Nuestra crisis: Un peligro de hundirnos o una oportunidad de revivir
por Iván Auger (Chile)
11 años atrás 6 min lectura
En chino mandarín la palabra crisis se escribe con dos ideogramas, peligro y oportunidad. Sabia norma de la cultura confuciana cuyo principio central es la armonía, que como toda obra humana no se logra totalmente. A veces China se acerca, en otras sufre una crisis y se aleja, ahí está el peligro, pero siempre se puede recuperar y volver a progresar, he ahí la oportunidad, como lo demuestran más de 2.600 años de historia.
En nuestro país la crisis de hoy se incubó en la dictadura, cuyas bases fueron bayonetas, el franquismo gremialista y el fundamentalismo de mercado de los Chicago Boys. Y no digo libre mercado ni modernización capitalista, debido a que esa tercera base del modelo fue la oligarquía libertina de los favoritos del régimen.
En la jaula de hierro pinochetista
Muchos pensamos que la movilización ciudadana que superó la dictadura era la oportunidad para restaurar una democracia plena. Por desgracia fue «protegida». La dictadura y Guzmán cumplieron el sueño que Franco no logró, «dejar las cosas atadas y bien atadas». La Concertación se desdibujó, muchos se convirtieron. Y entramos a lo que Weber, un crítico de Marx y padre de la sociología norteamericana, llamó la jaula de hierro, una supuesta racionalidad para conservar, en nuestro caso, el legado pinochetista.
Cuando un principio de organización de la sociedad pasa a ser dominante en la economía y el gobierno, dijo Weber, el resto de la sociedad y sus instituciones paulatina pero inexorablemente lo adoptan. En nuestro caso, domina una ortodoxia ideológica disfrazada de mercado libre, que es solo libre para abusos oligárquicos, como lo demuestran la serie de escándalos que la justicia investiga, en un país en que ni siquiera es delito la colusión empresarial.
Por ello, el 2014, el año de la desaceleración económica, las fortunas de nuestros multimillonarios en Forbes (más de mil millones de dólares líquidos), subió de 15,5 a 33,9 mil millones. Y según un informe del Global International Integrity sobre la fuga ilegal de capitales desde América del Sur, entre 2003 y 2012, nuestro país ocupa el segundo lugar, 45,8 mil millones de dólares, lo supera solo Brasil.
Una modernización digna de Orwell
El sistema uso canales de difusión. Destaca el deterioro y expansión de la educación universitaria. Partió en la dictadura con la jibarización de la Universidad de Chile, la más antigua y prestigiosa. La Escuela de Economía de la Católica pasó a ser el centro de formación de la élite, privada y pública, en defensa de la poco católica avaricia. A ello se agregó una expansión de la educación superior, en especial durante la transición, con establecimientos privados de dudosa calidad y cuyo fin esencial es el lucro.
Esa política, además, abandonó la difusión del pensamiento ilustrado en las ciencias, humanidades y artes, la tradición universitaria. El énfasis se puso en educar para supuestos empleos con buenos salarios para la naciente nueva clase media. Lo mismo ocurrió en EE.UU. en los últimos 30 años, pero con una diferencia, satisficieron las demandas y necesidades del capitalismo de hoy.
Eso no ocurrió en Chile, aunque se prometió. Nuestra economía siguió orientada hacia productos primarios que requieren de poca mano de obra calificada. Y dado el altísimo costo de nuestra educación superior a cargo de los estudiantes, a los nuevos diplomados les salió el tiro por la culata, sus remuneraciones eran inferiores a sus deudas..
Con un agravante. Si las élites se dedican solo a sus personas, el capitalismo patrimonial, la raíz de la desigualdad, la consecuencia es la carencia de capital social, de la confianza interpersonal, que es indispensable para el desarrollo. El resultado es que solo el 13 % de los chilenos creen que se puede confiar en los demás y el 70% piensa que tratan de aprovecharse de ellos.
Ahora se suma la difusión de las comunicaciones digitales, que debilita la vida social en general y de los barrios en particular. Con el agravante de que se puede calumniar y estafar desde el anonimato. Y que, como lo dice la última novela de Umberto Eco, el «Número Cero», transformó la política en chismes y sospechas; una expansión ilimitada del sensacionalismo de los que tienen poder.
Y si las redes sociales crean el ambiente, se puede llegar al linchamiento intelectual. También a debilitar las instituciones con consignas como las del movimiento populista italiano Cinco Estrellas, los políticos, todos sinvergüenzas, a sus casas, viva la democracia digital, un individualismo que raya en el solipsismo. Toda una modernización orwelliana.
La ley pareja no es dura
El escepticismo de la ciudadanía con nuestro sistema comenzó a notarse desde 1997, año en que se inicia una paulatina disminución en la participación electoral. Se añadieron encuestas que demostraban que la mayoría es partidaria de la democracia, pero criticaba su funcionamiento. Más una bajísima opinión de los partidos políticos, ambas ramas del Congreso Nacional y del gran empresariado, la CASTA del Podemos español, cuya aprobación no pasa hoy del 10 %.
El 2013 la actual Presidenta fue elegida por una amplia mayoría, pero con una alta abstención, con solo el 25 % del voto ciudadano. En otras palabras, preferimos a Bachelet, pero no comprometemos el sufragio. A ello se agregaron pillajes en casos de desastres naturales, recientes inundaciones en el norte y hace cinco años un fuerte terremoto. Más violencia en manifestaciones callejeras, aunque las más masivas, las estudiantiles del 2011, fueron pacíficas.
La presidenta se repuso hacia fines del 2014 por sus reformas, y logró que el rechazo ciudadano al sistema político llegara a su nivel más bajo en años, 51 %. Sin embargo, su popularidad se derrumbó el 2015 con los escándalos de Penta, Caval y SQM. La derecha logró un empate con rumores y noticias no oficiales que adquirieron carácter público, aunque hasta ahora los únicos imputados son la flor y nata de los hijos del pinochetismo. El apoyo ciudadano a Michelle cayó al 31 %, pero hasta ahora mantiene la compostura.
Por ello Bachelet conserva la preponderancia en el mundo político. Y los que sueñan con un acuerdo político similar al del MOP-Gate, el perdonazo en tiempos de Ricardo Lagos, piden que la presidenta lo lidere. Si ello ocurriera, seguiríamos hundiéndonos en el fango, incluso un artículo reciente, en el Financial Times, de un periodista chileno, nos califica en el titular de ladrón de tiendas. Y, lo que es peor, perderíamos otra oportunidad de superar la crisis pinochetista.
En cambio, si la Moneda insistiera en que las instituciones deben funcionar caiga quien caiga, un paso trascendente para incrementar nuestro capital social, no solo nos abriría la jaula de hierro que nos legó el pinochetismo. Además, volveríamos a ser respetables, un ejemplo, como Allende. Y nuestra presidenta seguiría siendo el personaje más relevante en el mundo, como lo dijo el año recién pasado el Financial Times, que enfrenta la desigualdad, el gran problema del presente en occidente, una de cuyas bases es la igualdad ante la ley.
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