisamente, «El credo capitalista». Allí nos cuenta de cómo el crédito fue la causa que, por ejemplo, determinó el ascenso imperial de Gran Bretaña y la debacle francesa que concluyó con un Luis XVI decapitado. Nos cuenta sobre el poderío de empresas privadas, como la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC) o la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales (WIC) y decisiones tan amarradas a la codicia como la de Gran Bretaña de declarar la guerra a China en nombre del «libre comercio», que no era más que su deseo de poder seguir vendiendo opio a los chinos. Un cartel de la droga imperial que libró para ello la llamada «guerra del opio» (1840-1842).
De todas las historias que pueden destacarse en el desarrollo del capitalismo, una de las más atroces y vergonzosas es el tráfico de esclavos. Como señala Harari, entre el siglo XVI y XIX, unos diez millones de esclavos africanos llegaron a América, tráfico desarrollado por empresas privadas y siguiendo estrictamente las leyes de oferta y demanda. Es en este tipo de situaciones donde la teoría de Adam Smith acerca de que «mi beneficio» es el «beneficio de todos» demuestra su cojera en todo su esplendor. Y las palabras de Harari son sublimes: «Este es el pequeño inconveniente del capitalismo de libre mercado: no puede asegurar que los beneficios se obtengan de manera justa o que se distribuyan de manera justa… Cuando el crecimiento se convierte en un bien supremo, no limitado por ninguna otra consideración ética, puede conducir fácilmente a la catástrofe. Algunas religiones, como el cristianismo y el nazismo, han matado a millones de personas debido a un odio ardiente. El capitalismo ha matado a millones debido a una fría indiferencia ligada a la avaricia».
¿Qué puedo decir? Hay personas que tienen una inteligencia y perspicacia superior. Una de ellas es Harari. En pocas líneas describe el núcleo moral del capitalismo. Porque aunque nos parezca obvio, «capitalismo» habla de alguien que está a favor o que, incluso y por lo regular, «ama» el capital. No a las personas, no a los esclavos que venían de África, no a los pobres, no a los marginados ni a los que son arrancados de sus pueblos y tierras por las empresas extractivas. El capitalismo, en tanto amor por el capital, es a la vez indiferencia por los demás.
Harari recuerda aquí también la historia de Leopoldo II de Bélgica, el rey que en 1876 fundó una ONG para explorar el África central y combatir el tráfico de esclavos a lo largo del río Congo. Con el control otorgado por las potencias europeas de 2,3 millones de kilómetros cuadrados nació el Estado Libre (sí, «libre») del Congo. A poco andar, la ONG y Leopoldo olvidaron las escuelas y hospitales y la protección de la población del lugar, dedicándose en cambio a la explotación del caucho y a cortar los brazos de los campesinos africanos que no completaban la cuota asignada, sin contar con las directas masacres de aldeas. Entre 6 y 10 millones de congoleses murieron gracias a la caritativa decisión de Leopoldo II de Bélgica, hasta hoy considerado un gran cristiano. ¿A alguien le importaba el sufrimiento de estas personas? No a los capitalistas.
Tal como lo señala Harari, el tráfico de esclavos no se basaba en un odio racial, al menos no principalmente. Se basaba en el amor al capital y en la completa indiferencia. Los esclavos africanos no importaban. Los indios americanos trabajando en las encomiendas no importaban. La ingenua y alegre recepción de los arawaks a Colón contrastaba con la indiferencia de españoles que después los enviaron a recoger oro – también tenían la política de amputar las manos de los «holgazanes» -, a trabajar en minas insalubres y a una extinción completa de la etnia para 1650.
Y el capitalismo sigue igual. Las textiles y las minas de carbón en Inglaterra, las plantaciones de azúcar, las salitreras chilenas, las jornadas de trabajo de 16 horas, los sueldos mínimos irrisorios, el ahorro de gastos en la salud de los más pobres, las Isapres, la división misma entre ricos y pobres… Todo eso tiene un denominador común: la indiferencia. Mientras haya más dinero y mejores beneficios, al capitalista sencillamente no le importa, en absoluto, el sufrimiento de otros seres humanos.
Tampoco importa el sufrimiento de otras especies. La industria de la carne somete a cerdos, gallinas y vacas a un sufrimiento indecible e injustificable, simplemente porque eso renta. Y las personas las comen en restaurantes y reuniones sociales, sin que les importe en verdad averiguar cuánto sufrimiento hay detrás de cada bocado. Dice Harari: «De la misma manera que el comercio de esclavos en el Atlántico no fue resultado del odio hacia los africanos, tampoco la moderna industria animal está motivada por la animosidad. De nuevo, es impulsada por la indiferencia. La mayoría de las personas que producen y consumen huevos, leche y carne rara vez se detienen a pensar en la suerte de las gallinas, vacas y cerdos cuya carne y emisiones comemos».
Indiferencia. Ahí está el centro y el nervio del capitalismo. Indiferencia ante el sufrimiento de todos los demás mamíferos del planeta, humanos o no; indiferencia ante el sufrimiento de las aves; indiferencia ante el calentamiento global y la afectación del medio ambiente.
Las colusiones en Chile son, ante todo, indiferencia hacia quienes necesitan comprar medicamentos o surtirse de un producto necesario; la corrupción es indiferencia frente a quienes sufran los costos económicos de ella; la negativa a todo esfuerzo por mejorar la distribución del ingreso, corregir las desigualdades en la educación o en el acceso a la salud, no es otra cosa que la indiferencia total frente al derecho de los demás a ser tan felices como nosotros. Las empresas mineras que se apropian del agua o construyen tranques de relaves que pueden desplomarse sobre pueblitos pequeños conformados por personas sin riquezas, contactos ni influencias, como Caimanes, padecen de una indiferencia crónica. Una Isapre que rechaza entregar el tratamiento urgente que un paciente angustiado requiere porque «no hay cobertura», es indiferente. Lo que no es indiferente para la industria de las farmacias, para los coludidos, para los privilegiados, para las empresas mineras o para las Isapres es la cantidad de dinero que les reportará su indiferencia ante el sufrimiento de los demás seres.
El capitalismo no es solamente un sistema ineficiente para distribuir de modo justo el fruto del trabajo colectivo; es, ante todo, una forma terrible de ver a los demás. Quizás, es mejor decir que es un modo terrible de no ver a los demás, de negarles su visibilidad, su derecho a ser felices, su derecho a soñar.
El capitalismo ahoga, en el ruido de las monedas cayendo en el insaciable cofre de la avaricia el llanto de demasiados niños africanos que perdieron a sus familias, las lágrimas de padres que vieron morir a sus hijos de hambre o de falta de atención médica; el capitalismo es responsable de cestos llenos de manos y brazos de congoleses y arawaks que no completaron sus cuotas de caucho o de oro; es responsable de la muerte de Eduardo Miño, quien, afectado por la asbestosis pero mucho más por la impotencia ante la injusticia, se suicidó frente a La Moneda en 2001; el capitalismo y su indiferencia explica que el hecho de ser un niño y de estar enfermo no bastan para recibir atención médica al tope de nuestras capacidades. Las demostraciones históricas acerca de que perseguir el propio beneficio es perseguir el de todos, como sugería Adam Smith, asimilando altruismo con egoísmo, son tantas que no vale la pena seguir.
De todos modos, siempre el sentido común, que se rebela ante la insensatez, nos sugería que no puede ser lo mismo perseguir el beneficio propio que el de todos, que ser altruista y egoísta no puede ser igual ni para uno mismo ni para el conjunto.
Ese es mi problema con el capitalismo. Uno ético, uno humano. Como sistema, puede ser – y lo ha sido – muy eficaz concentrando la riqueza, diseminando el sufrimiento, prescindiendo de la justicia y consiguiendo un crecimiento económico que no es sinónimo de menos sufrimiento para los menos favorecidos. Como propuesta ética, me parece aberrante y creo que sus crímenes son tantos que quien no quiera verlos tiene un problema serio. Uno de indiferencia, probablemente.
–El autor, Esteban Vilchez, es abogado
*Fuente: Cambio 21
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http://www.bing.com/videos/search?q=cuando+la+suerte+que+es+grela&qpvt=cuando+la+suerte+que+es+grela&view=detail&mid=E95F2C7BAC5DE7F169EDE95F2C7BAC5DE7F169ED&FORM=VRDGAR
Los tangos tienen la virtud de traducir en rima y en música las situaciones trágicas de la vida.
Y esta tragedia de la indiferencia, la vemos en el tango Yira, Yira