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Educar para una nueva época 

La época actual y los resultados del manejo del planeta, de sus recursos, y la consecuente desesperanza humana, plantean retomar las formas más genuinas de conjuntar las energías en el acto de educar y educarse, para alcanzar una calidad de vida mejor.

Al analizar la evolución del ser humano, su milenaria lucha por sobrevivir y acumular saberes, así como el desarrollo de la inteligencia, podemos apreciar en la estructura social, la biología humana y el entorno natural la traza de múltiples comportamientos innatos y adquiridos, en los que, con aciertos y errores, se conformó el proceso conocido como educación.

Como señala Edgar Morin, la educación nos diferencia de otras especies del reino animal, que en su supervivencia no logran modificar sustancialmente sus hábitos. Por el contrario, el ser humano –sabe que sabe, y con esa consciencia puede mejorar sus técnicas en los hábitos de vida, construir conocimientos y reproducirlos avanzando. Ése es su gran privilegio. Como dice el neurofisiólogo francés Daniel Dennet, la principal característica de la consciencia es –ser consciente, condición humana favorable en la que puede anclarse el acto de aprendizaje, como llama Humberto Maturana a esa elaboración de conocimiento consciente, capaz de generar cambios, memoria, improntas y hasta los «memes», o genes culturales, traídos a colación más recientemente.

De ahí la importancia del acto pedagógico, porque siendo maleable el ser humano en favor de la acumulación de experiencia, lo mediado por personas más conscientes y capaces formará seres humanos con gozo y en armonía con la totalidad cósmica.

Precisamente, la mediación pedagógica, (conexión mediador- aprendiente) con resonancia corporal, mental y espiritual, facilita el bagaje adquirido de la persona en formación, tiene su efectividad ligada a la consideración de la complejidad humana, la cual nos impulsó desde épocas remotas a inventar, crear, y dar sentido a ese vacío pleno de inteligencia que es la vida, imbuido en signos de lenguaje y cultura, muchos de los cuales reclaman un cambio, nuevos valores y sentidos más profundamente estimulantes. Ello por cuanto aprender sin emociones ni gozo es como colocarse cada día una calcomanía en el cuerpo hasta cubrirlo sin dejarlo respirar, ni sentir la vida. Aprender sin que medie la sensorialidad y el deseo es vivir a expensas de las representaciones y las nociones, impresas en la superficialidad de un papel.

En cambio, el conocimiento construido con placer, es, en cada hecho significativo y relevante, similar a un tatuaje inscrito en el cuerpo-mente, creado y recreado a gusto del aprendiente.

Sólo así es posible poner a los conceptos los colores deseados, sentir la materialidad y la espiritualidad en las preguntas y en las respuestas que conforman a lo largo de la vida la acumulación de conocimiento. Lo plantea George Leonard, quien es partidario de una- educación con éxtasis, y señala que la sociedad occidental evita el éxtasis por considerarlo una amenaza para el control de la conducta dirigida a metas, y que ha sufrido, por ello, una gran infelicidad. De la misma manera otras culturas, más allá de Occidente, han privilegiado el éxtasis, pero han dejado de lado aspectos prácticos, y también han sufrido una gran infelicidad.

Los lados oscuros del holograma

Con el salto de la biología a la cultura tras la hominización coloreamos el –holograma cósmico del que nos habla David Bohm con gran diversidad de tonalidades. Pero, lamentablemente, ese holograma multicolor ha tenido sus lados oscuros, y como en todo holograma, esas partes devienen proyectadas en la totalidad. Lados como el de ignorar nuestra biología y la del entorno, confirmando el desastre de la falta de respeto y ética a la primera ley de la ecología que establece la relación de la parte con el todo.

Podemos citar dentro de tales penumbras holográficas la influencia de religiones marcando como prioridad el «alma» y su supuesta salvación; interviniendo en que ignoremos el cuerpo como ente físico, palpitante en sincronía con otros seres vivos de bordes visibles por su evolución y dinamismo. Así vivimos una disociación con el ambiente, y en cada ser humano una disociación galopante entre su cuerpo, mente y espíritu, así como entre congéneres; afectándose los valores más compasivos y altruistas. Esta fragmentación puede verse como el resultado de la visión también por partes del cuerpo y el entorno, y la prevalencia de enfoques y negaciones de la esencia humana, en una realidad cada vez más anatomizada, diseccionada por partes y pensada cartesianamente.

Cambios sin culpabilidad

En los últimos años la humanidad ha vivido el reclamo de haberse centrado en sí misma. Científicos como Konrad Lorenz, advertían hace varias décadas sobre tal inclinación, explicando el cruel defecto de creernos el –centro de la creación, y no simplemente una rama del gran árbol de lo viviente. Con ello desdibujamos el holograma, descuidando al planeta y a los seres vivos que lo habitan, fundando el progreso en la destrucción de biosistemas y apoyados en el autoengaño, creyendo en la inocuidad de tal destrucción. Sin embargo, no es momento para culpabilizarnos por las prácticas de generaciones anteriores, ni por la ideología del –antropocentrismo legada, pues actualmente debemos darle otro sentido: preservar la especie humana, salvando su entorno, pues son numerosos los biosistemas en peligro de extinción de los cuales depende la vida.

Cuando hablamos de la –sostenibilidad del planeta no podemos limitarnos al entorno; la especie de los humanos debemos cuidar también nuestras «zonas verdes», con mayor sensibilidad corporal, viviendo con más intensidad los talentos, habilidades, virtudes manifiestas o latentes y alcanzar la sostenibilidad corpomental y armonía con el ambiente por amor propio y al destino común de los seres vivos. Por tanto, debemos mantener la mirada en la multitudinaria población planetaria que, como sabemos, proviene de los primates, especie que, hace más de cuatro millones de años, no era la más dotada ni la más fuerte.

Fue en la solución de los principales contratiempos -qué comer, qué vestir, dónde vivir, que son base de la cultura-, como se desarrolló la inteligencia humana, una vez liberada la mano y con la mirada en alto, llegando a producir materia más sólida y fuerte que la de nuestro propio cuerpo, como está representada en las tecnologías.

En estos nuevos desafíos los niños y niñas de hoy pueden, mediante la –mediación pedagógica, aprender a cuidar el planeta, amar a los seres vivos, no destruir ni contaminar sus ambientes. Desde un nuevo planteamiento de futuro, sin llevar ellos sobre sus espaldas el peso de los –pecados ambientales cometidos por las generaciones pasadas.

Retos para comenzar ya

Cuando cambia la ciencia lo hace también la educación. «Estamos llegando al final de la ciencia convencional», advirtió el científico de origen ruso Ilya Prigogine, es decir, de la ciencia determinista, lineal y homogénea, y presenciamos el surgimiento de una conciencia de la discontinuidad, de la no linealidad, de la diferencia y de la necesidad del diálogo.

Este –cambio de paradigma requiere no sólo de nuestras percepciones y modos de pensar, sino también de nuestros valores. Fritjof Capra menciona el paso urgente hacia valores provenientes de una –ecología profunda (centrada en el cosmos). Para redimensionarnos como parte del universo, con actitudes nuevas: apertura, interacción solidaria, subjetividad colectiva, equilibrio energético, afectividad y espiritualidad. Para responder a prácticas de autorganización cósmica. Además, como salida a los problemas actuales, una –educación planetaria que supere los estrechos límites de la educación tradicional, más ambidiestra, al incorporar el tan olvidado lado derecho del cerebro y sus virtudes.

Estamos, por lo tanto, ante un gran desafío en cuanto a cómo hacer del proceso educativo, una inspiración holística y responsable para la preservación de la especie humana en el gran árbol de la vida, construyendo conocimiento para vivir mejor.

Así, debemos formar generaciones con ética, que contribuyan voluntariamente a recuperar el entorno vital destruido, con la mirada puesta en la sostenibilidad económica, ambiental y personal equitativa, para el presente y para las nuevas generaciones.

Una educación flexible para maravillarse por cada descubrimiento, frente a lo que se vislumbra y se confirma, frente a lo desconocido que deja de serlo. Cercana con las posibilidades de la vida, de la materia y sus dimensiones, para conformar holoconceptos en vez de nociones fragmentarias. Y así, transitar por mundos nuevos, llenos de información, creativos y satisfactorios, como experiencia, y abrir un espacio a la sensibilidad para apreciar los colores del entorno, la sonoridad de la naturaleza, los espacios vitales, las interrelaciones personales, así como los problemas y las soluciones posibles.

La autor, Ana Rojas Calderón, San José de Costa Rica

*Fuente: Servicios Koinonia

 

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