La batalla por las semillas se intensifica en Argentina
por Marcela Valente (Argentina)
13 años atrás 6 min lectura
El debate por la reforma de la ley de semillas en Argentina enfrenta a las firmas transnacionales productoras de especies transgénicas con organizaciones sociales, académicas y rurales que se resisten al avance del monocultivo en defensa de la biodiversidad y de la soberanía alimentaria.
El Ministerio de Agricultura insiste desde hace más de un año en que enviará un proyecto de reforma al parlamento a fin de reemplazar una ley sobre la materia que data de 1973, modificada varias veces al compás de la expansión de los monocultivos genéticamente modificados, como la soja, iniciada en los años 90.
Pero el proyecto aún no se presenta, aunque hay dos borradores. La Asociación de Semilleros de Argentina, que reúne a las empresas de biotecnología, avala el contenido de los textos, pero es cuestionado por quienes ven en esas iniciativas intentos de restringir al máximo el uso propio –o la resiembra- por parte de los productores.
Las empresas argumentan que el mundo exige un mayor rendimiento por hectárea de los cultivos para satisfacer una demanda creciente de alimentos y añaden que una norma que regule y controle el mercado de semillas garantizará la recuperación de la inversión en investigación y desarrollo de las variedades modificadas.
En cambio, los críticos rechazan la expansión de este tipo de cultivos, aduciendo que impactan negativamente en la biodiversidad, incrementan la vulnerabilidad de la actividad agrícola frente a la variabilidad del clima y amenazan la supervivencia de familias rurales, que seleccionan las mejores semillas, las guardan y las utilizan para la resiembra.
En Argentina, uno de los principales productores mundiales de soja, alrededor de 98 por ciento de las plantaciones de esa oleaginosa son de semillas transgénicas, una variedad desarrollada en los laboratorios de Monsanto que resiste la aplicación del herbicida glifosato, de la misma firma. Asimismo, 80 por ciento de las tierras cultivadas con maíz son también con semillas transgénicas.
Para 2014, esta transnacional estadounidense prevé inaugurar una planta de acondicionamiento de semillas de este tipo en la central provincia de Córdoba, que producirá 60.000 toneladas por año.
La idea, dicen los responsables de la empresa en su sitio de Internet, es contribuir a la meta de duplicar la producción de alimentos para 2050. Pero junto con esta promesa, Monsanto también prevé una mayor fiscalización de las semillas que produce, que la que hubo hasta ahora.
Carlos Carballo, coordinador de la cátedra de soberanía alimentaria de la Facultad de Agronomía de la estatal Universidad de Buenos Aires, advirtió que esta expansión amenaza la diversidad de semillas nativas y criollas adaptadas a las condiciones del suelo y el clima de cada región.
“La semilla no es una mercancía, sino parte de un patrimonio de la humanidad”, subrayó Carballo ante la consulta de IPS.
Con el avance del monocultivo de soja y maíz transgénico, que está previsto en los planes del gobierno de aumento de la producción de alimentos, “habrá una expulsión masiva de pequeños productores”.
Los conflictos por la tierra ya son una realidad. Un estudio del Ministerio de Agricultura y de la estatal Universidad Nacional de San Martín dio cuenta en 2012 de que eran 830 las controversias que involucraban a 60.000 familias, en su mayoría productoras de subsistencia.
Las pujas se incrementaron con el avance de la frontera agrícola liderado por los cultivos transgénicos.
Para Carballo, más allá de la ley que se apruebe, las empresas ya lanzaron su estrategia de protección de los nuevos conflictos. Monsanto comunicó en 2012 que ya no entregaría más semillas a productores que no hubieran firmado un compromiso que, entre otras cláusulas, permitiera a la firma fiscalizar su uso.
Apenas unos meses después de esa advertencia, Monsanto informó que entre 70 y 80 por ciento de los productores de soja ya habían firmado ese contrato, es decir que estaban obligados no solo a pagar regalías, sino a abstenerse de reutilizar las semillas patentadas bajo amenaza de acciones legales.
Monsanto, la principal productora de transgénicos en Argentina, fue la gran responsable de la expansión en los años 90 de la soja de este origen con su estrategia de resignar el cobro de regalías, señaló a IPS el ingeniero agrónomo Javier Souza Casadinho, coordinación regional de la Red de Acción en Plaguicidas y sus Alternativas para América Latina (RAP-AL).
“Eso le permitió ampliarse a todos los países del Cono Sur” de América, dijo este académico de vasta trayectoria en la materia, responsable de producir actualmente 47 por ciento de la soja y 28 por ciento del maíz que se venden en el mundo, según datos del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura.
Ahora la estrategia es exigir la firma de contratos. “El productor no tiene escapatoria ni posibilidad de volver a usar la semilla”, remarcó Souza.
Alertó, además, que en la norteña provincia de Salta está avanzando la soja transgénica en pequeñas comunidades, lo cual pone en riesgo a las semillas nativas.
“Necesitamos una ley que promueva el respeto de los modos de producción de las comunidades para conservar, mejorar y multiplicar las semillas, y permitir que haya intercambio”, dijo.
Los actores de este movimiento que busca participar en el debate señalan que el modelo de ley de semillas de Argentina podría ser el de Brasil o de Bolivia, donde se permite el cultivo transgénico a la vez que se fomenta y se protege la existencia de variedades de semillas nativas y criollas.
Carballo dijo que con apoyo estatal o de organizaciones no gubernamentales internacionales, en Colombia, Bolivia, Perú y Paraguay hay “guardianes de semillas”, que seleccionan y custodian esos bienes naturales en bancos o casas de semillas, que son de disponibilidad pública.
Argentina también tiene programas locales de protección de semillas como el que funciona desde hace dos décadas en la occidental provincia de Misiones. Mediante el “Programa de los maíces criollos”, el estado provincial y el nacional apoyan con asistencia técnica y recursos la selección, preservación y multiplicación de semillas de maíz criollas y nativas.
“Se producen allí semillas de muy buena calidad que luego el Estado compra y distribuye, porque el maíz es la base de la producción de proteínas para economías rurales pequeñas, que producen aves y cerdos”, destacó Carballo.
“Este modelo favorece el empleo rural y mejora la calidad de la alimentación”, añadió.
Para el experto, el caso de Misiones muestra que hay una alternativa posible y no muy cara de preservar esos recursos naturales… y de hacerlo también desde el marco legal.
*Fuente: IPS
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