9 noviembre 2015
En las redes sociales circula profusamente una declaración de Eduardo Matte, bisabuelo del presidente de la Papelera, Eliodoro Matte, que habría sido publicada el 19 de marzo del año 1892 en elDiario El Pueblo: “Los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo; lo demás es masa influenciable y vendible; ella no pesa nada ni como opinión ni como prestigio”.
A pesar de los años, esta declaración del pariente aludido, cobra mucha importancia a la luz de los recientes episodios de colusión que involucran a la familia Matte. En efecto, en recientes declaraciones el presidente de la Papelera (CMPC), firma acusada de colusión por la Fiscalía Nacional Económica con la competidora sueca SCA (antes Pisa) –por más de diez años– para engañar a los consumidores de papel higiénico y toallas de papel, ha sostenido que se siente engañado por sus ejecutivos y hombres de confianza.
El problema para la credibilidad de los dueños de la CMPC, es que ya se habían coludido en Colombia –mercado al que arribaron el 2008– para subir el precio de los pañales, con competidoras tales como “Productos Familia” de propiedad de la sueca SCA. La Superintendencia de Industria y Comercio de Colombia, en el 2014, determinó que durante quince años habían estafado a los consumidores de ese país.
Si de colusión se trata, los consumidores chilenos estamos acostumbrados, porque están la de los pollos, de farmacias y ahora la del “papel confort” y si quiere piense en cualquier producto de consumo cotidiano y seguramente encontraremos que algo huele mal.
Según el presidente de la Sofofa, Hermann von Mühlenbrock, refiriéndose al escándalo del papel higiénico, nos dice que “el negocio tiene objetivos de maximizar una producción, pero la obsesión por el lucro no nos puede cegar”. Bien por el presidente de la multigremial, porque apunta a un tema de vital importancia, como es el comportamiento ético del empresariado y su responsabilidad social.
De nada valen las declaraciones de rechazo que actualmente escuchamos de parte del empresariado en relación con este nuevo episodio de maltrato ciudadano, si no van acompañadas de acciones correctivas que penen con cárcel la colusión y los delitos de corrupción.
Mi opinión es que estos episodios de engaño de los empresarios no terminarán mientras vivan en el mundo de la ceguera moral, producto de una ideología que, basada en la ortodoxia económica, cree que una “fuerte dosis de desigualdad produce economías que crecen de manera más rápida y eficiente”.
Chile es hoy una sociedad donde la mayoría está excluida, porque una minoría que maneja la riqueza no respeta el Estado de derecho, las libertades y las reglas del juego de una sociedad civilizada y democrática. Sí esto es así, el libre mercado es un cliché, no existe realmente.
Chile después de cuarenta años de imposición de un régimen económico neoliberal a ultranza, es uno de los países más desigual del planeta. En efecto, la brecha de la riqueza se ha disparado, pero sin que se haya producido el progreso económico que se nos prometió. El modelo ha permitido que unos pocos concentren en forma escandalosa el capital, pauperizando a la inmensa mayoría.
La situación descrita está llevando al país a una peligrosa y destructiva confrontación que tarde o temprano explotará. En nuestra sociedad son muchas las señales de que el actual modelo económico, aplicado sobre la base del abuso empresarial y la desidia y complicidad de nuestros gobernantes, nos llevará a una situación sin retorno.
Al consumidor –quizás ciudadano– le parece bien el libre mercado, siempre y cuando se cumplan algunas premisas que escribió Adair Turner en su libro Capital Justo, La Economía Liberal: el libre mercado no puede dejarse al libre albedrío. Es necesario, un conjunto de transferencias y de impuestos redistributivos que pongan la economía de mercado al servicio de fines más amplios. Es decir, es solo concebible con una correcta distribución de la riqueza.
Por lo anterior escribí en mi artículo “Los abusadores y la felicidad”, hace algunos años, que el Estado tiene que regular a las empresas privadas que manejan servicios públicos y productos de primera necesidad y de uso cotidiano.
Chile es hoy una sociedad donde la mayoría está excluida, porque una minoría que maneja la riqueza no respeta el Estado de derecho, las libertades y las reglas del juego de una sociedad civilizada y democrática. Si esto es así, el libre mercado es un cliché, no existe realmente.
La pregunta que usted se está haciendo es ¿por qué toleramos esta situación de maltrato permanente de un sector minoritario pero económicamente poderoso, sobre la mayoría ciudadana? Una respuesta posible: es que nos tragamos la ideología librecambista sin darnos cuenta y hemos aceptado como normal una situación que a todas luces no lo es.
Me explico, en el libro ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?, el sociólogo Zygmunt Bauman se hace la pregunta sobre si es cierto que “cualquier alteración de la desigualdad natural de los hombres es dañina para la salud y el vigor de la sociedad, así como también para sus poderes creativos y productivos”, aludiendo a una supuesta superioridad “natural” de las clases dominantes que está determinada por el nacimiento. Y que, por lo tanto, nosotros tenemos “poco o ningún poder para cambiar el veredicto del destino” que nos puso en esta sociedad en la escala en que estamos ubicados.
Según lo que leímos al principio de este artículo, en el año 1892 el señor Eduardo Matte estaba convencido de eso, porque era la realidad, por dolorosa que nos parezca. ¿Y ahora usted cree que las cosas han cambiado?
El estudio de Daniel Dorling sobre la desigualdad y que consigna Bauman, se destaca que “la desigualdad social en los países ricos se mantiene debido a la persistencia de la creencia en los principios de injusticia, y puede resultar chocante para la gente darse cuenta que puede haber algo malo en gran parte de la estructura ideológica en que vivimos”
Para ejemplarizar lo anteriormente dicho, Dorling toma parte de un discurso de Margaret Thatcher en los Estados Unidos: “Una de las razones por la que valoramos a los individuos no es porque sean todos iguales, sino porque son todos diferentes. Yo digo: dejemos que nuestros hijos crezcan y que algunos sean más altos que otros si tienen la posibilidad de serlo. Porque debemos construir una sociedad en la cual el ciudadano pueda desarrollar plenamente su potencial, tanto para su propio beneficio como para el conjunto de la comunidad”.
Como bien dice Bauman, Thatcher da por un hecho evidente que nuestras capacidades así como la estatura están determinadas por nacimiento. Como ve, estimado lector, las cosas no han cambiado demasiado en Europa, allá muchos piensan como lo hizo la burguesía chilena en el pasado.
El dirigente empresarial Segismundo Schulin-Zeuthen dice, en relación con los escándalos de colusión, que “hay que revisar las penas, porque si no se entiende por las buenas, tendrá que ser por las malas”.
Atendiendo a las declaraciones que hemos escuchado y leído, es de esperar que empresarios, trabajadores y Gobierno inicien un período de diálogo que nos lleve a un nuevo contrato social y a una nueva Constitución, en donde los dueños de Chile seamos todos.
*Fuente: El Mostrador
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