Hasta hace unos años, para mi familia el 6 de diciembre era una fecha de fiesta y celebración. Es el día del cumpleaños de mi hermana Valentina. Hace seis años, organizándonos para conmemorar el suceso, mientras culminaban los preparativos, mi padre se acostó a reposar y se quedó dormido para siempre. Ahora, esa efeméride es de sabor agridulce para nosotros, de festejo por un lado, y de evocación, recapitulación y recuerdo emocionado y agradecido, por otro.
Los resultados electorales han motivado una serie de opiniones, análisis e interpretaciones, respecto de lo que ha sucedido, sus causas y sobre todo sus posibles consecuencias. Si bien es necesario, que el gobierno y las autoridades políticas y gubernamentales estudien las segundas, si no se produce un análisis de las primeras, no se saldrá del marasmo que se ha producido.
Por mi parte, aunque los números finales me causaron sorpresa, lo ocurrido no significó ninguna extrañeza ni asombro. El 14 de diciembre de 2011 escribí un artículo que en su párrafo inicial decía: “El declive del chavismo en términos políticos comenzó en el año 2007 cuando perdió el referendo para la reforma de la Constitución en diciembre de ese año”. Agregaba más adelante “En general, el chavismo siempre ha pecado por sobrestimar lo cuantitativo y desechar lo cualitativo. Eso lo ha llevado a sobrevalorar lo electoral y subestimar el papel del trabajo político como instrumento necesario para la transformación de la conciencia colectiva. Me atrevo a hablar de que ha habido derrotas políticas porque a pesar de la extraordinaria obra del proceso bolivariano en casi todos los ámbitos del quehacer gubernamental, esto no se ha traducido en conciencia que motive a los ciudadanos a mantener y/o incrementar su apoyo a los partidos que sostienen al gobierno del país. Es evidente que, -números más, números menos- desde 2006 se ha marcado un aumento de la votación de la derecha y una disminución de la del gobierno. Se puede querer ver o no, y buscar todas las explicaciones posibles, pero esa es una evidencia constatable”. Por esto, no me ha sorprendido el resultado, toda vez que es la concreción de una tendencia que se venía manifestado desde hace 8 años.
Sin haber hecho un estudio profundo de lo ocurrido, mis primeras reflexiones me llevan a afirmar lo siguiente:
- El sistema democrático en Venezuela demostró que sí funciona y las instituciones, en particular el Consejo Nacional Electoral confirmó su confiabilidad, poniendo en evidencia que todo lo que se dijo previamente era parte de un operativo de amedrentamiento y desprestigio que apuntaban a desatar nuevamente la violencia. Como es habitual, cuando no gana el candidato de Estados Unidos, los medios transnacionales de comunicación vociferan respecto de una práctica fraudulenta y cuando la victoria es de sus adláteres confirman que los comicios fueron “limpios”. Es la verdad imperial. Al respecto vale decir que oficialmente, Estados Unidos no ha reconocido a Nicolás Maduro como presidente de Venezuela a pesar que fue elegido en 2013. Obtenidos los resultados deseados por el imperio, sin importar los desmanes cometidos ni las víctimas provocadas, al igual que Tony Blair, piden disculpas y asunto resuelto. En ese caso, el más de un millón de ciudadanos iraquíes muertos no tiene mayor importancia.
- Las elecciones fueron tranquilas y muy limpias. Los únicos que violaron la ley fueron la manada de ex presidentes que hicieron declaraciones aún cuando había votantes en las filas, lo cual está prohibido por ley para los venezolanos, mucho más para los extranjeros. Entre estos demócratas que vinieron a “observarnos” estaba un ex secretario general de la OEA que fue destituido por corrupción cuando llevaba 2 meses en el cargo, la presidenta que se confabuló para permitir el escape del terrorista Luis Posada Carriles a cambio de una importante cantidad de dinero que pagaron las bandas mafiosas de los cubanos de Miami, y otro que fue destituido por el pueblo en las calles por los graves escándalos de corrupción durante su gobierno otros con un prontuario “democrático” similar.
- La derrota del chavismo se sustenta en una amplia mezcla de factores. Uno de ellos, muy importante, pero no el único es lo que el gobierno llama “guerra económica”, pero también influyó la soberbia, el sectarismo, la incapacidad administrativa y la ineficiencia del gobierno para tomar medidas contra la corrupción y para ampliar la base social de apoyo. Lo que ocurrió es el voto de castigo de una amplia gama de ciudadanos que con Chávez se transformaron en consumidores, y que hoy están molestos. Por eso, no hubo un importante trasvase de votos, sino casi 2 millones de chavistas que esta vez no se hicieron presentes. Como le dijo Fidel a Chávez hace algunos años ” En Venezuela no hay cuatro millones de oligarcas”
- Queda claro que la democracia representativa no funciona en condiciones de fuerte injerencia y agresión externa. La embestida no necesariamente tiene que ser militar, puede tener características económicas, políticas, diplomáticas y/o mediáticas o una mezcla de ellas. En Gran Bretaña se suspendieron las elecciones de 1940 y se volvieron a realizar en 1945 y en Estados Unidos se optó por re elegir tres veces a Roosevelt durante la guerra. En la Nicaragua de 1989, el pueblo sandinista votó contra el FSLN a fin de detener la guerra y la sangría del pueblo, como se demostró posteriormente, la sabiduría del pueblo le permitió comprender que esa era la única manera que había para que Estados Unidos cesara la agresión. La democracia representativa es intrínsecamente asistémica cuando se pone en juego el poder de los que siempre han mandado.
- El PSUV nunca ha actuado como partido político, sino como maquinaria que se activa, de manera exclusiva- en tiempos electorales, el resto del tiempo es pasiva y se limita a la acción parlamentaria. Esto es posible para países donde no se está sufriendo una situación de “guerra económica” o de otro tipo, pero para aquellos, en los que en condiciones de inferioridad respecto del imperio, pretenden construir un modelo de desarrollo y sociedad diferente, es fundamental el trabajo político, toda vez que nunca se va a poder competir contra un enemigo de esas dimensiones en términos de las finanzas, la economía o las capacidades bélicas. Sólo se vence con una ética y una moral superior, una gestión diferente, y un pueblo participando, con alta conciencia a partir de procesos de formación y organización política superior.
- En el mundo de hoy, y en particular en América Latina, las funciones tradicionales de los partidos políticos han sido asumidas por los medios de comunicación. Ellos fijan la pauta, imponen la agenda y organizan el “show de la democracia”. El combate sustancial tiene que ser contra ellos, sobre todo porque han hecho que la “verdad” ya no tenga valor alguno. Se puede hacer cualquier afirmación como argumenté en mi artículo anterior, mintiendo impunemente sin posibilidades de denuncia y sin que la sociedad tenga mecanismos para su control. Cualquier decisión en ese sentido es considerada “un ataque a la libertad de expresión”. Hoy, los medios de comunicación y las llamadas redes sociales son los soldados imperiales más importantes y sobre los que se construye el ejército necesario de los poderosos para lograr sus objetivos cuando las condiciones de desarrollo del componente bélico de la guerra no están presentes.
Hasta ahí, algunas reflexiones iniciales. El debate está lanzado. Ojalá no llegue nuevamente a oídos sordos. Los resultados electorales en Argentina y Venezuela parecieran confirmar que ha comenzado el “fin de ciclo progresista”. En un artículo anterior expuse mi opinión al respecto. Me parece más acertado hablar de momentos de flujo y reflujo del movimiento popular. En algunos de los primeros, tal situación coincide con el surgimiento de liderazgos individuales o colectivos que los potencian. Así fue el iniciado en Perú en 1968 con el general Velasco Alvarado y continuado en 1969 en Panamá por el general Torrijos, en Chile 1970 con Salvador Allende, en Bolivia con la llegada al poder del general Juan José Torres en 1970, con la fundación del Frente Amplio en Uruguay en 1971 y la victoria de Héctor Cámpora y del general Perón en Argentina en 1973. Ese período duró alrededor de 7 años y fue aplastado a sangre y fuego, sobreviniendo feroces dictaduras militares que ilegalizaron los partidos políticos, los sindicatos, cerraron los parlamentos, persiguieron a la prensa libre y asesinaron, torturaron, desaparecieron y exiliaron a centenares de miles de ciudadanos.
Pasaron seis años entes que la revolución sandinista en Nicaragua y la de la Nueva Joya en Granada detuviera el período de reflujo, y alrededor de 25 años para que comenzara esta nueva etapa de flujo popular a partir de la victoria electoral de Hugo Chávez en Venezuela en 1998. Si nos atuviéramos al enunciado de que en este 2015 se ha iniciado un nuevo momento de retroceso, tendremos que aceptar que esta vez, el avance de las fuerzas populares duró 17 años mucho más que en los 60 y 70 del siglo pasado y que las condiciones en que finaliza son totalmente distintas. Las muestras más claras: la despedida de la presidente Cristina Fernández en un multitudinario acto en Plaza de Mayo el pasado miércoles y la auto convocatoria de las organizaciones populares y sociales en Caracas que marcharon al palacio de gobierno ese mismo día. No eran pueblos derrotados los que se reunieron, por el contrario, se observaban caras altivas y en resistencia que miraban el futuro. Tengo la certeza de que no habrá que esperar 25 años, ni siquiera 6 para que los pueblos retomen la ofensiva que los conducirá a nuevas victorias.
*Fuente: Radio UdeChile
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