Los cambios involucrados en la sociedad que nos ha tocado vivir, probablemente a partir del industrialismo, ha producido fenómenos políticos, económicos y sociales, cuyos lineamientos han controlado la forma en que se conducen las relaciones humanas, con tal convicción, que tal vez fue la hebra que inspiró a F. Fukiyama a escribir en 1992, “El fin de la Historia y el último hombre”, como su acto de mayor de rendición intelectual y pleitesía al capitalismo.
Como si hubiera ocurrido un juicio final, sólo quedó en pié la doctrina económica neo liberal, desterrando o declarando muerto el resto del pensamiento filosófico, económico y social que existe, sobre el cual nos falta consensuar para cambiar el iluminismo neo liberal que ha trastocado y degradando lentamente el núcleo donde se generan las decisiones personales, el corazón del hombre.
Con cada crisis fue aumentando la desarticulación de la integridad en la convivencia humana, con la familia, los amigos, en el trabajo, siendo reemplazadas por relaciones de interés económico, hasta que nos fuimos olvidando de nuestra propia naturaleza solidaria. El poder fue forjado al amparo de una ideología política y económica, basado en el crecimiento sin límites de un mundo idílico, propuesto por un fanatismo agresivo repetía hasta el cansancio, ser los portadores del camino a la riqueza y la equidad, donde la libertad sería un concepto inútil e innecesario de invocar.
Ronald David Laing, un psiquiatra escocés, hace varias décadas atrás expreso una idea muy interesante, dijo, “Cuando lo que pensamos que hacemos no coincide con lo que en verdad hacemos, caemos en suposiciones que influyen sobre nuestras actitudes y podemos llegar a encontrarnos lo bastante confundidos como para no advertir que estamos perpetuando prácticas que no comprendemos.”. Efectivamente, nos condicionaron para decirnos que íbamos a ser los nuevos tigres asiáticos, hasta que nos dimos cuenta que éramos simples gatos caseros, que habíamos perdido otra cuota de libertad.
Los que sí se convirtieron en enormes y agresivos tigres fueron los empresarios que sembraron el terror en los trabajadores con su visión atomizadora de la sociedad, una necesidad vital para ellos, porque les permitió a implantar en las empresas una concepción individualista de vanguardia, cuyo principio fue la explotación del trabajador medido ahora en “valor agregado”, dentro de altos niveles de especialización y educación que fue demandando la globalización, la misma que ellos armaron para aumentar las utilidades. Fijados los estándares para el lucro y cuando el resultados no coincidía con lo esperado, crearon un nuevo concepto, la famosa “flexibilidad laboral” que cumplió dos objetivo, culpar al trabajo por una supuesta “rigidez” y justificar el despido de millones de trabajadores en todo el mundo.
Junto con la fragmentación de la sociedad en individuos sin cohesión, se forjó una condicionante más nefasta aún, demolieron el concepto de vocación personal, lo que es propio de la diversidad humana, la opción que tienen las personas para ser felices, la misma que en otras épocas permitió la existencia de un Beethoven o de un Miguel Ángel. El trabajo pasó a ser “mano de obra” escindida dentro de una faceta multifuncional, lo que significaba que un profesor saliera en la mañana a dictar un par de horas de clases en un liceo, y en la tarde se convertirse en chofer de taxi, para poder sobrevivir.
Prestigiosas universidades financiadas por los magnates empresariales, aportaron nuevas teorías cuya finalidad fue corregir la estela de pecados que ha dejado el capitalismo a su paso, y como un medio para socializar a las nuevas camadas de ingenieros y economistas dispuestos a comprar cualquier teoría, que les permita escalar en las nuevas posiciones de éxito, desde donde re-construir y recrear este modelo de explotación humana, con expresiones formuladas matemáticamente, donde Ud., como ya lo estará pensando, es el componente con valor, cero (0), posición en la cual no puede darse cuenta, en qué parte de la economía le infligen la derrota y donde lo oprimen con nuevas exigencias, hasta que Ud., se encuentra pateando al perro, o insultando al primero que se ponga por delante, por qué no logra entender qué sucede.
Nuestro país ha cambiando es cierto, sin embargo, seguimos imbuidos en la misma esencia del país donde un día se alzó el tirano para dictaminar que sólo habrían leyes “buenas”, erradicando del reinado todas las que eran “malas” para siempre. Por eso la “genialidad“ de los que aconsejaron al tirano, que aún se ven deambulando por la corte, fue estipular que de todas las leyes “buenas”, la mejor de ellas, la que fijó la rueda de la fortuna, es la que prohíbe a los súbditos jóvenes preguntar o cambiar las leyes “buenas”, aún si fuesen injustas o arbitrarias. La facultad para hacerlo quedó como herencia para los viejos y sabios consejeros de la corte, cuando se reúnan con 3/5 ó 4/7 de ellos para cambiarlas.
Y de ahí para adelante quedó establecido por los siglos de los siglos, que los dueños de la verdad del pensamiento humano universal le sería dado a “El Mercurio” o “La Tercera”. Lo que digan será verdadero y “bueno”, lo demás será “malo”, por lo tanto, es un invento la existencia de jóvenes frustrados que viven en la pobreza con familias que sucumbieron hace rato a la descomposición social y que no fueron la protección que cualquier niño necesita para crecer. Por eso tiran piedras.
Como estamos en presencia de una ideología transnacional, cada vez más jóvenes norteamericanos toman un rifle de alto poder y disparan contra sus compañeros o profesores en un colegio o universidad de EE UU., sin que se asocien estos actos con la descomposición social de la sociedad norteamericana, cuyo modelo económico está dejando en el abandono a millones de jóvenes con o sin estudios universitarios, cuyos líderes se esconden en la cobardía para no decirles que, “no hay espacio para ellos”, porque ya no los necesitan, ahora usan robots.
¿Qué poder de libertad tenemos hoy para decidir algo? La misma que estableció Henry Ford en 1908 cuando produjo su auto Ford T. y dijo, “Los clientes pueden pedir cualquier color para su auto, siempre que este sea negro”, es decir, nada. Por ello, la era «fordiana» no solo es recordada como la producción en cadena de los automóviles Ford T, también fue el encadenamiento del trabajo humano.
A través del tiempo y desde la niñez, (niños que apenas caminan van a los pre-kinder) construyen en el inconsciente necesidades compulsivas que son asociadas a una escala de valores fundada en el reconocimiento material luego miden con el éxito personal de unos pocos privilegiados, un jugador de futbol ó una actriz de cine, etc. Los nuevos estándares de producción para los países del tercer mundo, están propiciando que niños africanos sean raptados y vendidos por sus propios familiares, para trabajar en plantaciones de cacao. A eso llaman “valor agregado” en la cadena de producción de las transnacionales y es la forma en que el mundo civilizado puede disfrutar de deliciosos chocolates, a un alto precio, a bajo costo, pero con enormes utilidades.
En ese mismo sentido, el desplome de un precario edificio de 8 pisos con 3.122 trabajadores en su interior, en el suburbio de Daca, Bangladesh, provocó la muerte de más de 300 trabajadores no es más que un costo residual en la producción de prendas de vestir de marca, para que las grandes cadenas de retail puedan venden en el primer mundo, a un alto precio. La ley de “las ventajas comparativas” justifica que en Bangladesh, estén los 4.500 talleres textiles insalubres, donde producir a bajo costo.
Poco sabemos, porqué a través del tiempo, el comportamiento humano ha ido conspirando contra su propia naturaleza, perdiendo libertad de expresión. Los sociólogos, psiquiatras, y otras disciplinas tienen mucho que decir. Sin embargo, cobra mucha fuerza la idea que se activan mecanismos defensivos internos como negar, aislarnos, etc., producen una represión interna, que inconscientemente bloquea lo que nos angustia, hasta que nos va quedando sólo la libertad para ser oprimidos.
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